La “res digital” como desintegración de los cuerpos

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Si algo ha transformado está presente de pandemia de manera radical han sido las relaciones humanas a través de implementar aplicaciones digitales en casi todo ámbito de la vida. Si bien muchas de ellas han sido de gran utilidad, creo que también es necesario plantearse los posibles peligros ontológicos que pudiesen esconder.

Es sintomático considerar que en breve tiempo se consiguió que todos, o casi todos nuestros tratos sociales y laborales, sea por obligación o por pánico, fuesen desmaterializados y transferidos a la nube mediante conexiones de “wifi” o por cables de fibra óptica, lo que evidencia lo asombroso de la velocidad del cambio.

No solo han logrado mantener a las sociedades en cuarentena en detrimento de sus propios intereses económicos y psicológicos, sino, como si esto fuese poco, la han encarcelado además dentro de la red digital, alcanzando con ello a crear e imponer un tipo de “materia alterna” que ni el mismo René Descartes ni Baruj Spinoza hubiesen podido siquiera imaginar.

Recordemos que Descartes nos habló de tres sustancias distintas con las que, según él, estaba compuesto el universo: la “res cogitans”, es decir, mi yo pensante como sujeto cognoscente; la “res extensa” o el ámbito espacial y; la “res infinita”, que incluía la idea de Dios. Spinoza, no estando muy de acuerdo con semejante dualismo, propuso una sola “res”, es decir, una única sustancia infinita pero con múltiples atributos.

Como fuere, si estos pensadores del siglo XVII viesen en qué se ha convertido nuestra percepción del mundo tal vez su racionalismo caería en una contradicción, interpretando el método de comunicación a distancia como producto de las artes oscuras ya que nuestra realidad ha sido reconstituida por una prótesis transhumana cuya extensión es una bifurcación fantasmática y virtual que ha conseguido descentrar al yo; hablo de la “res digital”.

Los magos del Renacimiento suponían que detrás de lo visible había un estado inmaterial que enlazaba a todos los seres y las cosas. Por aquel principio, las actividades humanas estaban influenciadas por medio de los efluvios planetarios, que, a su vez, eran regidos por entes sobrenaturales entendidos como ángeles o demonios. Una potencia anímica virtual que permitía el movimiento del Universo.

Por ejemplo, la idea newtoniana de la fuerza gravitatoria fue inspirada en esta sentencia mágica. Del igual modo la propuesta de Adam Smith de una “mano invisible” que regulara al mercado. Ya mucho antes, los sacerdotes egipcios y caldeos creían manejar mediante rituales un entramado misterioso que conectaba a los objetos y afectaba a las personas. Pero, aún así, a pesar de la posible existencia de este ámbito paralelo, los antiguos siempre se las arreglaban para que nunca se perdiese la referencia acerca de la identidad somática y de su lugar en el mundo.

Volviendo a la situación actual, Judith Butler, quizás en una línea más parecida a la de Michel Foucault, ya venía estudiando la relación entre el cuerpo y la percepción de lo real en tiempos prepandémicos. No obstante, ahora, a causa de la sociedad del encierro la apreciación de la densidad material indudablemente se ha ido modificando. Reflexiona pues, que esta era viral naciente tiene como aditivo la profundización del desarraigo del cuerpo y que la extensión cotidiana de la realidad es compartida asimétricamente con lo virtual. En consecuencia, los rostros tapados con “cubrecaras” plásticos nos separan de los otros rostros por intermedio de “pantallas asépticas” propiciando más artificialidad a nuestros vínculos, que evidentemente nos distancian aún más de lo material y, por lo tanto, de la esencia del otro.

Todavía no se pueden apreciar en su verdadera dimensión los efectos que causará el extravío del “volumen biológico” en función de adoptar abruptamente otro tipo de “presencialidad”, donde el otro no está allí ya que su imagen pixelada es una sustitución del sujeto concreto ahora simulado por una silueta espectral que se dibuja en el interior del “espéculo negro” de los ordenadores.

El sujeto multidimensional con su calor humano es atrapado así en dos dimensiones, dando la falsa impresión de estar ahí cuando en definitiva es solo una aparición. La nueva “res digital” nos está convirtiendo en una especie de “médiums”, en el sentido que invocamos figuras anímicas que flotan en la nube conectadas por códigos numéricos donde “admitimos”, “muteamos” o “desmuteamos” a entidades planas. La pérdida de consciencia de que estamos ingresando como moneda corriente a otra “res”, a otra clase de superficie, hace que no podamos darnos cuenta de lo que la humanidad en buena medida está a punto de perder: la preciosa conexión con el cosmos.

Una enfermedad infectocontagiosa hace por lógica que el enemigo actualmente sea el organismo, tanto el de uno como el del otro. El terror a la cercanía social es funcional al proceso de digitalización del mundo, donde, lo que hubiese llevado décadas, se hizo violentamente en poco más de un año. Hoy ha ocurrido ante nuestros ojos, recordando las palabras de Jean Baudrillard, un “crimen perfecto”, un asesinato sin cadáver, ya que lo que ha muerto es el concepto de cuerpo, y su entorno es el que está siendo desmaterializado.

El avance tecnológico es positivo, en tanto y en cuanto no nos haga perder lo que nos hace humanos. De lo contrario es una contribución fundamental a la deshabitación del sujeto, y sin sujeto no hay historia, y sin historia no hay horizonte de posibilidad para el desarrollo de ninguna civilización.

Un poco antes del atentado del 11-S Antonio Negri y Michael Hardt publicaron su libro “Imperio” que, en mi opinión, aún sigue siendo de cierta actualidad. Según los autores, la lógica del “imperio” no es ya el enfrentamiento que dominó el curso de la Guerra Fría sino que ahora funciona como si fuese un grupo de relaciones sociales y económicas que ha descentrado al ser, y este ha pasado a formar parte de una “multitud”, entendida como un conjunto heterogéneo de combinaciones de saberes dispersos nucleados gracias a los nuevos soportes de comunicación digital.

Este nuevo “sujeto comunicacional intangible” ha trasferido su ser a la red, su contacto con lo real todavía es mediado por un “hardware”, pero su percepción del mundo extenso se está trasladando casi en su totalidad dentro del “software”: los vínculos sociales, sexuales, financieros y políticos se harán por medio de aplicaciones en la nube. Es como un fallecimiento de la “cosa física” para seguir existiendo en un plano sutil constituidos por una naturaleza algorítmica.

Esta situación sanitaria, movida por la irracionalidad de los miedos más instintivos, no solo dejará montañas de cenizas depositadas en crematorios anónimos sino que, como si no fuese suficiente, legará pues almas todavía más huecas. No serán ya un “Dasein” como seres arrojados a la existencia concreta sino un tipo de entes subsumidos en el ciberespacio para la nada, cuyas sustancias convertidas ahora en imagos vacías quedarán atrapadas en el reverso de las pantallas, en el lado más solitario del progreso tecnológico.

* Filósofo, ensayista y teólogo

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