El mundo se congela en una Segunda Guerra Fría mientras la guerra continúa en Europa del Este. Y el Mundial se jugará en el siempre conflictivo Medio Oriente.
El Mundial de Qatar 2022 está a la vuelta de la esquina y con cada hoja que se le quita al almanaque, mayor es la ansiedad del público por lograr el sueño de participar de la máxima fiesta del deporte mundial que ocurre cada cuatro años (y medio, por esta única vez).
En un mundo que día a día se congela más hacia una Segunda Guerra Fría que se palpitaba hace tiempo y que la invasión rusa a Ucrania precipitó con resultados alarmantes en varios planos, el mes entre el 21 de noviembre y 18 de diciembre promete ser el próximo momento de tregua armada en un planeta al borde del colapso (bélico, sanitario, económico, ecológico y alimenticio).
En todas las crisis mencionadas anteriormente, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se ha mostrado ineficiente e impotente, ya sea para detener bombardeos de un país a otro, para evitar el acaparamiento de vacunas por parte de las potencias que dejaban vencer sus fármacos en desmedro de otros en donde regueros de cadáveres por el Covid-19 tapizaban las calles o en una mejor distribución de los alimentos en un mundo donde más de 800 millones de personas pasan hambre, según la FAO, el organismo especializado de la propia ONU para la Alimentación y la Agricultura.
Mientras el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, fracasó en su visita a Moscú para detener la “operación militar” del Kremlin en las regiones pro-rusas de su vecino Ucrania -que clama ayuda a la Unión Europea mientras la OTAN envía algunas armas que prolongan las batallas- desde todos los lugares del planeta castigan a las Naciones Unidas por no lograr frenar el clima de tensión entre las grandes potencias mundiales, que arrastra también a todos sus aliados.
Con este panorama alarmante y desolador, el Mundial se va a jugar por primera vez en la historia en Medio Oriente, una de las zonas en permanente conflicto desde que apareció la civilización humana.
Y esta semana, la FIFA anunció con bombos y platillos que los fanáticos israelíes podrán ir a ver a las máximas figuras del fútbol aunque Qatar e Israel no mantengan relaciones diplomáticas.
Lo que la ONU no puede desde hace 22 años, cuando se cortaron las relaciones económicas entre ambas naciones, la pelota lo logró con un acuerdo anunciado por Israel: si un ciudadano de ese país adquirió una entrada para un partido del Mundial, la FIFA le expedirá su correspondiente Fan ID (la tarjeta para acceder a los estadios), que oficiará como VISA y permiso como turista para permanecer en suelo qatarí.
Este triunfo de la FIFA demuestra el poder que tiene la pelota. Y que tantas veces cuestionada -con razón-, esta vez la entidad con sede en Zurich le muestra a su “par” con oficinas en Nueva York el camino a seguir (ONU reconoce 197 países contra los 211 de la entidad deportiva).
Desde el 25 de diciembre de 1914, cuando en la famosa “tregua de Navidad” soldados ingleses y alemanes enfrentados en la Primera Guerra Mundial abandonar sus trincheras para jugar un partido en la localidad belga de Ypres, la pelota ha funcionado muchas veces mejor que el canciller más idóneo en diferentes situaciones.
Múltiples son los relatos que cuentan que muchos argentinos, italianos y latinoamericanos salvaron sus vidas en situaciones de peligro ante armas apuntadas por hombres que no hablaban su idioma solamente por pronunciar el apellido “Maradona” como salvoconducto.
Esta nota podría extenderse decenas de párrafos con ejemplos similares al que origina estas líneas. Pero la idea esta clara: con más balones y menos balas, el mundo (también redondo) sería un lugar con más goles… y más amores.

