En la casa de Rosas funcionará el Museo del Sitio con reliquias del 1800

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Cuando una constructora comenzó las obras de un edificio, en Moreno al 500, a una cuadra de la Manzana de las Luces, salieron a la luz miles de piezas de enorme valor.

En el solar en el que estaba la casa de Juan Manuel de Rosas, en Moreno al 500, funcionará el Museo del Sitio, tal como se llamará el nuevo espacio cultural que exhibirá buena parte de los alrededor de 5.000 objetos de enorme valor arqueológico que, de casualidad, se hallaron ahí mismo cuando una constructora inició las excavaciones para un nuevo edificio.

Cuando los operarios perforaban la platea de cemento del suelo para levantar un edificio de oficinas y locales comerciales, comenzaron a encontrar piezas de porcelana, cepillos, jarrones y miles de reliquias de principios del siglo XIX, por lo que de inmediato se detuvo la obra hasta que Patrimonio de la Ciudad hiciera una evaluación. 

Cuando las autoridades analizaron lo hallado las excavaciones continuaron pero con una serie de cuidados especiales, lo que permitió resguardar gran parte del patrimonio.

El orinal del Restaurador. Era evidente que lo que estaba saliendo a la luz eran tesoros de la historia de la ciudad . Y no cualquier historia, sino la del Restaurador de las Leyes, Encarnación Ezcurra y muchos otros personajes ilustres pero también anónimos que ocuparon ese espacio.

Gran parte de lo que se descubrió en ese solar inmediatamente al sur de la Manzana de las Luces, limitado por Perú, Moreno, Bolívar y Belgrano, pertenecía a la familia Ezcurra Arguibel, los suegros de Rosas. 

Allí funcionó la Casa de Gobierno de la provincia de Buenos Aires y también la sede de la oficina de Correos y Telégrafos, precisamente en la esquina de Moreno y Bolívar. 

Luego de la Batalla de Caseros, en 1852, cuando el gobernador fue derrotado por la alianza del Ejército Grande y los unitarios, las nuevas autoridades confiscaron no sólo el predio de Moreno 550 sino también todas las viviendas que había en la cuadra, entre Perú y Bolívar.  

Aquel centro del poder porteño, a pocos metros de la Plaza de Mayo, fue pasando por distintas manos y los 5.000 objetos hallados (sólo unos 300  están íntegros) permitirán reconstruir vertical y horizontalmente cómo fue la vida doméstica de las diversas clases sociales que habitaron Montserrat a lo largo del 1800.

Museo, lujos y reliquias. El proyecto de rescate arqueológico estuvo en manos de la experta Ana Igareta, Investigadora del CONICET y coordinadora de Arqueología Histórica del Museo de La Plata.

La especialista planificó trabajar sobre 15 estructuras arqueológicas que se excavaron a una profundidad de entre tres y ocho metros. Así fue como “renacieron” tres aljibes, cinco pozos ciegos y tres letrinas, entre muchas otras sorpresas.

Con todo lo hallado se acopiaron 117 cajones de material arqueológico y se elaboraron 2.650 fichas. 

Entre pala y pala aparecieron 500 botellas de vino inglés. Una, sin embargo, llamó particularmente la atención de Igareta: era una botella de un vino que se producía entre 1835 y 1870, de vidrio verde oscuro, llamado “vidrio negro”, pero que en las casas porteñas se guardaba después de los brindis para reutilizar con otros contenidos. 

También apareció una enorme cantidad de loza inglesa estampada, platos Talavera, más de una docena de platos con la leyenda “Federación o Muerte” (hasta entonces sólo existía un solo plato de Rosas y estaba en el Museo Histórico Nacional), además de 35 platos playos y hondos con el mensaje “Viva la federación”. Además de decenas de cuencos; algunos con diseños chinos o con decoración Mocha.

Loza roja. Eso no fue todo: siguieron asomando bacinillas (orinales) en colores fuertes y brillantes, aguamaniles ingleses pintados a mano, jofainas con motivos florales Gaudy Dutch; tinteros, pizarras; pelotas cosidas con tientos de cuero y otras de caucho; piezas de dominó de hueso pulido;  dados de mármol; y pipas de caolín que, cuando se rompían, se las daban a los chicos para que las usaran de burbujeros.

Los lujos en tiempos de Rosas no eran solo cosa de hombres. La excavación en Moreno 550 trajo de nuevo al presente muchas coqueterías femeninas del siglo XIX. 

Para empezar, los cepillos para el cabello: un mango de madera que sostenía cerdas de cerdo, jabalí o caballo que las damas patricias no sólo utilizaban para peinarse sino también para disimular la falta de higiene (el pelo se lavaba muy de tanto en tanto y todavía ni se soñaba con el spray de shampoo seco).

Tras los cepillos volvieron a la luz innumerables potes de loza que en sus buenos tiempos guardaban cremas y ungüentos de toda índole; algunos habían terminado entre la basura sin ser abiertos, pero otros, gruesos y culones, eran piezas de cerámica que debían contener productos caros, dado el poco tamaño que el envoltorio le dejaba al ungüento (agrandar envases y reducir contenido es una trampa comercial de larga data).

El perfume francés chic del momento, un “Laugier, Père et fils”.
Muchos de esos lujos estéticos apuntaban a Europa, como el Baronne Durand (la marca que hizo famosa la esposa de un espía francés) y los antisépticos, los incontables tónicos, los perfumeros de vidrio y los infaltables perfumes franceses, sin olvidar la colonia “Laugier, Père et fils” que muchas damas de la época hubieran querido estrenar un sábado. 

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