Las consecuencias políticas del asesinato de Mariano Ferreyra

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La miopía es una enfermedad que ataca a la vista. En el plano intelectual, se puede elegir ser miope. Hay negadores de oficio y los hay por incapacidad para ver la realidad. Si no lo cree, repase las columnas de los principales diarios y verá que cada uno elige ver lo que quiere. O lo que le conviene.

La lectura de los diarios del domingo nos depara algunas sorpresas -sí, todavía nos sorprendemos- y muchas obviedades, que le evitaremos a los lectores de este portal.

El consecuencias políticas del asesinato del joven militante del Partido Obrero, Mariano Ferreyra, ocupa como es lógico la mayor parte del contenido de las columnas.

Sin embargo, por su conocimiento del paño y su manejo de la información, la columna de Horacio Verbitsky de hoy es, lejos, la más recomendable.

Iremos por partes. Verbitsky no puede ser considerado un intelectual orgánico del kirchnerismo porque sobra ese papel. El columnista principal de Página/12 ha orientado -cuando no incidido- directamente en algunas políticas clave del kirchnerismo en el poder, que no se luce precisamente por contener entre sus filas a muchos -ni buenos- operadores políticos. Verbitsky lo es y si no influye más es porque su pretensión de independencia y su ego, que tantos amigos le han valido en los últimos cuarenta años, se han constituído en una barrera infranqueable.

No obstante, hay que decir que las cabriolas retóricas y semánticas de Verbitsky a veces no lo alejan del ridículo, a pesar de su fina inteligencia. Es el caso en esta columna de la casi defensa que ensaya del líder de la CGT, Hugo Moyano. No cabe duda de que el “mandamás” de los camioneros no es lo mismo que José Pedraza, a quien Verbitsky destroza hoy en su columna. Pero Moyano no es un ejemplo de nada y el crecimiento de su gremio ha ido de la mano de las prebendas que el kirchnerismo le ha dado y todo ha derivado en un crecimiento como empresario que nada debe envidiar al de Pedraza. Y el avance de la recolectora de basura Covelia en el Conurbano es sólo la punta del iceberg. Y, encima, Verbitsky no ignora nada de esto. Para colmo, con el fin de marcas diferencias entre el moyanismo y el pedrazismo, relata que el secretario general de la Juventud Sindical, Facundo Moyano (titular del gremio de los trabajadores de los peajes), acudió a un homenaje a los desaparecidos en la ESMA. No hacía falta.

Superada esta “caída”, es impecable la radiografía de Pedraza que formula. Le recuerda al secretario general de la Unión Ferroviaria desde 1985 la caracterización que Rodolfo Walsh realizara del sindicalismo empresario ¡en 1969! en el periódico de la CGT de los Argentinos, donde Verbitsky hizo sus palotes.

Aquí va la cita. “Pedraza era un joven delegado de los trabajadores ferroportuarios, que en 1968 se sumó a la resistencia contra la dictadura de Juan Carlos Onganía. Ese gobierno desconoció el Congreso Normalizador de la CGT pretextando que habían participado gremios sin su cuota al día, dada la intervención estatal y el alto número de trabajadores despedidos. Surgieron así la CGT Azopardo, conducida entre bastidores por el metalúrgico, Augusto T. Vandor, y la CGT de los Argentinos, cuyos principales líderes eran Raimundo Ongaro y Agustín Tosco. Pedraza formó parte de esta CGTA rebelde. Allí conoció al joven escritor y periodista Rodolfo J. Walsh, de 41 años, convocado para dirigir el Semanario CGT. En ese periódico, Walsh publicó por entregas su investigación ‘¿Quién mató a Rosendo?’, donde radiografió la situación de la clase obrera: ‘Se echa a los más combatientes, previamente calificados de ‘comunistas’ o de peronistas revolucionarios. Se disuelven las comisiones internas, si es necesario se las compra’. Cuando los trabajadores recurren al sindicato ‘allí también fastidian, allí también cuestionan, allí también resultan ‘comunistas’. Patrones y dirigentes han descubierto al fin que tienen un enemigo común: esa es la verdadera esencia del acuerdo celebrado por el vandorismo con las federaciones industriales. Para llevarlo a la práctica, el gremio se convierte en aparato. Todos sus recursos, económicos y políticos, creados para enfrentar a la patronal, se vuelven contra los trabajadores. La violencia que se ejercía hacia afuera, ahora se ejerce hacia adentro. Al principio el aparato es la simple patota, formada en parte por elementos desclasados de la Resistencia, en parte por delincuentes. A medida que las alianzas se perfeccionan, a medida que el vandorismo se expande a todo el campo gremial y disputa la hegemonía política, el aparato es todo: se confunde con el régimen, es la CGT y la federación patronal, los jefes de policía y el secretario de trabajo, los jueces cómplices y el periodismo elogioso’. Walsh contabiliza el resultado: la pérdida de 50.000 puestos de trabajo en apenas tres años para que las empresas metalúrgicas pudieran ‘producir más con menos operarios’. Lo ilustra con los índices de productividad, que crecieron 50 por ciento entre 1950 y 1961.” 

El odio entre Verbitsky y Pedraza viene de lejos, según pudo verse en alguno de los programas televisivos del universo K. Y no parece que se deba sólo a razones ideológicas, pero uno escribe y -mal que mal- se mantuvo siempre adherido a una línea, y el otro es un ágrafo que decidió hace mucho entregarle su alma al consumo de lujo, financiándose con el aporte de los trabajadores de su gremio. Una distancia.

(En su rol de operador político, Verbitsky “renuncia” en un recuadro a Joaquín da Rocha, el Procurador General de la Nación, a quien atribuye el impulso de la candidatura presidencial de Daniel Scioli. Y vuelve a utilizar, como hace unas semanas en el caso de De Narváez, una denuncias policiales sobre presunto maltrato de su esposa para advertirle al funcionario que se vaya antes de atravesar un sofocón. En otras épocas ésto a Verbitsky le hubiera parecido propio de apretadores “serviciales”). 

Del resto de las lecturas apenas se destaca, porque está bien dirigida, la de Julio Black en Clarín (“Los Kirchner están bien vivos, pero ya se discute su herencia”). Aquí, el jefe de Política del diario se enfoca en la reunión de dirigentes que hicieron la vigilia del 17 de octubre en una carpa en la Plaza de Mayo. “Estaban, entre muchos otros, los del núcleo organizador: el jefe de los diputados oficialistas Agustín Rossi, el ex canciller Jorge Taiana, los jefes del Movimiento Evita, Emilio Pérsico y Fernando “Chino” Navarro, el dirigente de la CTA Edgardo Depetri. el intendente de Quilmes, Francisco “Barba” Gutiérrez. También se arrimaron el ministro Carlos Tomada, el senador Daniel Filmus y el diputado Carlos Kunkel. Y estuvieron el secretario de la Presidencia, Oscar Parrilli, y el vicejefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, quienes fueron los ojos y oídos vigilantes de Cristina y Néstor en el encuentro”.

Blanck apunta que “hubo esa noche una confluencia de embriones anteriores. Como el del grupo ‘Il Buco’, nombre del restorán en que se reunieron cada viernes, a partir de la derrota electoral de 2009, Tomada y Filmus con los ministros Nilda Garré y Alberto Sileoni y la jefa del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, entre otros. De ese grupo nació la revista Desafíos, que en su primer número, el mes pasado, planteó el objetivo pendiente después de siete años de kirchnerismo: ‘La distribución de la riqueza. Una necesidad social, un compromiso político’.”

En tren de advertir inminentes fisuras en el oficialismo, este columnista de Clarín apunta que esta confluencia de dirigentes considera que la elección del 2011 se gana “con más militancia” y no “recuperando a la clase media”. Añade, además, que los “sub 45” que lideran el ministro de Economía, Amado Boudou, el titular del ANSES, Diego Bossio, y el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, son la “para opositora” porque van por esa vía. No obstante, como bien marca Blanck, la mala noticia para los ministros es que la que impulsa trabajar sobre los sectores medios “es Cristina”.

Para el final seleccionamos tres párrafos de la columna de Joaquín Morales Solá en “La Nación” (“Un crimen que cuenta con muchos autores”). Es interesante ver cómo Morales Solá llega a criticarle a los Kirchner que le hayan dado espacio a Moyano y Bonafini, dos “enemigos” de la democracia sindical y política. Más allá de su oportunismo, parece que el tiempo no ha pasado completamente en vano. Pero veamos sus argumentos.

“Cinco días antes (del asesinato de Ferreyra. NdR), en River, el líder de la Uocra, Gerardo Martínez, le hizo una confesión a un político kirchnerista después de ver la exhibición de poder de Moyano: Esto terminará mal, murmuró. Moyano no tiene culpa en el crimen de Ferreyra, pero su prepotencia hace escuela entre la vieja y corroída dirigencia sindical. El ferroviario José Pedraza es un dirigente importante desde hace 40 años, aunque alcanzó la jefatura de su gremio hace 25 años. Pedraza forma parte de una generación de burócratas que se siente amenazada ahora por el crecimiento de la izquierda sindical, a la que aquella generación odió siempre. El ascenso de la izquierda es proporcional a la vetustez de la antigua dirigencia. Los Kirchner no han hecho nunca nada para promover una renovación pacífica de la jerarquía sindical.

“Peor que eso: el kirchnerismo empezó cautivado por dirigentes presentables, como Susana Rueda, que integró un triunvirato que condujo la CGT durante los primeros años de Néstor Kirchner, y como Víctor De Gennaro, el histórico líder de la CTA (¡sic! NdR). Pero se dejó llevar por los consejos del ministro Julio De Vido, padrino político, en su momento, de Moyano y de Pedraza.

“Kirchner empezó a virar hace unos tres años y le pidió a Carlos Tomada, ministro de Trabajo, que hiciera el esfuerzo (sé que no es agradable, le decía) de hablar con Moyano. Moyano se hizo entonces de las acciones de un ferrocarril, bregó hasta que consiguió controlar la oficina estatal que distribuye el dinero de las obras sociales y se dedicó a vaciar de afiliados a los otros gremios. Kirchner lo consintió; los atropellos del camionero le gustan. Ahora es Moyano el que decide si le atiende el teléfono a Tomada.”

 

 

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