¿Cómo escapó China a la terapia de choque?

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Si bien se suele percibir a China como un caso aparte en cuanto a las tendencias neoliberales, su transformación en las últimas décadas no ha estado en conflicto con los cambios tectónicos en el sistema global de crecimiento, sino que ha sido parte esencial de estos. Su trayectoria en estas décadas podría prepararla mejor que a otras potencias para los desafíos del futuro próximo.

La extendida crisis de la globalización ha incrementado el interés en la trayectoria de China en las últimas cuatro décadas. China es el único país grande pobre que logró un incremento espectacular en su riqueza y estatus en la era neoliberal, y lo hizo al tiempo que el Estado mantenía un rol preponderante en la economía. Su sistema político autoritario ha sido excepcionalmente resiliente. Durante las turbulencias del pasado reciente –desde la Gran Depresión hasta la crisis de la eurozona, pasando por el taper tantrum de los mercados emergentes1 y el fracaso mundial en detener la pandemia de covid-19–, China parece haber permanecido al margen del caos. Esta aparente fortaleza ha alimentado una profusión de estudios sobre el excepcionalismo chino tanto dentro como fuera del país. De acuerdo con estos análisis, o bien China es una amenazante autocracia empeñada en desmantelar el orden liberal internacional, o bien es una consumada burocracia meritocrática que asegura el bienestar de su gente frente a la implacable hostilidad de Occidente. La convicción de que China es un caso aparte ha profundizado las tensiones geopolíticas, animando a los nacionalistas chinos que buscan que el país asiático avance hacia una mayor influencia global, al tiempo que reactiva a los defensores de la hegemonía estadounidense decididos a impedir que eso ocurra.

En su nuevo libro, How China Escaped Shock Therapy [Cómo China escapó a la terapia de choque], Isabella M. Weber2 ofrece una valiosa contrapartida a esas explicaciones que llevan a estereotipos. Reporta en detalle los enardecidos debates sobre la reforma económica que tuvieron lugar en China en la década de 1980 y los sitúa en un contexto histórico y conceptual más amplio. A diferencia de lo que sucedió en la mayor parte del antiguo bloque soviético y del ex-Tercer Mundo, China no sufrió los efectos desgastantes de la terapia de choque neoliberal –la rápida transformación de una economía gobernada por el Estado en una dominada por las fuerzas del mercado– y, para Weber, la historia de cómo China evitó ese destino es clave para entender lo que hoy hace diferente al país asiático.

La terapia de choque consiste en un conjunto de políticas implementadas en rápida sucesión: desregulación, privatización, recortes impositivos, austeridad en el gasto público, liberalización de las cuentas comerciales y de capital y –algo particularmente importante en aquellos países que están alejándose de una economía planificada– un cambio repentino de un sistema de precios establecidos por el Estado a otro de precios fijados por el mercado. Weber muestra, con lujo de detalles, lo cerca que estuvieron los dirigentes del Partido Comunista, tanto en 1986 como en 1988, de desatar una tormenta como esa sobre la sociedad china. Y a diferencia de la mayoría de los países que efectivamente implementaron la terapia de choque, la versión china habría sido totalmente voluntaria. En consecuencia, la singular trayectoria de China no estuvo predeterminada, sino que resultó de la resolución contingente de los debates sobre políticas dentro de las elites.

Estudios más tempranos de este periodo, como Dilemmas of Reform in China [Dilemas de la reforma en China], de Joseph Fewsmith, y Growing Out of the Plan [Crecer fuera del plan], de Barry Naughton, siguen siendo esenciales, aunque llevan la marca indeleble del momento de triunfo neoliberal del cual surgieron. Su versión –todavía común en la actualidad– es que los «reformadores» sostenían una pelea bien intencionada por la libertad y la maximización de las utilidades contra los «conservadores» que protegían intereses particulares, enmascarando su oposición a la reforma tras una crítica a la creciente corrupción o la inestabilidad económica.

El enfoque de Weber es diferente. Sostiene de manera convincente que todos los participantes en estos debates eran reformistas, ya que habían roto esencialmente con la ortodoxia maoísta. Todos competían dentro de un único paradigma que privilegiaba el desarrollo económico por sobre la igualdad social e imponía leyes económicas impersonales, como la determinación de valor por el mercado, contra la movilización masiva y el voluntarismo político. A pesar de estos supuestos compartidos, estallaron debates apasionados entre los diferentes bandos sobre el rol del Estado en el mercado, sobre cómo entender el crecimiento y la dinámica de la inflación y sobre el sendero correcto para la reforma del sistema de precios y de las empresas. El resultado de estos debates ayudó a lanzar a China por una senda extraordinaria.

Con los inicios de la década de 1980, la lucha política que siguió a la muerte de Mao Zedong en 1976 –que enfrentó a los maoístas ortodoxos con los líderes del Partido que habían sido purgados durante la Revolución Cultural– se zanjó con la victoria de los segundos. Deng Xiaoping y Chen Yun, que habían sido marginados durante buena parte de la década de 1970, volvieron al poder, Deng a cargo de la política y Chen supervisando la economía. Se puso en marcha un importante desplazamiento de recursos de la industria pesada urbana a la industria liviana y la mayoría rural. Pero más que a redistribuir recursos, los dirigentes estaban decididos a llevar a cabo reformas profundas a la estructura de la economía planificada: descentralizar las decisiones de producción, priorizar los incentivos materiales e introducir fuerzas de mercado. Los debates económicos de alto nivel no eran sobre si se liberaba la economía sino sobre cómo hacerlo.

La historia principal de Weber es la de la batalla entre dos grupos de jóvenes consejeros económicos de los más altos dirigentes chinos. El primer grupo, definido por su apoyo a las reformas graduales, estaba conducido por Chen Yizi y Wang Xiaoqiang y estaba compuesto por intelectuales urbanos que habían pasado años viviendo en el campo como parte de las campañas de la era maoísta que enviaban a la juventud de las ciudades a trabajar codo a codo con los campesinos. Este grupo jugó un rol fundamental, primero en investigar y luego en generalizar los experimentos de reforma rural ad hoc surgidos a fines de la década de 1970, que condujeron a la descolectivización de la producción agrícola. Tras el triunfo espectacular de estas reformas cuando se implementaron en todo el país a comienzos de la década de 1980, algunos miembros de este grupo procedieron a conceptualizar y defender el sistema dual de precios que se había configurado a partir de las paulatinas reformas de mercado.

En el marco de la economía planificada, todos los productores eran responsables de una cuota de producción que se vendía al Estado a precios fijos. El plan central coordinaba los flujos de materias primas y productos terminados; las transacciones de mercado se consideraban ilícitas. En el periodo inicial de reformas, las empresas todavía tenían que cumplir con las cuotas de producción a precios más bajos pautados por el Estado, pero se les permitió obtener lucro vendiendo en el mercado, a precios más altos, cualquier producción que excediera las cuotas. El sector de bienes de consumo fue liberado por completo con bastante rapidez, pero los bienes que se consideraban esenciales –cereales, algodón, acero, carbón– mantuvieron precios fijos por el Estado durante un tiempo. Este sistema dual permitió al Estado incrementar en forma gradual la esfera de la economía regida por relaciones de mercado al tiempo que se mantenía la estabilidad general.

El segundo grupo, ferozmente crítico del sistema dual y partidario de la terapia de choque para ponerle fin, incluía a Wu Jinglian, Zhou Xiaochuan, Lou Jiwei y Guo Shuqing. Wu llegó a ser una de las voces en favor del libre mercado más importantes de China, mientras que los otros tres asumieron cargos muy poderosos en el área de elaboración de políticas. Habían llegado a la economía a través de la educación formal y poco a poco se vieron atraídos por la elegancia para la sistematización de economistas disidentes de Europa oriental como János Kornai y liberales como Milton Friedman. Con una orientación más teórica que empírica, rechazaron el gradualismo desordenado del primer grupo en favor de acabar de inmediato con el papel activo del Estado en la configuración del mercado. La pieza central de este programa era una reforma a gran escala que realinearía los precios con los valores del mercado de la noche a la mañana, en combinación con la austeridad para contrarrestar la inflación que sobrevendría al incremento repentino de precios en el núcleo de la economía. Unos pocos años más tarde, Rusia y otras economías del bloque soviético aplicarían esta fórmula con efectos catastróficos.

Cada uno de estos grupos encontró patrocinadores más antiguos dentro del Estado. Los gradualistas se conectaron con los hacedores de políticas económicas cuya experiencia formativa había sido la gestión práctica de la economía en tiempos de la guerra civil y la inmediata posguerra. Estos habían supervisado los esfuerzos exitosos del Partido Comunista para poner en cauce la hiperinflación y revivir el crecimiento a una velocidad asombrosa vinculando el valor de la moneda a las mercancías básicas de la economía y usando la compra y venta estatal de bienes para equilibrar la volatilidad del mercado y sacar del negocio a los especuladores.

Quienes apoyaban la terapia de choque estaban alineados con una generación algo posterior de brillantes académicos que habían formalizado la ortodoxia económica estalinista en los primeros años de la República Popular y establecido las bases de su sistema de formación en economía. Ambos grupos competían por el favor de Zhao Ziyang, quien, inicialmente como primer ministro y luego como secretario general del Partido Comunista, lideró la elaboración de políticas económicas desde 1980 hasta 1988.El primer gran enfrentamiento entre los dos grupos llegó en 1986. Las reformas de mercado en el campo habían producido un rápido crecimiento económico, lo que impulsó a la dirigencia a debatir ideas similares para transformar los pilares industriales urbanos de la economía, que continuaban produciendo principalmente para el plan estatal. Al mismo tiempo, muchos culparon al sistema dual de precios por la inflación y la corrupción de funcionarios con buenos contactos, que con frecuencia lo usaban como una oportunidad para cobrar sobornos. En este contexto, los simpatizantes de la terapia de choque convencieron a Zhao, quien puso en marcha la planificación para ejecutar la rápida abolición del sistema dual.

Sin embargo, antes de que las reformas fueran promulgadas, los reformadores gradualistas lograron frenarlas, sosteniendo que la reforma de precios apuntaba al problema equivocado: la fuente de la inversión ineficiente y las presiones inflacionarias no eran las irracionalidades macroeconómicas sino los fundamentos microeconómicos. Se había incentivado a las fábricas para que produjeran con ánimo de lucro pero, con el fácil acceso al crédito de los bancos estatales, la presión de la disciplina de mercado era limitada. Al mismo tiempo, la estructura de relaciones laborales de la era maoísta seguía intacta. Los trabajadores del sector estatal disfrutaban de empleos seguros, buenos salarios y beneficios, un poder significativo en el lugar de trabajo y relaciones duraderas con los gerentes por los bajos niveles de rotación de personal. Las empresas tenían muchas razones para ser receptivas frente a sus empleados y enfrentaban pocos obstáculos para incrementar los salarios y los precios o tomar decisiones de expansión injustificadas. Los gradualistas sostuvieron que el foco de la reforma debía ser el fortalecimiento del poder del mercado sobre las prácticas laborales y crediticias. Para fundamentar su posición, se basaron en su investigación sobre las consecuencias positivas del sistema dual y en una misión que visitó Hungría y Yugoslavia para estudiar el resultado de la reforma de mercado en esos países. Finalmente, ganaron el debate e impidieron una terapia de choque autoinfligida.

Más tarde, Zhao siguió el sendero de reforma empresarial marcado por los gradualistas, combinándolo con una propuesta de estrategia de desarrollo costero en la que los productores industriales privados y cuasiprivados que habían surgido en grandes números en las provincias del este durante la década anterior se integrarían a la economía global según el modelo de desarrollo de talleres de explotación laboral dirigidos a la exportación del que habían sido pioneros Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong. La mano de obra barata de China atraería inversión extranjera y se generarían divisas que podrían financiar las importaciones de energía y las mejoras industriales para las empresas estatales más importantes. En la década de 1990 y comienzos del siglo xxi, un conjunto diverso de dirigentes chinos implementó esta estrategia básica con sorprendente éxito. Como lo demostró Mary Elizabeth Gallagher en Contagious Capitalism: Globalization and the Politics of Labor in China [Capitalismo contagioso. Globalización y política laboral en China], la inversión extranjera y las joint ventures demostraron ser instrumentales para la reforma de mercado de China, no solo al traer divisas fuertes sino también al facilitar la transferencia de tecnología, la autonomía de gestión y la destrucción del poder de los trabajadores.

En 1988, antes de que la iniciativa de Zhao pudiera avanzar significativamente, hubo otro intento de reforma de precios a gran escala impulsada por el propio Deng Xiaoping con la esperanza de romper el bloqueo político sobre el curso de la reforma. Una vez más, los gradualistas armaron una campaña en contra, esta vez sin éxito. En agosto, cuando se anunció públicamente la decisión de abolir el sistema dual, estalló el caos. Se puso en cuestión el valor de la moneda, lo que inmediatamente causó corridas bancarias y compras de bienes duraderos impulsadas por el pánico. Comenzaron a extenderse las huelgas y manifestaciones.

El gobierno retiró rápidamente la propuesta, pero el incidente desató una inflación galopante y funcionó como un catalizador del descontento latente hasta convertirlo en un gran movimiento de protestas que fue violentamente reprimido en la masacre de la Plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989. Zhao Ziyang, que había intentado acercarse a los manifestantes, fue purgado del Partido, utilizado como chivo expiatorio por la inflación y puesto bajo arresto domiciliario por el resto de su vida. Sus seguidores del bando gradualista sufrieron arrestos, tuvieron que exiliarse o abandonaron la política para dedicarse a la actividad privada. Los simpatizantes de la terapia de choque, mientras tanto, condenaron rápidamente a Zhao y ganaron peso a pesar del efecto dañino en términos políticos del triunfo de sus medidas.

Las complejidades de esta historia, captadas de forma tan eficaz en el libro de Weber, son esenciales para interpretar el sentido más amplio del camino reformista chino. El relato de Weber muestra cómo una alianza entre dos generaciones de reformadores con una orientación a la vez pragmática y empírica, cuyas experiencias formativas surgieron del manejo práctico de problemas económicos, resistió la demanda ideológica de rehacer el sistema de un golpe. En los hallazgos de Weber predomina la práctica por sobre la teoría, lo concreto por sobre lo abstracto y la experimentación gradualista por sobre el dogmatismo. El abundante nivel de detalles biográficos del libro resalta la contingencia del resultado: si las figuras principales hubieran tomado un curso diferente, China podría haber implementado una terapia de choque.

Una pregunta importante que queda fuera del alcance del libro es qué fue lo que produjo las condiciones que hicieron posible estos eventos en China. La sincronización y la naturaleza específicas de la Revolución China fueron un factor central. Las experiencias de décadas anteriores que modelaron esta coalición gradualista –entre ellas, la tarea de controlar la hiperinflación luego de la guerra civil, el tumultuoso curso de la política económica en los años de Mao y la práctica de enviar a la juventud urbana a trabajar en el campo– diferencian a China de los países del bloque soviético. Esta historia debilitó el aparato institucional de planificación estatal y formó a líderes con enfoques más diversos de los problemas económicos, lo que a la vez generó un espacio y un grupo de apoyo para una reforma gradual.

Del mismo modo, la Revolución diferenció a China de los países de América Latina, África y el Sudeste asiático que sufrieron ajustes estructurales, la versión del Fondo Monetario Internacional (fmi) de la terapia de choque. La fortaleza de las corrientes nacionalistas y autárquicas del Partido aisló a China del peligro de la imposición externa de una reestructuración económica. Incluso si China dio la bienvenida a grandes montos de inversión extranjera directa, ha mantenido niveles bajos de deuda externa y fuertes controles de capital. Como resultado, el curso de la liberalización en China ha sido más parecido a la experiencia de los países ricos que a la del Sur global: un proceso gradual en el que se hacen ajustes periódicos en respuesta a la presión pública, en lugar de una transformación repentina y traumática.

Finalmente, los logros de la Revolución en términos de desarrollo –los niveles de alfabetización, educación, salud, industria e infraestructura muy inusuales para un país tan pobre–, combinados con la desigualdad extrema entre el campo y la ciudad de la era de Mao, ubicaron a China en una posición ideal para dominar las exportaciones basadas en bajos salarios que se iniciaron en la década de 1990. En el antiguo bloque soviético, si bien diezmados por la terapia de choque, los ingresos eran todavía demasiado altos para ser competitivos frente a la enorme cantidad de migrantes rurales empobrecidos de China, mientras que la mayoría de los demás países pobres no podían igualar al país asiático en la calidad de su infraestructura o la capacidad del Estado para sofocar las demandas de los trabajadores.

Si bien la historia de la Revolución China y los debates de la reforma de la década de 1980 nos ayudan a comprender el curso específico seguido por China en décadas recientes, existe el riesgo de que la pregunta de encuadre sobre aquello que hizo diferente al país asiático haga perder de vista una cuestión más amplia: la transformación de China no estuvo en conflicto con los desplazamientos tectónicos en el sistema global de crecimiento, sino que fue una parte esencial de ellos.

La era de la reforma en China involucró la reconstrucción fundamental del tejido social. A fines de la década de 1970, el anterior predominio del igualitarismo, la homogeneidad y la disciplina de masas comenzó a deteriorarse de manera sostenida. La organización estatal a gran escala dio paso a la coordinación del mercado; la estabilidad económica y la seguridad fueron desplazadas por la movilidad social y geográfica; la participación colectiva fue sustituida por la autodeterminación individual y la responsabilidad personal. China adoptó tempranamente la transformación global que surgió de las crisis mundiales de la década de 1970, desechando aquello que se experimentaba como las sofocantes rutinas del conformismo social y la racionalidad burocrática en favor del espíritu emprendedor y la diferencia.

A pesar de sus conflictos, los dos grupos de economistas en competencia de los que habla Weber compartían estos propósitos. Para quienes apoyaban la terapia de choque, el destino final se mostraba tan grandioso y con tanta claridad que les restaba capacidad para navegar a través de los bancos rocosos que se interponían en el camino. Weber argumenta con solidez que los pensadores más flexibles del campo gradualista marcaron una ruta mejor. Pero a mediados de la década de 1980 estaban tan comprometidos en establecer incentivos privados y la hegemonía de mercado como sus rivales. Con mayor seriedad que sus antagonistas, impulsaban la destrucción del poder de los trabajadores para asegurar la autonomía de los empresarios.

La lógica del proceso que ellos ayudaron a poner en marcha transformó no solo la organización de la economía sino además sus propios supuestos y valores. Algunos integrantes del grupo gradualista llegaron a admirar el fundamentalismo de libre mercado de Friedrich Hayek y las violentas reformas económicas de Augusto Pinochet. Lo que comenzó como un intento de mejorar las condiciones desesperantes de cientos de millones de campesinos chinos se convirtió en algo muy diferente.

El relato de Weber termina el 4 de junio, pero es significativo que la purga subsiguiente en los rangos de la elite no alterara fundamentalmente el curso de China. Zhao Ziyang y los gradualistas ya no estaban; los seguidores «conservadores» de Chen Yun, en su mayoría marginados del diseño de las políticas económicas en los años 80, tomaron las riendas. Sin embargo, lejos de repudiar la reforma neoliberal, la configuración de la nueva elite la consolidó y aceleró. Los «conservadores» establecieron una posición privilegiada para el Estado en el manejo y la represión de los desequilibrios que acompañan la mercantilización, mientras que el resto de los «reformadores» –en su mayoría partidarios de la terapia de choque– completaron la reforma gradual de precios en 1993 y luego recurrieron al programa de los gradualistas, privatizando buena parte del sector estatal, sometiendo a las empresas estatales restantes a las fuerzas del mercado y destruyendo el poder y los resguardos de los trabajadores mediante despidos masivos y la rápida expansión de la competencia entre talleres de explotación laboral.

Esta inusual forma de liberalización centrada en el Estado le permitió a China capitalizar las oportunidades, por lo demás poco prometedoras, que se ofrecían a los países pobres en la economía neoliberal global. La significativa expansión económica que resultó –cada año desde 2006, China ha hecho la mayor contribución al crecimiento global– sostuvo el neoliberalismo autoritario chino y permitió a la globalización neoliberal posponer el ajuste de cuentas con su propio esquema sistemático de supresión de salarios y demandas de consumidores. Pero a pesar de todos los beneficios que trajo, el crecimiento también impuso grandes costos al pueblo chino: alrededor de 1,7 millones de muertes en los lugares de trabajo en las dos últimas décadas, una enorme desigualdad y corrupción, un nivel de contaminación devastador y la revitalización del poder estatal antidemocrático.

En la actualidad, los líderes chinos, al igual que las elites en todo el mundo, se han visto profundamente conmocionados por los peligros económicos y el descontento popular que son la contracara del modelo de crecimiento neoliberal. A pesar de la apariencia superficial de estabilidad social y autoridad del Estado, desde 2008 la sociedad china ha sido perturbada por las mismas fuerzas que vienen trastornando al resto del mundo: tasas de crecimiento y productividad en disminución, gigantescas burbujas inmobiliarias, la peligrosa expansión del sistema bancario en la sombra, la volatilidad de los mercados financieros, la ira generalizada por la corrupción y la desigualdad, el ansia de objetivos personales y colectivos que vayan más allá del hacer dinero, el creciente temor por las amenazas extranjeras y la presión cada vez más intensa sobre quienes son diferentes para que se conformen a un ideal nacional.

Para superar la fragmentación social y económica del neoliberalismo y revivir el crecimiento y la legitimidad, la dirigencia china está experimentando con formas posneoliberales de nacionalismo, que combinan beligerancia en las relaciones exteriores con una política interna de nivelación económica y una asimilación violenta que apunta a las minorías étnicas y la disidencia política. A ambos lados del océano Pacífico se imagina que este nacionalismo diferencia a China, cuando de hecho la hace similar a otras grandes potencias.

Sin embargo, así como los acontecimientos de la era maoísta cultivaron el potencial para un nuevo enfoque cuando el sistema existente colapsaba, el particular camino de China a través de la globalización neoliberal ha desarrollado posibilidades que podrían contribuir a la reconfiguración del sistema global actual. Países de todo el mundo cuestionan hoy la renuncia a las prioridades sociales para satisfacer al mercado durante la era neoliberal. Dado que el Estado fue tan fundamental en su proceso de reforma económica, China está mejor posicionada que otras economías importantes para una transición hacia algo diferente. Si los líderes cumplen con sus aspiraciones declaradas en favor de una rápida descarbonización y un crecimiento igualitario, por ejemplo, esta historia habrá sido un factor decisivo.

Del mismo modo, debido a que China escapó de la terapia de choque y evitó la ortodoxia del libre mercado con su forma distintiva de neoliberalismo, logró un crecimiento inusualmente sólido pero también fue objeto de una crítica feroz por parte de las potencias dominantes. En consecuencia, desarrolló tanto un sentido de injusticia respecto al statu quo como la capacidad de ejercer su poder a escala internacional.

Esta experiencia ha preparado el camino para un nacionalismo reaccionario concebido para sostener a China como un competidor global implacable dentro de la claramente desigual jerarquía internacional. Sin embargo, también ha moldeado una visión diferente en los líderes chinos –expresada en la retórica sobre la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el apoyo al desarrollo como un derecho humano, la crítica a la condicionalidad neoliberal para la ayuda multilateral, la promoción de los bienes públicos globales y las propuestas para democratizar las instituciones mundiales– en la cual la jerarquía podría aplanarse mediante la cooperación internacional en beneficio del desarrollo global y una transición climática global justa. Al igual que en la década de 1980, cuál de estas visiones contrastantes triunfará es algo que no está escrito, sino que será decidido por quienes hacen la historia.

* Historiador especializado en China moderna e investigador posdoctoral en el Centro de Políticas de Desarrollo Global de la Universidad de Boston.

Nota: la versión original de este artículo en inglés se publicó en Dissent, en el otoño boreal de 2021, bajo el titulo «China’s Market Reformers». Se publica como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y  Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Traducción: María Alejandra Cucchi.

1.Tantrum significa «berrinche», en este caso de los mercados, y refiere al episodio que comenzó cuando la Reserva Federal estadounidense anunció en mayo de 2013 una posible reducción anticipada de sus compras de bonos (tapering), lo que provocó marcadas caídas en los tipos de cambio y en los precios de los bonos y acciones de las economías de mercado emergentes [N. del E.].

2.I. M. Weber: How China Escaped Shock Therapy: The Market Reform Debate, Routledge, Londres, 2021.

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