Los efectos de la yerba mate, según un padre jesuita del siglo XVIII

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El autor refiere el paso por estas tierras del religioso español José Sánchez Labrador, a quien se debe -entre otros aportes- una gran defensa de la planta autóctona.

El padre José Sánchez Labrador nació en La Guardia, España, el 19 de setiembre de 1717 y en 1732 ingresó a la Compañía de Jesús. De él el R.P. Guillermo Furlong S.J. afirmó que “en la historia de la geografía argentina, con anterioridad a 1810 no es probable hallar un estudioso más empeñoso y un escritor más prolífico”.

Cuando la expulsión de los jesuitas en 1767, llegó desterrado a Ravena, Italia, donde vivió por 30 años hasta su muerte el 10 de octubre de 1798, y se dedicó a poner por escrito sus recuerdos sobre nuestras tierras en temos que abarcaron zoología, botánica, agricultura, ganadería, etc.

Uno de sus estudios fue sobre la “Yerba del Paraguay, sus plantas y beneficios”, donde no sólo describe la planta sino que comenta la explotación a que eran sometidos los cortadores por algunos comerciantes inescrupulosos que les descontaban de la paga “por el cuchillo que les prestan para cortarla, por el uso del caldero en que cuecen la comida y así otras cosas… todo esto me decía un hombre honrado, capataz de una tropa que gran parte de la noche la pasó hablando conmigo; y añadió que hacía once meses que faltaba de su casa, por haber tenido muchos atrasos en el beneficio de la yerba en que era el dueño. Con estas demoras, las pobres mujeres y familias viven casi desamparadas. Todo se evitaría, si plantaran yerbales hortenses, como lo han logrado con el empeño y la dirección de los misioneros jesuitas los neófitos de las misiones guaranís, con suma envidia de los españoles”.

 La infusión no tuvo lo que hoy llamamos “buena prensa” en Europa. Decían que su uso “inducía en sus rostros el desmayo de los colores y los teñía de palidez”. Según el padre Sánchez Labrador, detrás de este infundio estaban “los que pretendían entablar el uso del té oriental, (que) inventaron esta especie para hacer que decayese el uso de la yerba que empezaba a tomar vuelo”. Afirmaba que la mayor parte del reino del Perú, Chile, Tucumán y todas las provincias del Paraguay, y muchos españoles y portugueses, acostumbran consumir esta bebida, “y con todo conservan los rostros floridos, de bella tez, así que la tacha, de que se hace rea la yerba, es mera impostura”.

A la vez reconocía que el té oriental, el café de Turquía y el chocolate americano también tenían sus contradicciones, pero triunfaban en el gusto de la gente “estribando sus aplausos en la continuada experiencia de sus buenas cualidades”. Explicaba Sánchez Labrador en su escrito las causas físicas por las que nace la palidez: “Nada de esto tiene que ver con el mate, antes bien, este limpia las vías, mueve moderadamente el sudor, tomado en agua caliente; avivando los espíritus, quita el cansancio y excita las ganas de comer; sobre todo hace expeler por la orina cuanto podía impedir la debida digestión, como lo enseña la cotidiana experiencia”.

Suponía que los efectos que producía la yerba podían deberse al agua caliente, que tenía sus partidarios, aunque “los indios pocas veces la beben en infusión de agua caliente, sino en agua fría”, lo que imitado por los españoles “experimentan los buenos efectos dichos con su bebida fría”. Si era por el agua caliente también se podían, para nuestro sacerdote, “degradar de virtuosas el té, café, cacao, la salvia y otras innumerables plantas, reconociendo solamente por principio el agua caliente”. Aconsejaba la mejor forma de tomar el mate: “En gente blanca, con agua caliente, mezclando la suficiente azúcar, y unas gotas de agrio de limón o naranja; porque la infusión en agua fría, refresca demasiado el estómago, y sólo puede pasar alguna vez en tiempos de grandes calores o después de haberse asoleado en los caminos, dando lugar a que sude un poco el cuerpo. En estos casos con agua fría se experimenta favorable”.

Finalmente, después de seguir elogiando las virtudes como bebida, añade: “Puesta a fermentar en agua la yerba, o para acelerar la operación dándole cocimiento, y exprimiéndola bien después, se logra una buena tinta para escribir…”, y también “a las telas o hilo que se pretende teñir de negro”.

Elsie K. de Rivero Haedo, conocida con el seudónimo de Virginia Carreño en sus trabajos literarios, tenía en su quinta “Once varas”, en San Miguel, una imagen del santo jesuita Roque González de Santa Cruz con un mate, recordando como homenaje a los padres de la Compañía que tanto difundieron la yerba.

Hace poco más de 50 años, el entonces sacerdote jesuita doctor Mariano N. Castex, al referirse a la obra de Sánchez Labrador no dudaba en afirmar -y podemos ratificarlo nuevamente- que, “con justicia se lo puede llamar el primer gran naturalista de la región conocida entonces por el Gran Paraguay”.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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