Domingo F. Sarmiento y su epopeya educativa

La autora repasa en profundidad la trayectoria del expresidente y fundador de la república moderna, arrojando luz sobre su proyecto y sus proyecciones.

Como todos los años, los argentinos recordamos a Domingo Faustino Sarmiento, que murió hace 133 años un 11 de septiembre como hoy.

Todavía sus palabras resuenan como admonición para gobiernos absolutos y autoritarios, y como orientación en tiempos oscuros de corrupción, pobreza e ignorancia.

Podemos preguntarnos cómo es que de una aldea polvorienta de 10.000 habitantes, en el medio de la nada, como era San Juan a principios del siglo XlX, tan aislada de los grandes centros urbanos que sirvió de cárcel para soldados prisioneros en la invasiones inglesas o de destierro de prohombres como Coornelio Saavedra, salió un ser humano tan extraordinario que aún hoy suscita polémica y, en nuestro caso, admiración. Domingo mismo lo relata en “Recuerdos de provincia”. ¿Cómo es que de allí, hijo de una madre tejedora y de un padre arriero, que por su oficio debía estar largos meses ausente del hogar, de esa familia donde apenas se tenía para el alimento diario, surgiría este hombre que nos alumbra aún hoy? ¿Cómo este niño revoltoso y juguetón llegó a ser faro de luz para los argentinos?

Podemos decir que Sarmiento fue el producto de una formación, de “un proyecto familiar”. Él mismo escribió que a su primera escuela “…no faltó ni un día…porque allí estaba mi madre para controlar que así fuera”. Y estaba Clemente, “un padre ignorante pero celoso (cuidadoso) de que yo no lo fuera” que lo hacía leerle en voz alta unos tremendos libros de Historia de España. En San Juan, por otro lado, muy pocos libros había pero en Domingo se despertó una voracidad permanente de leer. Cuenta que su madre, Paula Albarracín, le preguntaba al maestro Ignacio Fermín Rodríguez por la marcha de los estudios del hijo y recibía por respuesta: “Domingo es un pícaro que, aunque yo sé que no estudió nada en casa, se las arregla para, cuando yo lo interrogo, darme respuestas tan completas que no lo puedo reprender”. Y Sarmiento aclara que prestaba tanta atención a todas las explicaciones que era capaz de contar, años después, lo que había escuchado. Que, con tanto libro que leía, su mente y su palabra se habían agilizado.

En su niñez, la aldea se movilizó con los febriles preparativos del Ejército de los Andes, con la marcha a través de la cordillera, las narraciones cargadas de emoción de quienes, como su padre, habían regresado cubiertos de gloria después de Chacabuco con los trofeos tomados al enemigo. Llevaban siempre la bandera celeste y blanca en esta lucha por la Patria y la Libertad. Porque Patria y Libertad era lo que escuchaba siempre en la voz sonora del padre.

“Todo lo que me rodea hasta la pubertad es sacerdotal”, dirá. Dos tíos curas, dos obispos en la familia. Una infancia en la que habían resonado los ecos de la lucha por la independencia. Una independencia con la cual el padre, Clemente, y todos los Sarmiento se habían emocionado, apasionado, identificado y comprometido.

A los 13 años lo lleva a su casa la madrina, Paula de Oro, casada con un hermano de Clemente. Allí empezó recibir lecciones de un hermano de ella, el presbítero José de Oro, con quien Domingo iba a vivir a su finca durante las largas ausencias del padre arriero.

“Nos amábamos maestro y discípulo, tantos coloquios tuvimos, él hablando yo escuchando con ahinco…mi inteligencia se amoldó a la suya y a él le debo los instintos por la vida pública, mi amor por la libertad y a mi patria, mi consagración a las cosas de mi país de que nunca pudieron distraerme ni el destierro, ni la ausencia de varios años…Salí de su casa con la razón formada a los 15 años, valentón como él, insolente contra los mandatarios absolutos, caballeresco y vanidoso, honrado como un ángel, con nociones sobre muchas cosas y cargado de hechos, de recuerdos y de historias”, recordará el futuro presidente.

En 1826, un adolescente de 15 años ya era considerado un hombre. Domingo debió hacerse cargo del negocio de un tío que había fallecido dejándolo en herencia a su viuda, Angela Salcedo, y a su pequeño hijo. Debió hacerse comerciante.

Estando en la puerta de esta tienda oyó un gran alboroto en la ciudad. “El ya temido general Quiroga entraba por sorpresa con sus bandas de llanistas…pude contemplar un espectáculo que no se me ha borrado jamás…hordas de salvajes sucios, peludos, con andrajos de lona vestidos, con cabellos y barbas desgreñados…eran figuras patibularias, sañudas, engreídos de entrar sin obstáculos en una ciudad civilizada…sus caballos tascando los frenos…”, marchando de a cuatro los jinetes cubiertos a medias sus cuerpos por enormes guardamontes de cuero crudo que al entrechocarse como alas producían un ruido característico que espantaba.

Y afirma: ”No era unitario pues me había criado entre federales nobles, instruidos, decentes, honrados y patriotas, como mis tíos los Oro, Don José Tomás Albarracín y mi tío Ignacio, hermano de mi padre”.

Pero Sarmiento sufrió un impacto, un shock. “Aquel negro pendón era la bandera de la Patria… esto es lo que yo he defendido ¡Este es el partido federal!…Algo monstruoso e inconcebible ha debido revelarme la verdad…como a San Pablo en el camino a Damasco”. Tenía 15 años y se sintió iluminado. Supo, percibió que el remedio para los males del país era la educación y forjó entonces su propio proyecto de vida personal, que adoptó como una misión o una cruzada. Su proyecto de vida enlazado con el proyecto para su país.

Por eso, cuarenta años después, en su primer discurso como presidente de la nación electo pudo decir que su programa está “en años de vida, de hechos, de escritos” y que el país necesitaba escuelas “porque ellas son la base de todo el sistema republicano”.

Siendo ya primer mandatario escribió al intelectual Emilio Castelar: “Quisiera que entremos en la realidad de la república, a saber: que las elecciones fuesen reales, que la representación fuese real, que el poder fuese real, algo más querría y es que la moral fuese también parte de la política…hay que descender a la educación del pueblo, no para el pleito de hoy, sino para el de mañana”.

Toda su presidencia estuvo marcada por ese ideal mesiánico de difundir la educación, que logró trasmitir a su generación. Por la educación los países se redimen y se salvan.

Como hombre de acción que era, con actividad febril dio las bases de las más importantes instituciones educacionales del país, que no siempre eran bien recibidas en las sociedades adonde estaban dirigidas.

Surgen así, además de las escuelas primarias, escuelas normales para formar maestros y profesores, institutos militares, quintas agronómicas.

Hacia el fin de su presidencia se funda la escuela normal Mariano Acosta, que diez años después inaugura un nuevo edificio, con planos del arquitecto Tamburini, el mismo que diseñara el Teatro Colón. Allí se cumplió el ideal de Sarmiento de una escuela en un magnífico edificio, igualitaria, donde los hijos de los ricos y poderosos como Marcelo T. de Alvear y los descendientes de humildes inmigrantes y de criollos pobres, estudiaran juntos los mismos saberes.

Avanzó el siglo XX, extrañas ideologías hicieron que se fuera perdiendo la mística sarmientina y nos encuentra a nosotros el siglo XXI con otra realidad, basada en estadísticas engañosas. Con el eufemismo de “escuela inclusiva” el ideal es que los alumnos figuren como escolarizados, sepan o no, asistan o no.

La palabra disciplina se convirtió en mala palabra, se la asimila a “represión”, y entonces hay que decir “convivencia”, la escuela no debe educar sino “contener”.

Los docentes no son más maestros sino “trabajadores de la educación”.

Lentamente, quienes tenían algún recurso económico fueron retirando sus hijos de las escuelas del Estado y así se fue perdiendo el ideal de escuela de democracia que tuvo Sarmiento. A través de los años su proyecto educativo fue vaciado de contenido.

“La educación eleva el espíritu y ennoblece al hombre”, escribió. Un país educado es uno “de trabajo, libertad, orden, seguridad y prosperidad para todos”.

En los últimos años de su vida escribió a su sobrino político, el doctor Segundino Navarro, quien, con 32 años, había sido nombrado ministro en San Juan. Le habla de la importancia de tener un ideal, un proyecto: “Tenga Ud. un alto propósito y olvídese de sí mismo, la bondad del propósito ha de ser su recompensa. Principia Ud. la vida pública en días en que yo cierro una página de la mía, en San Juan, a 12 de mayo de 1884. Quien sabe que después de nosotros no venga una legión de patriotas y vuelva a echarlo todo abajo. Su tío y compadre D. F. Sarmiento”.

* Docente, sanjuanina, vinculada a las instituciones sarmientinas de Buenos Aires y sobrina tataranieta del prócer que ha hecho un culto de la difusión de sus ideales; preside la Junta de Estudios Históricos de Almagro y es secretaria de la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad y miembro de Amigos del Cementerio de la Recoleta (ADACRE)

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