Caso Novak Djokovic: ¿perdón Conmebol?

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El escándalo con el N° 1 del tenis por querer ingresar a Australia sin vacunarse contra el Covid-19 puso en jaque una de las sentencias más aceptadas en el mundo deportivo.

El caso del tenista Novak Djokovic en la previa del Abierto de Australia demostró que, una vez más, la dirigencia deportiva no estuvo a la altura del momento que vive la humanidad, sumergida en la ola Ómicron de la pandemia de Covid-19.

Mientras el N° 1 del mundo espera en un hotel de refugiados si puede ingresar o no a Australia para ganar el primer torneo grande del año y convertirse en el máximo poseedor de Grand Slams del “deporte blanco”, el panorama es “negro” por donde se lo mire para los organizadores de la competencia que se desarrollará a partir del 17 de enero en Melbourne.

El 4 de enero, los organizadores del Abierto de Australia habían confirmado en un comunicado que el tenista podía competir y que estaba en viaje rumbo a Australia, adonde solo pueden entrar personas vacunadas contra el Covid-19, condición de “Nole” no cumple.

“Djokovic solicitó una exención médica que ha sido concedida tras un riguroso proceso de revisión en el que participaron dos comités independientes de expertos médicos”, explicaba la nota que publicó en ese entonces la página del torneo, cuyo director, Craig Tiley, sostenía que “se establecieron protocolos justos e independientes para evaluar las peticiones de exenciones médicas que nos permitan garantizar que el Abierto de Australia 2022 sea seguro y divertido para todos”. Le faltó agregar la razón para hacer la vista gorda con el N°1 del mundo: “Y que sea rentable”, debería haber reconocido Tiley.

Los patrocinantes no pagan lo mismo si está o no el tenista más convocante de todos. Aquel que bate todos los récords y que mantiene a raya a la nueva generación que todavía no tiene la llegada popular que tanto aman las marcas y medios de comunicación.

Atrás de su escritorio, Tiley no previó el malestar del público en general, y del australiano en particular, en un país que tuvo uno de los índices más bajos de contagios y muertes gracias a los fuertes controles fronterizos y estrictas cuarentenas ante la aparición de algún minúsculo brote de coronavirus en alguna ciudad.

Tal vez la dirigencia deportiva tenía el silencioso visto bueno de la política local. Pero eso no parece haber sucedido nunca si se tiene en cuenta que antes de que Djokovic aterrizara el primer ministro australiano, Scott Morrison, ya había adelantado: “Se lo enviará de regreso a casa en el próximo avión”.

Modelo en crisis. Australia es uno de esos países en los que desde el subdesarrollado sur de América miramos con envidia cuando disfrutamos de sus maravillosamente organizados eventos deportivos.

No solamente se trata del Abierto de tenis. La tradicional fecha de Fórmula 1 en el Albert Park de Melbourne o antes en el callejero de Adelaida siempre tienen todo ajustado al detalle. Los partidos del Rugby Championship que los “Wallabies” juegan como locales tamnbién le dejan el mismo lindo sabor al deportista, hincha o periodista visitante.

Pero el Covid-19 trastocó todo. Ya no se puede perder más dinero después de dos años con la economía a media máquina y con la industria del deporte parada casi por completo la mitad del 2020 y sin público mucho más tiempo.

La peor crítica para los organizadores del Abierto de Australia es que incumplieron con la excelencia que se les reconoce como país: las reglas son iguales para todos. 

Los fanáticos del deporte en Sudamérica estamos -lamentablemente- acostumbrados al cambio de reglas sobre la marcha para evitar que algún poderoso atleta o equipo se quede afuera de competencia antes de que el negocio sea rentable. Y ponemos nuestras esperanzas de “fair play” en los modelos que la TV y la web nos muestran desde Europa, EEUU o la lejana Oceanía.

Sin embargo, la imagen de Djokovic confinado en un hotel contrasta por coherencia con, por ejemplo, la ridícula foto del mediocampista de River Plate Enzo Pérez vestido de arquero y tratando de no pasar papelones –lo logró– cuando tuvo que ir a custodiar los tres palos “millonarios” en un partido de Copa Libertadores 2021 porque el equipo de Marcelo Gallardo se había quedado sin jugadores por un brote de Covid-19.

“Las reglas son las reglas”, esgrimió por aquel entonces la Conmebol para no otorgarle más tiempo a River para que sus futbolistas se recuperaran. “Todos son iguales ante el reglamento”, dijo la entidad presidida por el paraguayo Alejandro Domínguez, que obligó al equipo argentino a jugar sin suplentes y con un mediocampista lesionado como guardameta porque todos sus arqueros estaban contagiados.

A la Conmebol, la misma que una vez se olvidó de todas las tarjetas amarillas de jugadores o la que mudó a Europa una final de Copa Libertadores de América, le llovieron críticas porque -por una vez- se apegó a la fría letra reglamentaria y no hizo excepciones, lo que acá envidiamos de los torneos del “primer mundo”.

Incluso, la Conmebol estuvo a punto de quedar atrapada en una polémica similar a la de los organizadores del Abierto australiano. La Copa América 2021 iba a disputarse en Colombia y Argentina. A días de comenzar el torneo, se dispararon los casos de Covid-19 en ambos países y en lugar de negociar “burbujas” y tratamiento especial para los planteles (que sí tuvieron en la Copa Libertadores), la dirigencia cortó su problema de raíz: mudó el campeonato a Brasil, donde el presidente Jair Bolsonaro roza el negacionismo de la pandemia.

Esta columna no será para alabar la gestión sanitaria del líder ultraderechista brasileño. Por el contrario, millones de contagiados y muertos alrededor del planeta demuestran que el Covid-19 es mucho más que una “gripecinha”. Pero sí hay que reconocer que la entonces cuestionada Conmebol tuvo la “muñeca” que le faltó a los australianos para poder contar con sus figuras. Fue coherente con lo suyo, como con Enzo Pérez.

Eso sí, Domínguez pagó un precio. Varios patrocinantes se bajaron de la Copa América 2021 para no quedar pegados a la imagen de un Bolsonaro feliz y una Conmebol que organizaba un torneo incluso en el marco de un alto riesgo sanitario.

La entidad con sede en Asunción ya había hecho su movida antes: cuando eran un bien escaso en la Tierra, había conseguido 50 mil vacunas chinas de Sinovac para futbolistas sudamericanos.

Conmebol es la que nombró a los árbitros que desde el VAR perjudicaron a River y a Boca Juniors y facilitaron que las últimas dos Libertadores se definieran enteramente entre equipos de Brasil, aquel país que acogió la Copa América 2021. De Conmebol, los hinchas, generalmente, no esperan mucho. Lo bueno se ve afuera. Cuando se copia, como las finales a partido único en estadio neutral cual Champions League, suele salir mal, como la despoblada definición en el Centenario de Montevideo entre los impopulares Bragantino y Atlético Paranaense fuera de sus áreas de influencia. 

Conmebol es la que obligó a jugar un partido de River en Colombia mientras la policía y los manifestantes se enfrentaban afuera del estadio con palos, balas de goma y hasta gases lacrimógenos que afectaban a los jugadores. Y es la misma que rebaja las penas que pone, como -por ejemplo- hizo con Boca luego del famoso “gas pimienta” del “Panadero”. 

Conmebol es la federación por la cual saltó el “FIFAgate” por derechos de TV y cuya explosión tembló hasta en Zurich, donde cayeron los hasta ese momento omnipotentes Joseph Blatter y Michel Platini.

No se pueden perdonar los últimos tres párrafos (que apenas son una mínima muestra de la larga lista de irregularidades que acumula en su historia la Conmebol) porque en Australia se equivocaron una vez. Pero sí podemos dibujar una mínima sonrisa ante los reiterados cuestionamientos ajenos a la dirigencia de estas latitudes (y longitudes) y podemos sacarle lustre a la frase que decían las abuelas: “En todos lados se cuecen habas”.

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