El jarrón de Benlliure para la reina regente de España

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El relato sobre el fastuoso regalo del intendente porteño Adolfo Bullrich, a comienzos del siglo pasado, tiene su miga. El boceto y la obra final.

Al comenzar el siglo XX, el valenciano Mariano Benlliure y Gil (aquel artista precoz que comenzó a modelar figurillas de cera o barro a los seis años) era ya un escultor consagrado. La difundida revista “La Ilustración Artística” le dedicó una nota en su numero 1007 relatando su trayectoria, interpretando su lenguaje expresivo y ponderando sus últimas obras. Entre ellas, incluía dos fotografías del llamado “jarrón artístico ofrecido por la Municipalidad de Buenos Aires a S.M. la reina regente Doña María Cristina”.

María Cristina de Habsburgo, segunda esposa de Alfonso XII, fue regente entre 1885 y 1902 debido a la minoría de edad de su hijo y heredero del trono, que lo ocuparía luego como Alfonso XIII.  Durante su regencia se perdieron las dos últimas colonias españolas en América: Cuba y Puerto Rico.

Volviendo al artista, una nota saliente de su desempeño era, según el cronista (disfrazado bajo el seudónimo de “Profesor Ibericus”) su carácter “genuinamente español”, por contraste con la influencia francesa, tan dominante. Una afirmación quizá exacta en cuanto a los temas, aunque dudosa en relación con el estilo de ciertas obras. Pero tal vez la idea instalada en la opinión pública acerca de esa marca de identidad nacional, a la par del nombre ya alcanzado por Benlliure en Europa, hayan sido determinantes a la hora de elegir un artista capaz de crear un regalo digno de una reina española.

Porque hubo un tiempo en que la ciudad de Buenos Aires, como cabeza de la República, podía darse el lujo de encargar obras de arte para hacer de ellas obsequios espléndidos. Ya en otra ocasión me he referido a la “corona monumental” modelada para la tumba de Humberto Iº de Italia por la misma época, y que el intendente Adolfo Bullrich llevó en persona, aprovechando su viaje a España.

Aquel funcionario se propuso regalar a la reina regente de España un objeto singular como signo de agradecimiento por los agasajos con que fueron recibidos en aquel país los marinos de la fragata “Presidente Sarmiento”, de paso por los puertos españoles en ocasión de su viaje de instrucción de 1899.

El jarrón superaba los dos metros de altura y debía cimentarse en una base hecha de mármol de San Luis, en tanto la pieza artística propiamente dicha era de bronce fundido. En el pedestal de piedra, acompañando a los escudos nacionales de España y la Argentina, lucían grabadas las inscripciones epigráficas siguientes:

“A Su Majestad la reina regente de España, la Municipalidad de Buenos Aires.

“Testimonio de gratitud por la grandiosa acogida a los marinos argentinos con ocasión de la visita del buque escuela ‘Presidente Sarmiento’.”

Sobre ese pedestal iban colocados dos bajorrelieves representando el descubrimiento del Río de la Plata por el piloto mayor Juan Díaz de Solís, y una alegoría de la travesía cumplida por la fragata Sarmiento. En las esquinas, figuras femeninas portaban guirnaldas desplegadas. Se agregaban, además, medallones con el retrato de la monarca española y una representación de la Argentina.

Por encima se desarrollaba un friso con llamativas cabezas de animales que servía de plataforma breve para un grupo de amorcillos que, bajo la pose de párvulos Atlantes, sostenían la esfera planetaria, en la cual se modeló una representación de las corrientes del océano Atlántico, uniendo a través de sus aguas las riquezas naturales españolas y argentinas. En la cima del Orbis Mundi, las alegorías de ambas naciones (madre patria e hija), bajo forma femenina, se unían en un abrazo sellado por un beso bajo la mirada atenta y el gesto unitivo de un genio alado.

En suma, Benlliure se impuso un programa iconográfico alegórico y complejo (y, malgré el cliché de su radical “españolismo”, algo rodiniana…) para una producción que debía estar terminada en noviembre de 1900.

La obra tuvo, naturalmente, su boceto previo, que le fue obsequiado al intendente Bullrich por el propio artista. Su nuevo dueño dispuso que fuera exhibido, para solaz de los porteños, en la vidriera de la casa Barón Hermanos & Compañía (establecimiento dedicado al comercio de obras de arte). Junto al modelo del jarrón, en el mismo escaparate, se exhibió también una fotografía del boceto, dedicada por el escultor al secretario de la Municipalidad.

Tanto la postal autografiada como la maquette permitieron a los observadores más atentos comprobar algunos cambios que el artista decidió introducir en la obra definitiva, como lo señaló la revista “Caras y Caretas” en junio de 1901. Si fue por voluntad propia o por sugerencia ajena, no lo sabemos. No era extraño que, en ocasiones, los comitentes insinuaran alteraciones de detalle al programa iconográfico original.

Una curiosidad del boceto es que, antes de su traslado a manos de Bullrich, fue transformado en una copa por el mismo Benllire y se dijo que en ella bebió champagne el intendente porteño, durante el banquete que el artista le ofreció en Madrid mientras en Buenos Aires se agolpaban los acreedores de la Intendencia.

Benlliure era dúctil para las relaciones públicas y el trato en sociedad, y el recuerdo de esas cortesías para con la dirigencia porteña le habrán valido, quizá, una década más tarde, el encargo de un monumento a Bernardo de Irigoyen que permanece erigido en la esquina de Paraguay y la avenida Callao.

Si se compara la obra final con el modelo previo, podrán advertirse ciertas diferencias. Por ejemplo, faltan en el boceto las cabezas de animales (¿incluso un simio?) que aparecen rodeando el elemento de transición entre el pedestal y la esfera. A su vez, las alegorías que la ilustran presentan modificaciones.

En especial las figuras femeninas que representan a España y la Argentina, que en el boceto son, ambas, volátiles y apenas si se toman de los brazos; en cambio, en la pieza final sólo una de las alegorías se halla en vuelo, en tanto la otra yace reclinada, rubricando el encuentro físico de ambas con un toque más sensual (el beso y el abrazo) que en el modelo previo donde, por otra parte y a la inversa, las figurillas femeninas porta guirnaldas que rodean la base aparecían semidesnudas y en la obra concluida fueron vestidas a la manera clásica grecorromana.

El pedestal, por su parte, abandona su morfología afacetada, mientras otros detalles alegóricos (ganados, peces, pendones, etcétera) lucen más elaborados en la pieza definitiva, de indudable filiación Art Nouveau.

Si bien era frecuente que los artistas plantearan en el modelo previo una idea más bien esbozada, e introdujeran variantes y ajustes en la obra terminada, sin embargo aquellos bocetos no carecen en absoluto de valor artístico. Pero, lamentablemente, muchísimas veces se han perdido o permanecieron desconocidos para el público. En el caso del jarrón para la reina regente, los porteños de 1901 pudieron verlo de cerca y juzgar por si mismos el talento de Benlliure.

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