La identidad en una historia de suspenso

En su nueva novela publicada por \”Alfaguara\”, la reconocida escritora Claudia Piñeiro aborda el problema del cambio de identidad a partir de una desgracia familia, en una trama llena de suspenso.

De la Redacción / Télam

“Una suerte pequeña”, la nueva novela de la best-seller Claudia Piñeiro, se sumerge en la vida de una mujer que a partir de una tragedia, que le significa una condena penal a su marido, se replantea huir del lugar en el que vive.

El libro, publicado por “Alfaguara”, coloca en el centro de la trama la cuestión de la identidad y la decisión de las mujeres de ser madres.

Es que Marité Lauría, el personaje central de “Una suerte pequeña”, viajará de Temperley a Boston, EEUU, en un viaje iniciático que la transformará en

Mary Lohan, a partir de conocer a un hombre que la ayuda a salir del abismo.

La novela está estructurada en base a la intriga y a la tensión narrativa con la que se va contando, en pequeñas dosis, el accidente que cambiará el destino de la protagonista, una fórmula conocida que atrapa al lector.

En una entrevista con la agencia “Télam”, Piñeiro contó que en este libro “se combinaron dos imágenes: la de un auto que espera cruzar por una barrera que está cerrada, y la de la mujer que trata de desentrañar el origen de los excrementos de un animal, que aparecen todas las noches en su balcón”.

¿Cómo te resultó la elaboración de este personaje?
La verdad es que trabajé mucho previamente en la construcción del personaje. Yo necesitaba saber quién era esta mujer y cuál era su pasado para tomar la decisión que toma, porque no cualquier mujer en esa circunstancia hubiera tomado esa decisión. Entonces lo trabajé desde el psicoanálisis, desde la astrología y de saberes que te marcan cómo pueden ser las personas de acuerdo a su pasado, o al momento en que nacieron. La psicóloga y la astróloga me plantearon un tipo de mujer idéntico, desde distintos saberes.

Es un personaje que deja que los demás decidan por ella y eso la condena, ¿qué te planteaste al escribir esta historia?
Hay una frase en la novela que aparece cuando el novio le propone casamiento y tener esa casa en Temperley y ella dice: ‘no sé si era lo que yo quería, lo querían todas, entonces si todas lo querían también lo era para mí­’. Ella no tenía un deseo propio, no se planteaba cuál era su deseo, iba atrás del deseo de los demás. Si los demás deseaban eso, quería decir que estaba bien. Por otra parte, creo que lo que trabaja mucho la novela es cómo una mujer llega a la maternidad, si llega por decisión, por imposición o sin pensarlo. Por supuesto que están las mujeres que quieren ser madres y lo son, las que no quieren ser madres y se sienten presionadas por la imposición social y hay otras que ni siquiera se lo han planteado. Entonces creo que trabaja mucho sobre eso la novela: la mirada sobre la decisión de la maternidad.

Por todo esto, la novela plantea a fondo el tema de la identidad.
En este caso, va más allá de que la protagonista cambie su nombre o el color de pelo. Ella está buscando básicamente quién es, y en un principio no se lo plantea, es un proceso muy posterior. El tema de la identidad nos atraviesa a todos, es un tema universal, aunque algunos se hagan los distraídos. La primera obra de teatro que escribí fue para “Teatro por la identidad”, ese ciclo para difundir la búsqueda de los niños apropiados durante la dictadura, y el año que me convocaron las Abuelas de Plaza de Mayo dijeron que buscaban obras que trataran sobre la identidad, pero no necesariamente relacionada con la búsqueda de menores, porque la intención era rescatar el valor de la propia identidad. La identidad en esta novela es una mirada amplia que tiene que ver con esa búsqueda de saber quiénes somos o de dónde venimos.

Me parece que hay una cuestión muy terrible en la novela que es el error o la fatalidad que impide volver atrás ¿Sobre qué buscaste reflexionar?
Por un lado, está esta cosa de si fue un accidente o se podría haber previsto. Uno no sabe lo que hubiera hecho hasta que no le toca una determinada circunstancia y puesto afuera dice: ‘yo haría otra cosa’. Yo leí una vez un artículo sobre chicos separados de sus padres por distintas circunstancias, y decía que si en los primeros años de vida se construyó un buen ví­nculo eso resulta de un sostén muy potente que ayuda al niño, porque se sembró lo que se llama ‘semillas de bondad’, y en este caso me jugué a que iba a funcionar.

¿Qué idea de suerte intentás transmitir?
Hay palabras que usamos de distinta manera, como la suerte y la felicidad, y la novela trabaja sobre las dos cosas. Hay gente que te dice ‘vos sí­ que tenés suerte’, y uno dice y qué sabe si tengo suerte, porque lo que para uno es suerte para el otro no lo es. Lo mismo que la felicidad: conozco gente que dice ‘soy feliz’ como una declaración de principios. Pero pienso que la felicidad se va construyendo de pequeñas cosas, que van cambiando tu destino. De eso se trata y no de una cosa gigante que nunca aparece y la novela trabaja en simultáneo los dos conceptos.

¿Te costó mucho definir el título “Una suerte pequeña”, suena muy sugerente?
Le di muchas vueltas. Los escritores argentinos tenemos muchas dificultades con ciertas palabras que no se usan habitualmente, hay palabras que nos cuesta usar, porque por ejemplo no decimos ‘la mesa pequeña’, decimos ‘la mesa chica’, pero para este caso la palabra chica no era acertada y yo quería usar pequeña y le di mucha vuelta. Finalmente me decidí porque no había forma de reemplazarla y funcionó. Tiene un sentido poético que en la prosa habitualmente no aparece.

¿Por qué elegiste poner a la protagonista en el ámbito educativo, en la vida que vuelve a construir?, ¿hay un paralelo con su historia respecto del camino de aprendizaje que debe realizar?
Sí, y en el sentido de qué es la educación, cómo ciertos colegios educan en determinada línea y cómo los padres a veces eligen un colegio porque quieren un determinado sello, esto de decir si fue a este colegio está bien educado y no importa lo que le enseñaron. La reflexión viene porque la protagonista tiene que aprender y también pensar en cómo y en dónde entregamos la educación de nuestros hijos.

Hay otro concepto que es muy interesante y que es el de “la amabilidad de los extraños”, por el rol que cumplen las personas que ayudan a otros cuando están solos, como en este caso.
Esa frase se la robé a Tennessee Williams y la dice Blanche DuBois en “Un tranvía llamado deseo”, y me quedó muy prendida, porque la protagonista es una mujer que está muy sola y pierde todo en el sur de Estados Unidos, y tiene que irse. Es un personaje extraordinario, que dice en un momento ‘siempre dependí­ de la amabilidad de los extraños’. Pero esto de depender de los extraños también ocurre no estando tan sola, a veces estando acompañada en determinadas situaciones de tu vida dependés de la amabilidad de los extraños.

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