El fin de una época, el principio de nada

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Al negacionismo de la dura derrota sufrida por el oficialismo en las recientes elecciones, con cinco millones de votos perdidos desde el 2019, se le suma la verborragia del presidente Alberto Fernández y voceros de su espacio en mensajes que pintan de cuerpo entero la falta de derrotero, el vacío de poder, la ausencia de credibilidad del primer mandatario, comenzando con la propia tropa, la oposición, los mercados y el mundo.

El silencio de la vicepresidente, Cristina Kirchner, enviando a La Cámpora a la Plaza de Mayo cuando finalizaba su discurso el primer mandatario por ella ungido, más las declaraciones de su camarlengo Oscar Parrilli, en el sentido de “relanzar el gobierno”, no han hecho más que abultar la neblina en la coalición de gobierno, donde sindicatos, movimientos sociales, intendentes y gobernadores del peronismo que pusieron todo el aparato en la pasada elección para que ésta no se convirtiera en una derrota de catástrofe, buscan, chocándose en los pasillos, ver como sobreviven y mantienen sus privilegios (reelección indefinida) frente al descalabro del gobierno “perokirchnerista”.

Podrán festejar que “perdieron ganando”, al decir de Victoria Tolosa Paz o el propio Alberto F., como si en términos futbolísticos una hinchada saliera de juerga por haber perdido 6 a 3. Lo que es impensado en el popular deporte nacional, en los distorsionadores seriales de la realidad, todo es posible.

No obstante, en silencio, más allá de un relato psicótico o cínico, sabe el Ejecutivo que la sociedad, en su gran mayoría, rechazó sus políticas y propuestas en estos comicios de medio término, un referéndum de facto, para el que gobierna.

El oficialismo salió castigado a lo ancho y largo del país, salvo que la Argentina se reduzca al bastión matancero o a la población carcelaria, donde el Frente de Todos obtuvo un 67% de los votos, porque en este país digno de Ionescu los votos de los delincuentes presos valen igual que el de “Doña Rosa”.

Desde lo simbólico, el tercer puesto obtenido en Santa Cruz, el lugar en el mundo de CFK, es una verdadera cachetada al poder feudal que supieron construir su fallecido marido, ella y su cuñadísima Alicia Kirchner.

Las tensiones internas del oficialismo, donde lo único relevante es la conservación del poder, recién comienzan a expandir esquirlas pero a dos años de finalizar este mandato, el largo trecho faltante augura explosiones impensadas.

En la oposición, a pocos días de que se apagaron las luces del acto eleccionario, surgieron a su vez los pases de factura, los protagonismos y la reubicación de los principales actores. El radicalismo, que ha exhibido músculo electoral en muchos distritos, hace sentir a su aliado de la coalición opositora que todo está para ser conversado de cara al 2023.

En la tolda amarilla del PRO, Horacio Rodríguez Larreta, el diestro en el enroque de María Eugenia Vidal y Diego Santilli en Ciudad y provincia de Buenos Aires, ve que los resultados obtenidos no son un sello categórico para su sueño presidencial, y que hoy tiene una férrea competencia interna, además de la de sus aliados de la UCR.

Cambiemos, a su vez, perdió 1,2 millones de votos desde el 2019, algo que merece señalarse, y en el distrito bonaerense hubo un crecimiento desde las PASO de José Luis Espert, hoy tercera fuerza; la izquierda; y una reválida de votos de la celeste Cynthia Hotton como de Florencio Randazzo, que espera el recuento definitivo para ver si ingresa a la Cámara baja.

En la Ciudad, la escalada de Javier Milei y Victoria Villarruel, del 13,66% de septiembre a más del 17%, es una interpelación social del histórico votante de Cambiemos, pero, de allí lo relevante, también al del peronismo.

Si vemos que la Libertad Avanza obtuvo su mejor perfomance en la comuna que nuclea a Villa Lugano, Villa Soldati y Villa Riachuelo, donde sacó el 19%, encontramos la respuesta a lo enunciado.

La otra realidad que afecta al “progresismo kirchnerista” fue la buena elección de la izquierda trotskista, hoy tercera fuerza a nivel nacional, aunque muy lejos de las dos puntas de la polarización.

En el caso del fenómeno Milei, rápida de reflejos, Patricia Bullrich, una de las competidoras de Larreta, tomó nota de lo sucedido con ese sector de votantes, alejado del discurso progre del jefe de Gobierno porteño, que hace declamar que bajarán impuestos a sus candidatos mientras mantiene los que subió en 2020, como al uso de las tarjetas de crédito, y a los recientes “ajustes”.

La bola de la ruleta, que es de esperar no sea a la usanza rusa, está lanzada y el vértigo de su rodar no tiene hoy un número puesto, sin que podamos asegurar que no salte del cilindro.

Mientras la incertidumbre económica, la inflación, la agravada inseguridad agobian al ciudadano de a pie, el Congreso se prepara para un 2022 donde los senadores perdidos por el gobierno y ganados por la oposición, y la paridad en diputados, dibujan un mapa complicado con una lógica obligada que sería la de la negociación, aunque esto no figure hasta aquí en la hoja de ruta de la Administración K, que no se encuentra cómoda gobernando sin mayorías absolutas, que descree de la alternancia republicana del poder y que siempre su objetivo fue buscar el conflicto permanente en una gimnasia de hegemonía aspiracional, tanto para propios como ajenos, cuyo motor es la confrontación sin horizonte final.

La cuestión, que no da solución al problema, es que la sociedad con su voto le ha dicho basta.

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