Ministros que renuncian, candidatos que no aceptan: la soledad del poder

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Marcela Losardo, Matías Kulfas, Martín Guzmán. Fueron ministros en el gobierno de Alberto Fernández y, debieron dejar sus puestos en distintas crisis con Cristina Kirchner. Fueron los casos más resonantes, pero también podría mencionarse el de Santiago Cafiero, que fue “escondido” por el Presidente en la cancillería por los cuestionamientos que recibía de CFK. En todos los casos, las presiones de la presidenta del Senado estaban destinadas a “enderezar” el rumbo de un gobierno con el que nunca se sintió representada, bien porque el primero en la fórmula no cumplía a rajatabla lo acordado, bien porque consideraba que se dirigía -por incapacidad- a un destino electoral que volvería a llevar al peronismo al llano. En el caso de Losardo, porque -como dijo hace poco el abogado penal de Cristina, Carlos Beraldi- Alberto les hizo “perder tiempo” con una reforma que debía reformular la Corte Suprema y el Consejo de la Magistratura con el fin de condicionar el avance de las causas judiciales que la tienen como protagonista. En los casos de Kulfas y Guzmán, porque la política económica adherida al acuerdo con el Fondo Monetario y su ajuste suponían para ella una derrota en 2023. La cercanía al abismo político la convenció de la necesidad de forzar la marcha y entre las últimas dos crisis medió apenas un mes.

El Presidente sufrió la soledad del poder este domingo, y su patente vulnerabilidad, cuando ya caída la noche debió hacerle caso a Estela de Carlotto y se comunicó con Cristina para negociar el nombre de la reemplazante de Guzmán. La vicepresidenta esperó todo el día el llamado a sabiendas de que el primer mandatario se encaminaba a enfrentar este lunes una segura corrida bancaria si decidía “cortarse solo” y nombraba a un jefe del Palacio de Hacienda sin su acuerdo. Cuando las decisiones se toman entre pocos, el riesgo se agiganta.

La designación de Silvina Batakis, la única que pasó el filtro de CFK después de que le propusiera a Marco Lavagna -un portador de apellido-, Emanuel Álvarez Agis -un heterodoxo crítico de su exjefe y amigo Azel Kicillof- y de Augusto Costa, otro kicillofista, muestra que la soledad es mala consejera. Con un ego más alimentado que estos tres postulantes, Martín Redrado presentó un pliego de condiciones para hacerse cargo de la Economía que incluía a un presidente del Banco Central que le respondiera y un acuerdo político amplio con la oposición. Lavagna, Álvarez Agis y Costa, con distintos argumentos, le pedían a Alberto F. algo parecido: sería suicida ir al mejor lugar en este, el peor momento, sin una red de contención política.

Esa contención se la dio, “in extremis”, CFK cuando terminaron de hablar anoche. Pero esta última jugada dejó afuera a Sergio Massa, el presidente de la Cámara de Diputados que se mentó durante todo el día como nuevo jefe de Gabinete y que aspiraba a controlar toda la economía incluida el área energética, que fue la piedra de toque de los últimos enfrentamientos por los subsidios y por el “puenteo” que sufrió Guzmán por la ahora famosa planilla patagónica. En el caso de Massa podría decirse que, viendo él también el abismo, planteó una hipótesis de máxima que sabía era inaceptable. Inmolarse en aras de un bien común nunca fue lo suyo.

Los límites de la gestión actual han quedado patentizados por esta última confrontación: desde el kirchnerismo duro se preguntaban este domingo quién le “llenaba” la cabeza al Presidente con la trasnochada idea de que podía armar un nuevo gabinete sin consenso. En rigor, para eso contaba con la intermediación de Massa mientras seguía sin hablar con Cristina. Cuando todos sabían que Massa jugaba su juego y, si le salía bien, quedaba a cargo de un gobierno a la deriva que debía depositarlo sin discusión en una candidatura presidencial para la que contaba con el apoyo al menos de Máximo Kirchner. Parece difícil que Cristina confiara en el tigrense después de su malograda apuesta por Alberto (y van…).

Finalmente, la Casa Rosada optó por le menor movimiento posible: un cambio de ministro de Economía sin reestructuración del gabinete para la cual, si finalmente se produce, hacía falta un tiempo y unos consensos que no había.

Si Guzmán era percibido por el “círculo rojo” y por un sector del gobierno como la última valla del sentido común, esa valla ya no está. 

El largo desierto hasta el año próximo, que en marzo se iniciará con las primeras elecciones provinciales, deberá ser atravesado con una enorme carga de incertidumbre. Hace tiempo que los nombres no importan. Solo importa controlar los daños. Una tarea ciclópea.

* Director de Gaceta Mercantil 

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