La fiesta de los Reyes Magos: historias, mitos y tradición

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El autor relata aquí de manera pormenorizada la secuencia del origen y el desarrollo de la festividad cristiana.

Pocas fechas ejercían un influjo tan poderoso en nuestra imaginación infantil como el día de Reyes, cuando junto a los zapatos aparecían los regalos obsequiados por los invisibles visitantes de la madrugada, quienes se suponía que eran los mismos visitantes del pesebre de Belén. ¡Si hasta dejábamos pasto y agua fresca para los camellos!

Pero la inocencia no dura para siempre y, ya sea por propia sospecha o ante la revelación cruda de algún compañero de escuela, un buen día supimos con amarga certeza que los artífices de aquel prodigio eran nuestros propios padres.

Más allá de esta costumbre popular, la festividad de los Reyes Magos hunde sus raíces en las antiguas tradiciones eclesiásticas y tiene un nombre específico que apela a una palabra griega: la “Epifanía” del Señor. Conviene explicar su origen y las circunstancias que rodearon su instalación en el calendario litúrgico.

Desde tiempos inmemoriales, el cristianismo, tanto en su rito de Oriente como en el latino, ha impreso al curso del año una fuerte impronta religiosa donde se suceden circularmente los tiempos y las fiestas. Esta nota de “misterium” era antes más acentuada, cuando lo sagrado y lo milagroso actuaban como referencias de la vida diaria en grandes sectores de la sociedad. Pero los procesos de secularización y vaciamiento de sacralidad que se verifican con creciente aceleración, especialmente en la porción occidental del mundo, inciden en la progresiva pérdida de aquellas marcas cronológicas, que encontraban su punto de mayor intensidad en determinadas festividades.

La Navidad y la Epifanía del Señor, íntimamente ligadas, eran dos de ellas.

Debemos a la Iglesia Oriental el temprano comienzo de la celebración de la “Epifanía”, palabra griega que significa la “manifestación” o “revelación”, en este caso, de la divinidad de Jesucristo. Se recordaba en los primeros días de enero el conjunto completo de aquellas tempranas “manifestaciones”, es decir, los primeros misterios en la vida del Redentor: nacimiento, adoración de los Magos, bautismo y, también, su primer milagro en las bodas de Caná, cuando según las Escrituras, transformó el agua en vino.

Vale decir que aquellas “manifestaciones” ponían en evidencia el carácter divino de Jesucristo a través de tres diferentes actores: mientras en la adoración de los Magos fueron aquellos reyes misteriosos quienes lo reconocieron como Dios, en el bautismo a orillas del Jordán fue el Dios-Padre quien lo proclamó como su hijo “muy amado”; y en las bodas de Caná fue Cristo mismo quien se mostró como poseedor del poder prodigioso de Dios.

Con el tiempo, la Iglesia latina separó la Navidad de aquel grupo de eventos y comenzó a ritualizarla el 25 de diciembre. He explicado los motivos de la elección de esa fecha en una reciente nota publicada en Infobae (El origen romano de la Navidad y por qué la fecha no coincide con el nacimiento de Jesús).

La fijación de estas fechas, aunque parezca más o menos arbitraria, responde a una cuestión que hoy llamaríamos de sociología pastoral mediante la cual las Iglesias apropiaban en su favor las antiguas y consolidadas creencias y costumbres paganas del pueblo, pero revestidas ahora de un sentido cristiano.

Del Oriente cristiano nos viene, pues, también la Epifanía, aunque en su caso el más remoto antecedente deba rastrearse en la secta gnóstica de los “basilidianos”, en Egipto, quienes celebraban el bautismo de Cristo el día 11 de Tybi del calendario alejandrino, que corresponde precisamente al 6 de enero del calendario romano. Para aquellos creyentes, en el acto del bautismo había descendido el “eón” o “aión” llamado Jesús sobre el hombre, y nacía entonces el Dios-hombre.

Pero no es causalidad esta fecha y, nuevamente, se comprueba el sedimento de prácticas paganas que subyace en el nuevo santoral: en Alejandría se celebraba cada 6 de enero (trece días después del solsticio de diciembre) una fiesta pre-cristiana en el “Koreíon”, donde al son de cantos, címbalos, crótalos, flautas y cítara, un ídolo de madera era llevado al templo en procesión y, luego, descendido a un recinto subterráneo, a la hora en que, según la tradición, una Virgen (“kore”) había dado a luz al “Aion”.

Como señaló el  teólogo y liturgista alemán Joseph Pascher (uno de los expertos que prepararon la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II), mientras el Cristianismo Ortodoxo puso el foco de la Epifanía en el bautismo de Cristo a orillas del Jordán (seguido por el milagro de las bodas de Caná), la Iglesia de Roma, en cambio, asignó a la Epifanía la nota principal de la Adoración de los Magos. Así, San León Magno decía en uno de sus “Sermones” que, en un breve intervalo de tiempo, tras el nacimiento del Salvador, brillaba su “manifestación” a los pueblos del orbe, representados por los Magos que visitaron el pesebre guiados por la estrella, conforme el relato evangélico.

Un antiguo himno inspirado en el “Kathemerinón” de Prudencio ponía esta nota poética en aquella efemérides:

“Una estrella que es hermosura y luz supera al disco solar,

anuncia que, con carne terrestre, Dios ha venido a la tierra.

Después que los magos la vieron, presentan sus dones de Oriente;

Y postrados  rezando, ofrecen incienso, mirra y regio oro…”

Según el monje benedictino Andrés Azcárate (que vivió muchos años en la abadía del barrio de Belgrano) se produjo entre las Iglesias de Oriente y de Occidente una especie de “intercambio litúrgico” por el cual, mientras la Ortodoxia aceptaba la fiesta romana de la Navidad en diciembre, Roma aceptaba la Epifanía en enero, quedando el contenido de ambas festividades bien deslindado.

El simbolismo de la estrella (“Stella dulce” la llama una oración latina antigua) guarda relación con el itinerario espiritual de todo creyente: así como los Magos fueron guiados por su luz, así también los cristianos aspiran a ser conducidos a la visión de Dios.

En cuanto a los regalos ofrendados al Niño recién nacido, los Padres de la Iglesia han visto en ellos la prefiguración de Cristo mismo, como Dios (el incienso, símbolo de piedad religiosa), como rey (el oro, símbolo de caridad) y como víctima de un sacrificio redentor (la mirra, ofrenda de mortificación).

Era costumbre en España que, ese día, los monarcas obsequiaran tres cálices de oro a tres diferentes iglesias. Otra costumbre popular medieval, en los monasterios benedictinos, era bendecir tres tortas (versión arcaica de las “roscas” de Reyes) que repartían entre las gentes más pobres y en las cuales se ocultaba un haba: aquel a quien caía en suerte la porción con la legumbre seca era proclamado “rey del haba” y quedaba favorecido para el resto del día.

¿Eran reyes y eran tres los Magos de Oriente? El relato del Evangelio de san Mateo no indica su número y sólo dice que llegaron a Jerusalén unos magos “de Oriente” que preguntaron por el rey de los judíos recién nacido, e indicaron que habían seguido el camino marcado por una estrella. Algunos comentaristas han señalado que tal vez conocían las profecías a través de los libros santos llevados a Babilonia por los hebreos durante su cautiverio.

El “Oriente” es una referencia lo suficientemente vaga como para poder establecer un punto de partida específico, aunque la tradición se inclina por suponer que venían de los reinos del norte de Arabia y de los países bañados por las aguas del río Éufrates.

Al aceptar como verdad tradicional la tríada de dones ofrendados (oro, incienso y mirra) se formó la opinión común (ya sostenida por el teólogo Orígenes) de que los Magos habían sido tres, y que cada cual portaba uno de aquellos regalos simbólicos. Sin embargo hubo versiones alternativas que hablaban de dos, seis, ocho, doce ¡y hasta quince reyes magos!

La condición de “reyes” de aquellos peregrinos de Oriente se dedujo de las profecías del Antiguo Testamento. La sostuvo el escritor y apologista Tertuliano y, luego, la sostuvieron Padres tales como San Cipriano, San Juan Crisóstomo, San Hilario, San Agustín y otros.

Un antiguo códice de París datado a fines del siglo VII o comienzos del VIII les asigna los nombres de Bithisarea, Melichior y Gathaspa. La etimología de esos nombres se presenta deliberadamente como persa ya que tal era la nacionalidad que se atribuía a los Magos en el imaginario eclesiástico popular.

En rigor debían ser más bien unos “sabios” o quizá sacerdotes orientales, acostumbrados a la observación astrológica del cielo y las constelaciones de estrellas.

Luego, en la Edad Media, la fantasía piadosa hizo su esfuerzo por darles rasgos y personalidades más definidas. La curiosidad por sus edades, su aspecto, su estirpe y su raza encontró respuestas en numerosos teólogos. Así, por ejemplo, según San Beda el Venerable, Gaspar, rubio y lampiño, era el más joven del trío; Melchor era el más anciano (llevaba una larga barba blanca) y Baltasar era el único negro y usaba poblada barba. Pero estas diferencias étnicas no se registran en la iconografía primitiva y debieron ser más bien recursos para acomodar un discurso simbólico que aludiera a la totalidad de las razas del mundo salidas del linaje de Noé, o, también, a los tres continentes conocidos en el Medioevo: Asia, África y Europa.

Los restos en Colonia y las prácticas asociadas a ellos. Una antigua tradición relataba que el apóstol santo Tomás Dídimo (el Mellizo), predicando en Oriente (quizá en la India) encontró a los tres Magos, ya muy ancianos, viviendo en retiro contemplativo. Les administró el bautismo y se cree que pudieron haber muerto como mártires. Sus reliquias fueron halladas por la emperatriz Santa Helena y luego llevadas a Milán como obsequio imperial, en tiempos de la segunda Cruzada. Antes, Marco Polo afirmó haber visto su sepulcro en la ciudad persa de Sava, en el actual territorio de Irán, sugiriendo que desde allí habrían partido al ver la estrella que los condujo a Belén.

Fue en tiempos del emperador Federico Barbarroja y su saqueo de Milán que se retiraron de allí los restos de tres santos y se los trasladó con enorme pompa a la primitiva catedral de Colonia, en 1164. Este acontecimiento colosal volvió a llenar la imaginación de los fieles y puso, nuevamente, de moda su devoción. Curiosamente se articuló una suerte de “itinerario devocional” (hoy hablaríamos de un “camino patrimonial” al modo del Camino de Santiago) en todo el trayecto por donde habían pasado las reliquias (Suiza, Alsacia y Lorena), y allí se levantaron iglesias y se construyeron hospederías para los peregrinos, con nombres alusivos como “De los Tres Santos Reyes” o “Del Negro”.

En la nueva catedral se los ubicó en una capilla que alberga, hasta nuestros días, un enorme cofre dorado (el “Dreikönigsschrein”) con sus supuestos despojos, diseñado en su mayor parte por el orfebre Nicolás de Verdún. El relicario fue abierto en 1864 delante de testigos y las reliquias fueron envueltas en nuevos lienzos. Se dijo entonces, con opinión forense, que los restos correspondían a tres personas. Pero hasta allí llegan las certezas que puede ofrecer la ciencia. Lo demás es cuestión de fe y tradición.

A su turno, la hagiografía adornó el relato con prodigios maravillosos asociados a la urna y su viaje. Y la poesía y la dramaturgia popular alemanas también encontraron inspiración en las reliquias peregrinas a través de los llamados “Stersinger” o “Cantores de la Estrella”, que eran jóvenes vestidos de reyes que iban por las casas entonando canciones y pidiendo una propina.

Por su parte, como dice el abate Dom Gueranguer, los emperadores y reyes cristianos como Teodosio, Carlomagno, Alfredo el Grande, Esteban de Hungría, Eduardo el Confesor, Enrique II de Alemania, Fernando de Castilla o San Luis de Francia, tuvieron una explícita devoción por los Reyes Magos, en quienes veían reflejada su propia condición de monarcas iluminados por la fe y, consiguientemente, sinceros y humildes adoradores de Cristo.

A la par de las vicisitudes históricas y críticas que atañen a la existencia de los Reyes Magos y al periplo de sus supuestos huesos venerables, sus figuras son una constante en el adorno de los pesebres o “nacimientos”, acompañados de los infaltables camellos que los condujeron hasta la gruta donde contemplaron al Niño misterioso anunciado por las antiguas profecías.

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