Francisco Laureana era un ciudadano común que se ganaba la vida como artesano y formó una familia a la que amaba. Pero cada atardecer, al igual que el doctor Jekyll, se transfiguraba en un asesino impiadoso.
Francisco Antonio Laureana era un artesano que esculpía hermosas figuras de madera y las vendía en un puesto de la Feria de San Isidro, sobre el parque arbolado que está frente a la Catedral de ese partido bonaerense. Las imitaciones de tótems y los gauchos que tallaba con un torno le habían hecho ganar el respeto de comerciantes y clientes. Sus compañeros de trabajo comentaban que parecía ser un hombre muy serio, reservado y quizás un poco huraño. “Un tipo tímido”, lo definió la mujer que ofrecía sahumerios y velas caseras en la caseta de al lado.
El artesano se había casado doce años atrás y tenía tres hijos. Todas las tardes, antes de salir hacia la plaza, le recomendaba a su esposa que cuidara a los chicos: “No los saqués a la calle porque andan muchos degenerados dando vueltas”. Acaso por esta sugerencia, o por el carácter sereno que había exhibido hasta ese momento, ni la mujer ni los feriantes podían creer lo que la Policía Bonaerense les reveló el 27 de febrero de 1975: Francisco Laureana era “El predador de San Isidro”, un asesino serial que en los últimos diez meses había violado a quince mujeres y niñas y matado a once de ellas.
En la historia criminológica argentina no tuvo la trascendencia mediática ni el glamour literario que envolvieron a “El petiso orejudo”, Cayetano Santos Godino, o a “El ángel de la muerte”, Carlos Robledo Puch. La explicación es simple: vivió un tiempo político violento, en el que organizaciones armadas dejaban muertos por doquier. La Triple A, aquella banda parapolicial que comandaba José López Rega, ya había comenzado su delirante carrera de ritos espiritistas. Varias mujeres, en general militantes de izquierda, habían sido secuestradas, violadas y ejecutadas. En medio de esa furia, los crímenes del artesano pasaron inadvertidos, pese a haber sido uno de los casos seriales más extravagantes.
A quienes hayan leído la novela "El cementerio de Praga", de Umbero Eco, su historia les resultará familiar: Laureana, al igual que el capitán Simone Simonini, era un personaje oscuro y olvidable pues no tenía el esplendor de los grandes villanos ni se jactaba de sus delitos. Sin embargo, padecía una disfunción mental que se traducía en un desdoblamiento de su personalidad, no tanto por efecto del opio y el láudano como el célebre detective Sherlock Holmes, sino por un trastorno esquizofrénico, como "El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde", el relato de Robert Louis Stevenson.
El "modus operandi" del artesano Laureana era bastante elemental y tosco. Mientras iba o volvía caminando de la feria, se mantenía atento a una situación propicia. Ésta podía presentarse bajo la forma de una niña sola cerca de un baldío, o de una mujer que tomara sol en el jardín de uno de los chalets cuyas veredas recorría. Entonces, “El predador de San Isidro” inmovilizaba a sus víctimas, las sometía sexualmente y las estrangulaba con sus fuertes dedos o las ahorcaba con una cuerda. Sólo tres veces recurrió a un arma de fuego.
Dos particularidades llamaron la atención de los investigadores: que los crímenes se cometían entre las 18 y las 19 horas, es decir, era un asesino puntual. Y que a los cadáveres les faltaba un anillo, una cadenita o un prendedor. Eran los únicos datos que habían recogido en al menos catorce escenas del crimen, no había otro rastro que les señalara una pista.
No obstante, como indica un adagio policíaco, “un homicida serial sólo deja de matar si se lo atrapa o se lo abate”. Fue el caso de Laureana. En enero de 1975, al salir de una casa donde había violado y matado a su dueña, fue visto por un jardinero de apellido Ramírez que solía trabajar en la cuadra. El hombre lo observó detenidamente, como si quisiera memorizar su rostro, y el artesano se puso nervioso. Ese atardecer cometió su primer error: extrajo un revólver de su bolso, disparó contra el jardinero y falló.
Luego de la denuncia, un oficial descubrió que en la vivienda sindicada por Ramírez había sido estrangulada una mujer con el estilo de “El predador”. Cuando un perito le preguntó si identificaría al agresor, el jardinero afirmó: “De esa cara no me olvidaré nunca en mi vida”. El testimonio sirvió para confeccionar un identikit que estaba tan bien hecho que parecía una foto. Se supo así que era bajo de estatura, tenía el físico flaco de un atleta y una mirada “terrorífica”. A partir de ese día,la Policíade San Isidro le puso varios anzuelos, aunque no logró atraparlo. Fracasaron los detectives con pelucas rubias y las mujeres policía semidesnudas tomando sol en piletas.
El 25 de febrero de 1975, Francisco Laureana cometió su segundo error: una adolescente lo vio ingresar a su chalet a través de la ligustrina, notó su parecido con la foto que su padre había pegado en la heladera y corrió a avisarle a la mamá. En apenas minutos, se inició la persecución. A unas diez cuadras de la vivienda, una patrulla lo identificó e intentó detenerlo, pero “El predador” sacó un arma de su bolso y disparó.
En la balacera, Laureana sufrió una herida en el hombro y escapó sangrando.
Los agentes no tuvieron más que seguir el rastro de puntos rojos hasta un gallinero donde se había escondido. Allí no fue un policía quien lo aferró y lastimó en una pierna, sino el pastor alemán de los dueños de casa. Los gritos del artesano-predador fueron escuchados por la brigada que entró a cazar al cazador…
Según la PolicíaBonaerense, a pesar de las heridas ofreció resistencia, tomó sus armas y les disparó a los agentes. Según versiones periodísticas de la época, el artesano ya estaba desarmado y fue fusilado, sin más. Los dos relatos coinciden en algo: a su lado, había dos gallinas estranguladas. Tenía entonces 35 años.
La reconstrucción de los hechos fue más simple. Laureana había sido de niño seminarista en Corrientes, al parecer una experiencia muy traumática en su formación psíquica. El antecedente que condujo a los peritos a esa conclusión fue que su raíd delictivo había empezado en un colegio religioso de esa provincia, donde violó y ahorcó con una soga a una religiosa. Enseguida huyó ala Capital Federal.
De acuerdo con los investigadores, su disociación mental quedaba manifiesta en que los crímenes sólo eran cometidos de miércoles o jueves, dos días en que las ventas de artesanías disminuían mucho, y en un horario en que la mayoría de los feriantes juntaba sus piezas y partía. La división entre el deber y el placer perverso estaba marcada maniáticamente: o era un trabajador honesto y padre de familia o era “El predador”. Nunca los dos a la vez.
El móvil de los homicidios, en contraste, no le quedó claro a los pesquisas, ya que no hubo robos. Más bien era un sátiro que se llevaba recuerdos de sus víctimas. El perito forense Osvaldo Raffo, que hizo la autopsia de Laureana, especuló ante la prensa que “en el fondo era un fetichista. Le gustaba volver a la escena del crimen para gozar y rememorar”.
Quince violaciones y once homicidios fue el récord probado de “El predador de San Isidro”. El número, a decir verdad, fue reconstruido cuando la esposa de Laureana le entregó ala Justiciauna bota que guardaba en su interior los dijes de las muertas. Gracias a esa evidencia, los peritos lograron ubicarlo en el lugar de los acontecimientos. Si mató a más mujeres, fue otro de los secretos que el artesano que parecía Mr. Hide se llevó a la tumba.