Enceguecidos por la posverdad

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A partir del acto por el Día de la Militancia, la autora afirma que, pese a que mentiras hubo siempre, cualquiera se siente hoy con derecho a manipular los hechos, sustituirlos, negarlos o desmentirlos mintiendo.

Cuando en 2016, y simultáneamente, tanto la Academia de la Lengua Alemana como Oxford Dictionaries eligieron como palabra del año a “posverdad”, quedó denunciada y consagrada la tendencia a suponer que las emociones y creencias personales son más importantes que los hechos en sí.

Y pese a que mentiras hubo siempre, a partir de allí cualquiera se siente con derecho a manipularlos, sustituirlos, ningunearlos relativizándolos, negarlos o, por ejemplo, desmentirlos mintiendo y convocando a la muchachada a celebrar un supuesto triunfo que, objetivamente, no lo es como sí es tanto una derrota histórica como el tercer triunfo consecutivo de la oposición con más del 40% de votos. Esto significa que el oficialismo ha perdido la mayoría en el Senado, ha quedado empatado con la oposición en Diputados perdiendo bancas y quórum propio, ha sido derrotado en 15 de las 24 provincias y ha perdido casi 4 millones de votos en dos años. (Si esto es un triunfo, ¿la derrota dónde está?)

El autor de la palabreja en cuestión, Steve Tesich, inauguró la “posverdad” en 1992 en EEUU para describir cómo el escándalo de Watergate había institucionalizado la mentira alevosa para sustituir los hechos (mucho más grave que “solo” ocultarlos). Años después y al intentar el desarrollo conceptual del término, Ralph Keyes fue más allá -y palabra más, palabra menos- y concluyó en que, para la posverdad, el “relato” venía a ser mucho más importante que la verdad misma: una consecuencia de ello es la desconfianza del ciudadano de a pie ante los discursos y acciones de los gobernantes porque nadie cree que transmiten la verdad. (¿Nadie aprendió nada de “que se vayan todos”?)

Y Argentina, que cree tener la avenida más ancha del mundo, la mejor carne del mundo, que dice ser el granero del mundo y se confiesa federal cuando no trata la nueva Ley de Coparticipación Federal desde la última reforma constitucional de 1994 mientras el puerto continúa avasallando, manoteando recursos, menospreciando y pretendiendo colonizar a las provincias desde una falsa superioridad que es un barniz, pero nada más que un barniz, de ¿buenos? modales que disimulan la inconsistencia, la angurria, el snobismo y el patetismo de improvisados o elegidos a dedo (que, eso sí, marcan las “s” finales y no las aspiran como en el norte, sin olvidar que hay gente espléndida como en todas partes)… esa Argentina tenía que potenciar la posverdad del relato relativizando lo importante y recurriendo a categorías literarias porque la ficción, como la “política de morondanga”, es por definición una mentira que resulta interesante solo cuando parece verdad o tiene alguna posibilidad de llegar a serlo.

“Ganamos perdiendo” tuiteaba exultante Victoria Tolosa Paz, ignorando acaso que había ejecutado con éxito un oxímoron. “Más que un victoria de la oposición fue una derrota del Gobierno”, advertía entre distraído y suicida el biógrafo de Cristina, José di Mauro. “Con una semana más, revertíamos las PASO” declaraba un oficialista en la radio.

Aníbal Fernández concedía socarronamente a un periodista: “Si vos estás buscando que te diga que perdimos, te lo digo: Perdimos”. Al hablar después de la derrota y en flash-back, el propio Presidente convocaba a celebrar el triunfo, sin aclarar que entiende por triunfo el haberse superado por 2 puntos en Pcia. de Buenos Aires su propio resultado PASO, cifra que reconfirma su derrota frente al porcentaje que obtuvo la oposición.

En la ficción, como en la posverdad, la verosimilitud (o apariencia de verdadero) debe guardar coherencia con el contexto: se trata de parecer verdadero. Que lo sea o no, es otro tema: Homero cuenta que Ulises vio a sus compañeros convertidos en cerdos por la hechicera y supo que eran ellos porque “de puerco tenían la cabeza, las cerdas y hasta el cuerpo aunque conservaban las mientes de antes”. Y redobla la apuesta cuando el hechizo se desvanece: “Eran más jóvenes y más bellos que antes y aún de mayor estatura”, asegura Homero.

De otra parte, Alicia describe su país de las maravillas con toda precisión y detalle y el lector cree de verdad que en el juego de cricket “los bolos eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos y los soldados tenían que ponerse en cuatro patas para formar los arcos”.

Porque, decía Vargas Llosa, “en literatura, la verdad no es una cuestión ética sino estética”. Si la verosimilitud colapsa, el lector se desentiende de la mentira que el autor está contando.

En la realidad, el contexto devastó la verosimilitud del discurso presidencial. El relato no pudo con los números, los porcentajes se impusieron al culebrón y el gobierno de científicos de Cristina Kirchner que preside Alberto Fernández recibió una devastadora crítica del reconocido neurólogo devenido en diputado Facundo Manes que saca la cuestión del ámbito de la ficción y la coloca en el ámbito de la ciencia: “En neurología hay algo que se llama anosognosia y significa no reconocer el problema y cuando un paciente no reconoce el problema, no puede encarar la rehabilitación”. Y agregó desde el triunfo de su coalición: “No hay nada que festejar, nadie debe festejar en un país con la mitad de la población en la pobreza”.

Desconocer la realidad solo conduce al éxito en las novelas o en el cine, tal como sucede con la inolvidable “La vida es bella”, filme en el que el protagonista busca evitarle a su hijo los horrores, humillaciones y derrotas que le toca vivir y construye un relato en el que la realidad es sustituida por juegos y mentiras. Cuenta, claro está, con la complicidad de sus compañeros de pabellón y, entre todos, amortiguan y disimulan ante el hijito la crueldad y la aberración del campo de concentración. Pero todos allí son absolutamente conscientes que esa realidad paralela es una mentira para evitarle al niño la desesperación y la destrucción y que el único punto en común que tiene con la política es adulterar las circunstancias para usarlas en beneficio propio.

Pero ni los objetivos, ni la finalidad ni los caminos del arte son los mismos que los de la política, donde como decía un personaje que vivía en un mundo de absurdos y paradojas en el que nada era demasiado importante y todo estaba alejado de la realidad: “Si no sabes adónde vas, cualquier camino te llevará allí”.

* Publicada originalmente en El Tribuno

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