Prólogo al libro sobre Carlos Páez Vilaró

“Bitácora de viaje”, del arquitecto Gustavo Porta, ya vio la luz en las librerías. Aquí, el testimonio del dos veces presidente de Uruguay.

El día que murió Carlos Páez Vilaró se produjo algo irrepetible: desde los cinco presidentes de la República Oriental del Uruguay hasta la morenada del Barrio Sur, desde el velorio en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo hasta tres páginas en La Nación de Buenos Aires, todo se congregó para una despedida que marcó un corte transversal de la sociedad rioplatense. Nadie faltó a la cita, ni en los círculos exclusivos puntaesteños ni en el mundo popular del carnaval. Hasta llegó el Intendente de Tigre, ciudad bonaerense donde también dejó un recuerdo imborrable. Lo que habla de una singularidad que rompía moldes.

Tan relampagueante como fue su vida, es ese final que anticipó en su despedida al desfile tradicional de las “Llamadas”.  El  18 de febrero de 2014, escribió: “Hoy a la noche, cumpliendo mis 90, cerraré mi aventura entre tambores. Un final que nunca quise aceptar, pero que la vida nos obliga a cumplir. Del brazo de Cachila y frente a la sonrisa de Carlitos Gardel, trataré de darme el gusto de retirarme dándome un baño de pueblo”. Se lo dio y seis días después se apagó el fuego de su existencia. Fue como la última imagen de un guión de esos que escribió hasta para el cine internacional.

Por estos días sombríos de la peste en que escribimos este prólogo, perdimos también al inolvidable Cachila que él cita, Waldemar Silva, hijo de Juan Ángel, el gran cacique de la agrupación lubola “Morenada”, a quien continuó él en “Cuareim 1080” (evocando la dirección del viejo conventillo Medio Mundo, corazón y alma de ese ámbito afrouruguayo, entrañable raíz de nuestra nacionalidad).

Así como decimos cine , tenemos que -sobre todo- evocar al pintor, al muralista, al arquitecto (si cabe la palabra para quien construyó sin planos Casapueblo), al ceramista, al antropólogo intuitivo que se convirtió a “la negritud”, la buceó en sus esencias, la fue a buscar hasta el África profunda y la perpetuó en su arte:  “Cuando en la década del cuarenta, la comunidad negra selló mi pasaporte y pasé a ser parte de su familia, al compartir sus actividades, sentí por vez primera el peso de un tamboril colgado sobre mis hombros”. Esa declarada inmersión en ese mundo popular le definió y puso la matriz a su pintura. En otro derrotero  estilístico, continuó así la obra inmortal de Pedro Figari, quien encontró allí las esencias de la condición humana, transmutando en figuras inolvidables de gracia su pensamiento filosófico sobre la evolución de nuestra especie.

Carlos fue pintor desde joven y lo hizo toda su vida. Cada tanto, ese esfuerzo se interrumpía para dar lugar a viajes, a libros que escribía, a cerámicas que producía, a proyectos de grandes murales o a esa increíble construcción de Casapueblo, otro producto de su talento y vertiginosa inquietud. Enclavarla en esa ladera de la Punta Ballena, orientada al inspirador poniente, fue parte también de su definición artística: mira al sol, sus blancas paredes están pintadas para recibirlo, sus recovecos y habitaciones evocan un mundo mediterráneo que se reproduce en este lejano paisaje del Atlántico Sur, donde termina su curso el “anchuroso Río de la Plata”, como algún constituyente propuso que se llamara nuestra naciente República.

Su pintura fue la de ese tiempo de cambio al que Picasso, a quien admiró y de algún modo siguió, estampó con el aliento de una revolución. Como ese maestro, Carlos no se convirtió al código de la abstracción, que tanto atrajo buena parte de la obra de su hermano Jorge, otro grande. Deconstruyó figuras, sintetizó paisajes, estilizó ambientes, exaltó la línea, creó íconos, que llevó luego al fuselaje de  aviones o hasta juegos de loza, en que sus soles proclamaban nuestra  condición nacional.

Por 1958 se integra al Grupo 8, con García Reino, Pareja, Pavlotsky, Lincoln Presno, Américo Spósito, Alfredo Testoni y Julio Verdié. Remueve el ambiente. Son muy distintos entre sí, pero todos inquietos buscadores de lenguajes propios, que desafiaban los estereotipos reiterativos del constructivismo o los remanentes que sobrevivían del impresionismo y sus variantes. Por eso mismo homenajearon a Cúneo, el inmortal paisajista que interpretó nuestros campos y nuestras noches a lo largo de una carrera en que del inicio planista llegó hasta su máxima expresión abstracta.

Más allá de obras y hechos, la mayor creación de Carlos fue su propia vida, en la que nada faltó. Ni aun la tragedia de los Andes, que la sufrió como padre condolido, en una búsqueda obstinada -alucinada- de un hijo al que intuía vivo y al que finalmente pudo abrazar, setenta días después, cuando ya nadie lo buscaba. Ni esos días de angustia cambiaron el talante optimista de este agonista constante, alegre, esperanzado, emprendedor cotidiano que hizo de cada día una gran jornada. Nada ni nadie le pudo quitar esa voluntad de hacer, ese positivismo militante de la existencia que lo estampa en el recuerdo.

Toda esa vida es la que el arquitecto y pintor Gustavo Porta evoca en esta Bitácora de Viaje. No ha procurado una biografía, un ensayo, sino -como lo define su título- un cuaderno de navegación, registro sensible de momentos vividos desde la amistad o el relato evocativo del apasionante narrador. Es la película de una vida, la sucesión de imágenes y palabras que la encierran en su intensidad. En el caso, la de 90 años que fueron 900.

* El autor fue dos veces presidente de la República Oriental del Uruguay (1985-1990 y 1995-2000), además de escritor, ensayista, crítico de arte y autor de una biografía del pintor Pedro Fígari.

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