“A Dardo Rocha, sus amigos”: Lavalle 835, un solar con historia

La casona en Buenos Aires del fundador de La Plata se irguió, imponente, hasta que el impune piquete de la demolición la derribó hace medio siglo.

Según la libreta del censo de la ciudad de Buenos Aires de 1855, en la calle del Parque 169 vivía su propietaria, Victoria Olivera de Arana, de 72 años, junto con sus hijos Gumersindo de 28, soltero, y Paula de 40, casada con el teniente coronel devenido en comerciante Juan José Rocha, de 46 años, y el hijo de estos, Dardo de 16 años, registrado como estudiante. La otra hija Juana se había casado con Luis Arditti. Completaban el personal de la casa Pedro Rubio, sirviente, y la cocinera Zenona Eguía. Propiedad importante, en ella alquilaban cuartos el sastre Mariano Quintana y al comerciante Luis Guzmán Vega, mientras se alojaban los estudiantes Juana Benítez, Paulina Silva y Lucio Sustaita, vinculados seguramente a la familia, los dos últimos naturales de Dolores y Chivilcoy.

En ese lugar había nacido Dardo Rocha un 1º de setiembre de 1834, que falleció en el mismo sitio el 6 de setiembre de 1921, hace hoy un siglo. El primitivo solar en que desde 1789 vivían sus mayores tenía los consabidos tres patios, amplias ventanas al frente permitían curiosear desde la calle la sala y varias puertas daban al zaguán y al primer patio con su aljibe, mientras que las flores de los jazmines y glicinas perfumaban el ambiente y el rojo de los malvones, junto a los verdes de grandes macetones con helechos, daban marco perfecto al cuadrado, que en las noches invitaba a observar el cielo rematado de estrellas.

Manuel Mujica Láinez recordaba que conservaba la familia en un pequeño oleo “la estampa simple de la casa primitiva y de una irreconocible calle que evoca los pueblecitos de la provincia”.

Los antepasados Arana de la familia de don Dardo vivieron los varios nombres de esa calle, que primero se llamó San Benito; cuando ellos arribaron, desde 1769, era conocida como Santa Teresa y también fue llamada Hueco de Zamudio; después de las invasiones británicas llevó el nombre de Gerónimo Merino, el regidor del Cabildo durante esas jornadas, hasta que lo reemplazó en 1822 el Del Parque por hallarse allí el de Artillería; desde el 16 de setiembre de 1878 llevó el de Juan Lavalle, el héroe de la batalla de Río Bamba.

En 1885 en el viejo solar familiar se levantó una magnífica residencia precedida por un jardín que la separaba de la calle por una imponente verja de hierro que, en lo alto del frente y a modo de escudo, ostentaba esta leyenda: “A Dardo Rocha sus amigos”.

Quien esto escribe la llegó a conocer de muchacho. Parecía olvidado en el tiempo ese regalo de un grupo de caballeros amigos de don Dardo y contemplaba la multitud que salía de los cines por las noches con su aspecto fantasmal. También presencié en setiembre de 1970 como la implacable piqueta la tiró abajo.

Como lo dijera entonces Mario Zeballos, en ese momento su carta de lectores era “el grito del pasado que muere arquitectónicamente”, preguntándose si era tan “fácil estampar la firma en un decreto y entrar a demoler las glorias de nuestro pasado para permitir que allí se instale un grill o un copetín al paso”. Y finalmente acotaba: “¿Cómo hablar de la unión de todos los argentinos si no lo hacemos sobre bases inconmovibles y perdurables?”

El Congreso la había declarado monumento histórico en 1960 pero nueve años después se anunciaba que el Poder Ejecutivo “decretó la nulidad de la sanción parlamentaria”, sólo la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos de la provincia y el Museo Dardo Rocha de La Plata “se preocuparon e insistieron ante las autoridades, pero fue, en definitiva, un esfuerzo inútil. Se apresuraron los procesos, se malvendieron al menudeo los millares de volúmenes de su biblioteca tan importante como selecta, y el rico mobiliario fue a parar a manos diversas”, denunciaron. Humberto Oscar Castromán, un platense de nacimiento y capataz de la demolición, no dejaba de pensar en que estaba encargado de dirigir los trabajos en la casa del fundador de La Plata, esa ciudad que maravilla y maravilló en su momento por la rapidez y calidad con que la levantó el genio visionario de Rocha.

Mujica Láinez visitó Lavalle 835 hacia 1947, cuando vivían las hijas y la nuera de Rocha, y allí descubrió “los infinitos tesoros evocadores que colman sus habitaciones. La actuación histórica del doctor Rocha y su pasión por el arte tienen en esas salas un permanente relicario que cuida la inteligente solicitud de quienes llevan su apellido”.

El dueño de casa recibía en la planta baja a sus amistades políticas y en el primer piso a sus relaciones mundanas, “por eso hay salas por doquier y en todas ellas objetos de interés apasionante”, añadía “Manucho”. En el primer patio una enorme vitrina guardaba parte de la colección de porcelanas que en sus viajes había reunido: francesas, italianas, moriscas, chinas y japonesas; había también estatuillas egipcias, fragmentos griegos y romanos y de culturas precolombinas.

En el vestíbulo una gran mesa de lapacho procedía de la iglesia de San Telmo y las sillas del templo de la Merced. Bargueños y pinturas italianas lucían entre las joyas y había “un armario que fue de (Manuel) Belgrano, y un juego de sillas que regaló al patricio el padre Zavaleta, y que decoraron la casa en la cual se alojó el creador de la bandera en Tucumán”. Entre los cuadros que decoraban la casa estaba el retrato de Antonio de Ulloa, el marino, astrónomo, escritor y naturalista; otro sobre un “Combate entre calvinistas y católicos” atribuido al flamenco Jan Van den Hoecke y el de la batalla de Bailén del español Manuel Picolo y López.

Algunas paredes del gran salón que daba al frente del primer piso las cubrían tapices italianos y de Flandes, que fueron exhibidos en el Museo Nacional de Arte Decorativo en la década del 40; y los retratos de Rocha y de su mujer, Paula Arana, además de espejos venecianos que reproducían mil veces las luces de la araña de Bohemia. El comedor lucía porcelanas de Bernardino Rivadavia, y platería y blancas piezas de Capo di Monte que contrastaban con el entelado de la pared.

La biblioteca y el archivo no eran menores y el busto de su padre, Juan José Rocha, que llegó a coronely cuya carrera comenzó en Ituzaingó y finalizó casi cuatro décadas después en Tuyutí. Lo mismo que los propios recuerdos de su vida militar y diplomas de legislador, también condecoraciones y reconocimientos de su vida diplomática.

En esa visita le sirvieron a Mujica Láinez el té en las tazas de la Exposición de París de 1889. Sin duda en ese ambiente, como bien lo describió, se podía pensar que Rocha podía entrar “en cualquier momento en este comedor, de vuelta de su paseo por Florida o de vuelta de La Plata, su ciudad”.

Una placa recordaba en la puerta al caminante un “Homenaje de la ciudad de La Plata a su fundador doctor Dardo Rocha. En este solar histórico en el que nació, vivió y murió. 1882 – 19 de noviembre – 1959”, firmado por la Comisión Popular de Homenaje.

Se anunciaba hace medio siglo que “la reja de la calle, las cuatro rejas de los ventanales y la puerta cancel serán llevadas al Museo Dardo Rocha de La Plata”. Son sus autoridades la que nos han brindado las fotos que ilustran esta nota, que pretende evocarlo en su sesquicentenario y a la vez llamar la atención sobre un patrimonio que se ha perdido para siempre en Buenos Aires.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

Últimas noticias

Suscribite a Gaceta

Relacionadas

Ver Más

Steps to Creating Woodworking Ready Plans

Planning is essential for woodworking projects. The construction process...

Transradio Internacional: un hito en las comunicaciones en el centenario de su inauguración

El viernes 25 de enero de 1924, con la presencial del entonces presidente Marcelo T. de Alvear, comenzaba a funcionar en Monte Grande.

Literatura 2024: las publicaciones que se vienen, tema por tema

Ficción, no ficción, política, psicología, deportes, biografías, recopilaciones, feminismo y más, detallado género por género.

Historias. De curanderos y otras yerbas

Pascual Aulisio y Evaristo Peñalva fueron dos personajes famosos por sus conocimientos para aliviar malestares con recetas "no oficiales" de la medicina occidental.