Las dos veces que estalló el polvorín de Buenos Aires

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Una ola de calor como la actual, en diciembre de 1779, a poco de haberse creado el virreinato del Río de la Plata, derivó en una feroz tormenta y en los que hechos que el autor aquí relata.

Como en estos días, allá a mediados de diciembre de 1779 Buenos Aires padecía una ola de calor agobiante. La tierra de las calles estaba cuarteada, y los pocos carruajes que tenía la ciudad y los que pasaban en sus cabalgaduras levantaban polvareda, la que a falta de viento quedaba suspendida entre las casas. No olvidemos además que las vías estaban algo más debajo de las veredas. La ribera del río era el único lugar donde se podía encontrar algo de fresco y allí marcharon los vecinos acalorados. Faltaba un año para que el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo inaugurara el Paseo de la Alameda, que habría de convertirse en el sitio de esparcimiento por excelencia de aquellos porteños.

Finalmente, cuando algo había bajado la temperatura y el cansancio ganado los cuerpos, a la madrugada de una noche en la que casi todos dormían los despertó un viento huracanado que soplaba sobre la ciudad, golpeando puertas, ventanas y postigos mientras afuera el aguacero era tan fuerte que hasta desbordaba las canaletas.

Fue entonces que sucedió lo imprevisto y, podemos afirmar, un milagro. En las “Memorias curiosas” de Juan Manuel Beruti puede encontrar el lector la descripción: “A las cinco y media de la mañana cayó un rayo en el almacén principal de la pólvora en que habían sobre 3.500 quintales sin que quedase ni un pedazo de ladrillo en la casa: el estallido fue tan fuerte que hizo temblar todos los edificios, aún los más fuertes, llenando las viviendas más remotas de humo y una llamarada de fuego cuyos efectos se sintieron en 12 leguas de distancia aún en la otra banda del río: arrancó todo el herraje de las puertas y ventanas, sacando estas de su lugar, pero gracias a Dios, ninguno murió ni fue lastimado”.

El Acuerdo del Extinguido Cabildo del día siguiente ofrece otras precisiones. La tormenta venía del sudoeste “de las más temerosas que puede experimentar la ciudad”; el almacén de pólvora estaba a media legua (aproximadamente 20 cuadras) de la Plaza Mayor, y no logró haber derribado “ninguna casa aún de las más antiguas”.

El Cabildo dispuso en acción de gracias a “la Divina Providencia, a su Santísima Madre con el título de Concepción y a la de nuestro patrón San Martín” que a perpetuidad “se celebrara una misa los 19 de diciembre”, y don José de Gainza con otros cabildantes pasó presuroso a la Real Fortaleza a entregar un testimonio de lo dispuesto al Virrey.

Vértiz, el 22 de enero, informó al ministro de Gobierno don José de Gálvez “la furiosa tempestad acompañada de rayos y centellas”. Prolijo como era el excelentísimo administrador aclaró la cantidad de lo perdido: “2.818 quintales y 3 libras (de explosivo), no dejando otra señal un profundo socavón en el lugar que ocupaba”, y que “el oficial sargento y soldado que cubrían este puesto quedaron un gran rato aturdidos, y sólo el segundo con alguna lesión en el brazo”.

Pocos días después se celebró una misa en la iglesia de San Ignacio, que servía de Catedral Provisoria, presidida por el obispo Sebastián Malvar y Pinto, que hacía dos meses había llegado a la ciudad después de haber recorrido buena parte de la diócesis.

El otro episodio sucedió el 4 de agosto de 1806, cuando los británicos se habían apoderado de Buenos Aires. Pocos días antes había sido lo de Perdriel y seguramente sospechaban que podía haber una reacción para echarlos, por eso el día anterior enviaron 100 hombres al almacén de pólvora que se encontraba en el actual barrio de Flores. Esa mañana, en medio de una fuerte sudestada, había desembarcado en Las Conchas don Santiago de Liniers con la expedición que enviaba Montevideo en socorro de la ciudad.

Los ingleses, impedidos de cargar toda la pólvora y traerla a la ciudad, la echaron en el pozo de agua del almacén y el resto lo desparramaron en el suelo y lo mezclaron con la tierra. Al mismo tiempo pasaba por el lugar, al decir de Beruti, “un buey” (digamos nosotros, un novillo), “lo cogieron y mataron, y haciendo fuego para asarlo y comerlo, sin embargo de estar la pólvora revuelta con tierra, se pegó fuego, y alcanzó hasta el pozo donde está la mayor porción. Esta se prendió, reventó y mató a 20 hombres”.

Difieren los testimonios en la cantidad de víctimas: Alexander Gillespie habla de 2 muertos y varios heridos; el anónimo “Diario de un soldado” apunta que fueron doce ingleses de los que habían ido y los 8 que estaban destinados en el lugar; y Pierre Gicquel habla de 18 víctimas, entre muertos y heridos. El estallido se oyó desde la ciudad y los británicos perdieron la  vida o fueron heridos por el deseo o la gula de probar la buena carne de nuestras tierras.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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