La historia poco conocida del monolito de 24,5 toneladas que se exhibe en el Museo Nacional de Antropología, que expresan la cosmovisión del pueblo mexica y su registro del tiempo.
Hace 231 años, en 1790, fue descubierta de manera fortuita la “Piedra del Sol”, una escultura que concentra el conocimiento astronómico desarrollado por la civilización mexica, que gobernaba el actual territorio mexicano y levantó la ciudad de Tenochtitlán.
Con un peso de 24,5 toneladas y un diámetro de 3,6 metros, la obra fue encontrada de manera accidental el 17 de diciembre de 1790 en el costado sur de la Plaza Mayor de la Ciudad de México, cuando el gobierno colonial español desarrollaba trabajos de empedrado y para conducir el agua.
Actualmente la escultura astronómica se ubica en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, en la capital del país, y fue dejada con el relieve a la vista por los conquistadores de Tenochtitlán en el poniente del palacio virreinal en la Plaza Mayor, espacio que hoy constituye el Zócalo.
En el siglo XVI el arzobispo fray Alonso de Montúfar mandó voltear la obra y enterrarla por considerarla producida por el demonio y con mala influencia entre los habitantes de la ciudad, de acuerdo con información del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
A finales del siglo XVII la piedra fue reencontrada entre el fango, de donde fue extraída y erguida a un lado de la excavación. Más adelante fue colocada en la torre poniente de la Catedral Metropolitana con la cara hacia el oeste. Es decir que entonces la Piedra del Sol miraba hacia donde hoy se localiza el Palacio de Bellas Artes desde la catedral.
La Piedra del Sol estuvo exhibida en ese espacio durante casi un siglo, hasta que en 1885, ya en el México independiente, fue trasladada a la galería de monolitos del Antiguo Museo Nacional, ubicado en la calle de Moneda, en el Centro Histórico. Y en 1964 fue trasladada al Museo Nacional de Antropología, en el Bosque de Chapultepec.
La cosmovisión en una escultura. Las imágenes labradas en el monolito expresan la cosmovisión del pueblo mexica y su registro del tiempo. En el centro se encuentra el glifo “4 movimiento”, “nahui ollin”, el nombre del quinto sol, la era de luminosidad de la civilización mexica.
Además, exhibe el rostro semidescarnado de Tonatiuh, dios del Sol, con líneas a través de su frente y joyas decorándolo.
“Su lengua está representada por un cuchillo, símbolo del sacrificio humano que el dios solar exigía para alimentarse y renacer cada día por el oriente, después de su viaje nocturno por el inframundo”, destaca el INAH.
Los mexicas concebían el paso del tiempo en eras cósmicas llamadas soles, y antes de su desarrollo existieron cuatro soles en el mundo.
Probablemente el material pétreo con que fue elaborada la escultura haya provenido de San Ángel o Xochimilco, labrada alrededor de 1512 por encargo del emperador Moctezuma II.


