¿Cómo construir un nuevo universalismo progresista?

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Los centristas y progresistas estadounidenses a menudo consideran que las agendas raciales y la captación de votantes no urbanos y de clase trabajadora son irreconciliables. El desafío, en realidad, es el de construir una agenda universalista de nuevo tipo que los contenga.

En los últimos meses, algo parecido al pánico se apoderó del Partido Demócrata en Estados Unidos. La popularidad del presidente Joe Biden es notablemente baja; las principales iniciativas se han frenado; los demócratas perdieron las elecciones para gobernador en el territorio supuestamente favorable de Virginia y es probable que se produzcan importantes reveses en las elecciones legislativas de medio término.   

Muchos demócratas «progresistas» culpan a las estrellas en lugar de culparse a sí mismos. El éxito de los republicanos, según esta opinión, se debe a una combinación de «supremacía blanca antinegra» y a características estructurales del sistema político estadounidense, como la existencia de un colegio electoral para elegir al presidente y el Senado, que favorecen a regiones y poblaciones que no apoyan a los demócratas. Para los demócratas «centristas», en cambio, el verdadero problema reside en el propio partido o, más bien, en su ala progresista, que insiste en defender cuestiones ligadas a la justicia racial o social con «opiniones y valores no compartidos» por la mayoría de los votantes.

Si bien este debate se vincula con especificidades estadounidenses, es posible encontrar ecos de él en la situación de los partidos de izquierda de toda Europa. En particular, el desafío de conciliar una agenda social y racial progresista con la necesidad de atraer mayorías electorales, que incluyan a los votantes no urbanos y de clase trabajadora, es algo a lo que nos enfrentamos hoy día a ambos lados del Atlántico.

Cómo enmarcar los temas. Los centristas y los progresistas suelen presentar estos objetivos como irreconciliables: o los partidos de izquierda defienden agendas sociales y raciales progresistas o atraen a más votantes no urbanos y de clase trabajadora. Sin embargo, ambas cosas no tienen por qué ser contradictorias.

Como ha sostenido el politólogo William Riker y tomando prestado el título de su libro, los resultados políticos dependen del arte de la manipulación política y la creación de agendas [The Art of Political Manipulation]. «Los políticos exitosos estructuran el mundo para poder ganar», escribió. Concretamente, el modo en que se enmarcan los temas desempeña un papel fundamental al momento de volverlos atractivos y relevantes para los votantes.

Un estudio reciente sobre los votantes de clase trabajadora, patrocinado por YouGov, el Center for Working Class Politics y la revista de izquierda Jacobin, confirma lo que muchas investigaciones anteriores ya habían advertido: cuando las políticas se formulan en términos de beneficio de un grupo en detrimento o a expensas de otros, estas son menos populares. Por ejemplo, cuando se les dice a los votantes blancos que las políticas redistributivas exigen quitarles dinero para financiar programas que benefician principalmente a las minorías, el apoyo a esas políticas cae en picada. Por el contrario, cuando se presentan esas mismas políticas como una vía para obtener dinero de los ricos para redistribuirlo entre los trabajadores o los menos aventajados, el apoyo aumenta.

A menudo se presenta esto como producto del racismo, y sin duda algunos votantes blancos albergan sentimientos racistas. Pero los votantes de las minorías también prefieren un encuadre más centrado en la clase que en el color de la piel. Como dicen dos conocidos académicos, «los argumentos más sólidos» para las políticas redistributivas son los que «van más allá de la raza y se refieren a los principios morales con que están comprometidos tanto los estadounidenses blancos como los negros, no como negros o blancos, sino como estadounidenses (…) Ir más allá de la raza podría ser más eficaz no porque evada el alcance de los prejuicios, sino porque pone en juego el principio de equidad: que todos los que necesitan ayuda deben ser ayudados, independientemente de su raza».

«Lenguaje mainstream». Esto también vale para las continuas desventajas a las que se enfrentan las minorías y los inmigrantes. El estudio antes mencionado, por ejemplo, descubrió que los votantes potencialmente demócratas de clase trabajadora «no rehuyeron a los candidatos progresistas que expresaron su firme rechazo al racismo. Pero los candidatos que enmarcaron esa oposición en un lenguaje altamente especializado y centrado en la identidad obtuvieron resultados significativamente peores que los candidatos que adoptaron un lenguaje populista o convencional».

Como señaló Bhaskar Sunkara, editor de Jacobin, «el costo político de un mensaje de campaña centrado en la identidad étnica parece ser significativamente mayor que el beneficio (…) Entre los extractos con declaraciones de candidatos presentados a los encuestados, el de peor resultado fue uno que los encuestadores describieron internamente como ‘woke moderado’».

Otros estudiosos consideran que es posible centrarse en cuestiones de raza (y no solo de clase) y atraer a los votantes «influenciables», siempre que los debates no se enmarquen en juegos de suma cero. Ian Haney López, uno de los defensores más convincentes de este punto de vista, sostiene que los políticos de izquierda no tienen por qué rehuir el debate sobre las persistentes desventajas que sufren las comunidades minoritarias; solo deberían hacer hincapié en que abordar estas desventajas creará una sociedad más justa para todos.

Los votantes objetivo, señala López, se desaniman ante los mensajes que refieren al racismo «únicamente en términos de daños a las comunidades de color de una manera que implícitamente excluye y quizás incluso culpa a los blancos». Pero cuando la lucha contra las injusticias se presenta como algo que beneficia a «la población trabajadora, ya sea blanca, negra o morena», ese mensaje basado en la raza y la clase resuena entre un amplio sector de votantes.

Recursos basados en la raza. Sin embargo, a pesar de estos resultados, como señaló un analista, algunos políticos y activistas demócratas «enfatizan –y, en ocasiones, incluso exageran– las implicaciones raciales de las políticas redistributivas neutrales desde el punto de vista racial», como el gasto en infraestructuras, el apoyo a las pequeñas empresas, la ampliación de Medicaid (que ayuda a las personas con bajos ingresos a sufragar los costos de la atención sanitaria) e incluso el acceso patrocinado por el gobierno a las vacunas y tratamientos contra el covid-19. Esto contribuyó a que tales recursos y políticas basadas en la raza se hayan asociado con el conjunto del  Partido Demócrata en la mente de algunos votantes. (En su campaña de 2020, Joe Biden lo hizo menos que sus rivales progresistas, pero aun así ha enmarcado algunas de sus políticas en tales términos).

«Contribuir», por supuesto, es una palabra crucial: los republicanos hacen todo lo posible para reforzar esa asociación, advirtiendo que cualquier cosa que presente al Partido Demócrata y sus políticas como algo que beneficia principalmente a las minorías y a los inmigrantes (especialmente a los ilegales) a expensas de los demás moviliza a su base y profundiza la brecha entre los votantes no urbanos y de clase trabajadora y los demócratas. En Europa, los populistas emplean una estrategia similar para atizar el miedo de los votantes a los inmigrantes y reforzar la creencia de que les quitan recursos que los nativos «merecen» por ser tales.

Si el Partido Demócrata quiere evitar la disyuntiva entre implementar  políticas raciales y sociales progresistas y obtener los votos necesarios para ganar las elecciones, tiene que enmarcar su agenda de un modo que permita a la ciudadanía considerar que votar por ella redunda en su propio interés, así como en el de su país. Contribuir a una situación en la que varios grupos se sientan amenazados o en un juego de suma cero es contraproducente para construir la coalición electoral amplia y diversa que los demócratas, así como otros partidos de izquierda, necesitan para ganar, y también lo es para la salud de la democracia en general.

Fuente: IPS y Social Europe. Traducción: Rodrigo Sebastián

* Profesora de Ciencias Políticas en el Barnard College y autora de  Democracia y dictadura en Europa. Desde el Ancien Régime hasta la actualidad (Oxford UP, Oxford, 2019).

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