El éxtasis de los coleccionistas

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El autor habilita al lector en este artículo un recorrido por el carrousel de emociones que genera una subasta, tanto para ganadores como para perdedores. Toda una experiencia.

En nuestro anterior artículo nos referimos en forma muy tangencial a uno de los grandes momentos en la vida de un integrante del antiguo y noble gremio de los coleccionistas: quizás una de las circunstancias que más adrenalina generan, el momento en el que lo anhelado y lo real se encuentran separados por una delgada línea. El instante en que todo puede llegar a ser posible.

La teoría heliocéntrica muta y se convierte en la teoría “objetocéntrica”, en donde el Universo deja de girar en torno al Sol y pasa a girar en torno a un objeto, el deseado, el que se encuentra allí, tan cerca pero a la vez tan lejos. “Eppur si muove” diría Galileo Galilei al pasar (“Sin embargo se mueve”), frase adjudicada al astrónomo luego de abjurar a la teoría heliocéntrica.

La felicidad se encuentra solo a tres golpes de martillo. Siempre el número 3 nos marca cosas importantes: pasado, presente y futuro; para el cristianismo, la combinación en el sentido de la unidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo); introducción, nudo y desenlace; mañana, tarde y noche, y una larga lista de etcéteras.

En efecto, querido lector, nos referimos al momento más sublime de un coleccionista: la subasta. Antes de ampliar el foco en ella, debemos dar un paso atrás, ir a la previa que es cuando se accede al catálogo.

Toda subasta, no importa de lo que sea, tiene un catálogo: digitalizado, impreso o de ambas formas, a veces solo es la publicación en una página web de lo que se venderá ese día con fotos y una breve explicación sobre el objeto en cuestión. Cuando el coleccionista tiene acceso a ese documento, es como una inyección de adrenalina en su cuerpo. La ansiedad con la cual devora con su vista ese catálogo es sorprendente. Hay coleccionistas que tienen la inmensa habilidad de ver con un golpe de vista y encontrar algo de su interés entre varios objetos, pero luego de revisar el catálogo y haber encontrado cosas de su interés, observa si tienen o no base los objetos elegidos, que en una subasta se denominan lotes. Cada lote tiene un número, varias fotografías, un texto con una breve descripción y el precio base (o llamada simplemente “la base”, que es el precio mínimo por el cual sale a subasta) por el cual comienza “la puja” (es decir, la competencia de ofertas que van realizando quienes quieren comprarlo). Algunas subastas, las menos, salen a remate “sin base”, lo que significa que los interesados comienzan a ofrecer distintas cantidades de dinero. He visto en subastas sin base que las ofertas comienzan con montos bajos, casi irrisorios, y eso atrae a más oferentes y el precio comienza a subir y, muchas veces, se alcanzan montos que, como dicen en España, “podrían escandalizar al más pintado”. En definitiva, es una competencia entre los oferentes por lo que se quiere comprar.

Las subastas presenciales tienen público en el salón en donde se lleva a cabo la exhibición y se realizan las ofertas, y también personas que se encuentran conectadas en forma telefónica con los empleados de la casa de subastas o han realizado ofertas bajo sobre (es decir, que no están viendo la subasta pero le han indicado a algún empleado hasta cuánto estarían dispuestos a pagar por el objeto).

Obviamente, ya algunas subastas también se transmiten por internet y son seguidas desde diferentes partes del mundo. Durante el 2020, período más duro de la pandemia, las subastas mutaron a la forma virtual y la gente siguió comprando incluso sin haber visto personalmente los lotes que les interesaban. Así que, ni esta situación tan especial pudo impedir que se realizaran remates cuando comenzaron a relajarse las restricciones sanitarias.

Una característica muy curiosa es que las personas que asisten a una subasta suelen mantener en el anonimato su verdadera identidad, la cual solamente es conocida por el subastador. Se los identifica con un número, un nic o un pseudónimo. Si… han leído bien, un pseudónimo, al igual que los escritores. Curiosidades de este microcosmos.

Vayamos al día de la subasta: un observador externo carente de interés en los objetos, porque si lo tiene perdería la perspectiva para analizarlo, notaría que hay varias palabras que podrían definir la situación: pasión, adrenalina, cautela, pena, emoción y alegría.

Quien puja tiene pasión por adquirir ese lote, por lo cual no puede evitar que la situación mueva cada fibra de su ser. Tal como sucede en la vida misma, la cautela en estos lares también es muy importante ya que para algunos la premisa de “pagaré lo que sea total tengo el dinero para hacerlo” puede llevarlos a decisiones equivocadas. He visto a asiduos concurrentes a subastas que pujaban por un lote, detenerse de repente y cesar de ofertar y dejar que otro adquiera el lote porque ya les parecía excesivo (y debo confesarles que tenían el dinero suficiente para comprarlo de haberlo querido). Al dejar de pujar, por la razón que sea, por un instante se siente pena y al quedar un solo ofertante, éste siente una inmensa emoción y, al escuchar el tercer golpe del martillo, “un tsunami de alegría” lo invade ya que finalmente consiguió hacerse con el lote deseado.

Y en el momento en que el tercer y último martillazo del rematador dice “vendido a…” estoy seguro de que si Bernini hubiera podido presenciar esta escena tendríamos su correspondiente escultura, ya que en cuestión de pocos minutos una persona pasa por diferentes estados y seguramente el latido de su corazón hubiera preocupado a más de un cardiólogo.

Llegados a esta instancia, “El Éxtasis de Santa Teresa” de Bernini bien podría transmutarse y convertirse en el “Éxtasis del coleccionista”, ese momento en que se conecta con esa pieza que forma parte del “Olimpo del dios coleccionismo”, una unión que sale de su interior y va directamente hacia el objeto deseado.

El precio final que debe pagar el comprador está integrado por el denominado precio de martillo (es decir la cantidad de dinero ofertada cuando se bajó el martillo), más la comisión de casa de subastas y los impuestos correspondientes.

Cuando se está pujando por un lote y comienzan a disminuir la cantidad de oferentes hasta que quedan solo dos, aumentan la tensión, la concentración y la adrenalina. En esas circunstancias, los tres golpes de martillo nada tienen que envidiarle a la tensión del momento en el cual el príncipe Calaf responde a los tres acertijos de Turandot, la princesa china protagonista de la ópera del mismo nombre que fue compuesta por Giacomo Puccini y que quedó inconclusa por la muerte de éste, y fue completada por Franco Alfano y estrenada casi un siglo atrás, y de la cual forma parte la célebre aria de “Nessum dorma”. Si hubiera que musicalizar el momento final de la puja, sin lugar a dudas esa aria debería poder oírse a todo volumen.

A estas alturas, nobleza obliga, ya que aún no le hemos dedicado unas líneas a los “caídos en la contienda”, es decir a los demás oferentes que no pudieron hacerse con el lote en cuestión. Luego de pujar y perder puede sobrevenir, especialmente en el oferente novato, un gran sentido de impotencia por no haber podido obtener el objeto de su deseo. A ellos les puedo decir dos cosas: la primera es que el valor de la prudencia o, mejor dicho, el valor del saber esperar puede dar grandes frutos en el mundo del coleccionismo. Muchas veces pueden pasar décadas hasta encontrar un objeto similar o, mejor aún, volver a tener la oportunidad de pujar por aquel objeto que no se pudo adquirir. Puedo asegurar que el sentir al sumar una pieza a la colección que venga con este contexto genera más alegría “que el regreso del hijo pródigo a casa”, ya que cada vez que se muestre a alguien esa pieza vendrá acompañada de una historia y una inmensa sonrisa en la cara del coleccionista. Y lo segundo es que, estando en una subasta, oí a alguien de más edad decirle a un joven que acababa de “perder” un lote por el cual estaba pujando: “No te preocupes, no era para tí. Ya encontrarás la que sí lo será y, es muy posible, que incluso llegue a ser tuya de una manera casi inesperada, impensada y casual. Ese día seguramente sentirás que esa pieza te estaba esperando y tú a ella casi como si se tratara de un cuento de hadas en el cual la princesa fue rescatada por el valiente príncipe”.

El año pasado me sucedió algo muy curioso que tiene por protagonista a mi hija, quien es una niña vivaz, sobre quien ya les conté que podría decirse que casi “su último acto de gobierno antes de nacer” fue asistir con su madre y conmigo a una subasta en la cual adquirimos un grabado antiguo para decorar el que sería al nacer su dormitorio. Yo estaba viendo una subasta online y se me acercó para decirme que, hacía unos días, había estado mirando el catálogo de esa subasta en mi computadora y que había algo que era de su interés y que quería comprarlo. Grande fue mi sorpresa ya que a ella no parecen interesarle las antigüedades, cosa por cierto lógica en una niña de corta edad del siglo XXI, ni en casa nos llaman la atención las piezas orientales. Mi hija ya nos había observado cómo procedíamos para ofertar en una subasta online, así que me pidió permiso para ofertar por algo que era de su interés: se trataba de una talla oriental pequeña de un Dignatario. Cuando salió el lote a subasta, estábamos mi mujer, ella y yo pendientes de lo que sucedía: comenzó la puja, esperó antes de hacer su primera oferta (de hecho, nunca me dejó hacerlas, así son los niños con la tecnología). Comenzaron a aparecer otras ofertas, mi hija seguía pujando y, de repente, cesó la puja y quedó ella como la oferta más alta. Ver su cara durante el proceso fue algo maravilloso para mí y, cuando finalmente se produjo el tercer golpe de martillo, la pieza fue de ella y su alegría, inmensa. Me dijo exultante: “Papá me gané la talla” y desde ese día, el sonriente Dignatario Oriental del siglo XIX, cual viajero del tiempo, convive con ella en su cuarto decorado modernamente y contempla el devenir del siglo XXI acompañado de peluches, el aro de luz, la tablet, los airpods y la televisión.

Comprar en una subasta puede ser emocionante y divertido, pero puede suceder que parezca intimidante si no se conoce el proceso, por eso hay que desmitificarlo. En el mundo de las subastas cada vez hay más coleccionistas y, para quienes nunca hayan hecho la experiencia, los animo a hacerla y asistir a una subasta, estoy seguro de que recordarán estas líneas que acaban de leer.

* El autor es coleccionista e integra entidades dedicadas a la preservación del patrimonio

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