La plaza no se toca; la democracia, está por verse

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Es cierto que son momentos históricos incomparables. El contexto, que en un análisis político lo es todo, es absolutamente diferente…para bien y para mal.

El acto de este Día de la Militancia Peronista, sin embargo y salvando las enormes distancias, trajo un “déjà vu” de tiempos remotos, de otros festejos hace medio siglo. Los memoriosos, si tienen bien arriba de 60 años, sabrán de qué hablo.

Como con las estadísticas, con la Historia se pueden hacer muchas cosas. En pleno auge de la “posverdad” (el nuevo nombre de las mentiras más flagrantes), cuando como anunció hace mucho Discépolo (“Mordisquito”, en clave justicialista) lo mismo da “un burro que un gran profesor”, cuando la impostura es ley, lo ocurrido en nuestro país hace tiempo da para que unos y otros digan y escriban lo que quieran. En la guerra de trincheras que es la grieta -que, con variantes, es tan añeja como la misma nación- cada uno lleva agua para su molino apelando a cualquier arma.

Y de armas y violencia quería escribir, cuando ví lo ocurrido hoy en la histórica plaza, aunque algún distraído -o deshonesto- me acuse de agitar fantasmas.

En un año se cumplirán precisamente 50 años de aquel 17 de noviembre de 1972 en el que Juan Domingo Perón regresó al país después de 18 años de exilio. Quien quiera enterarse de lo que pasó, si no lo vivió y tampoco lo estudió, puede recurrir a decenas de libros, documentales y notas periodísticas para enterarse. No recomendaré ninguna opción porque las hay de uno y otro lado de aquella fractura que preanunció la guerra civil que vivió el país, que comenzó con las dictaduras de Onganía/Levingston/Lanusse, continuó con el gobierno del propio líder del movimiento y concluyó con el Proceso de Reorganización Nacional que se suicidó con la guerra de Malvinas.

La lucha de aparatos estaba a la orden del día: de un lado la CGT, primero de Augusto Vandor y luego de José Rucci; del otro la de “los argentinos” de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco. La “Triple A” organizada por José López Rega con la aquiescencia de Perón para aniquilar al “marxismo” infiltrado en el Movimiento; la orgía de sangre lanzada por Montoneros, la enloquecida “contraofensiva” de 1979. En fin, la muerte física de miles de argentinos, las desapariciones y el fallecimiento de la política como medio para cambiarle -para mejor- la vida a la gente (entonces, el pueblo).

Carlos Marx comienza su libro “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, escrito entre 1851 y 1852 en Londres, con la siguiente frase, citada hasta convertirla el letras para una camiseta: “La historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

Asistimos ahora a la segunda parte, en buena medida porque los argentinos nos negamos a las síntesis, al análisis desapasionado de la historia, a metabolizar lo que vivimos como sociedad para crecer y no volver a cometer los mismos errores.

Este miércoles la conducción de La Cámpora, la agrupación que lidera Máximo Kirchner junto a Andrés Larroque (¿y aún con “Wado” de Pedro?) y otros referentes “cristinistas” -si esta adscripción existe-, decidió entrar al paseo de Mayo cuando el presidente Alberto Fernández, presunto recipiente del acto de apoyo, ya había comenzado a dar su discurso. Fue un paso bien estudiado: la plaza estaba colmada de afiliados a los gremios de la CGT -los “gordos” más los camioneros- y de las organizaciones sociales como el Movimiento Evita, que eran los que habían convocado a la marcha. El Presidente insistió hasta último momento en que los neocamporistas participaran de la movilización, pero Máximo K. no encontraba motivos para ser “ir a la cola” de los cegetistas y las “bandas” de las “orgas” del Conurbano que le disputan ese territorio, y que se atribuyen haber ayudado al Gobierno -y a Axel Kicillof- a casi dar vuelta el resultado de las PASO en la provincia más poblada del país.

Kirchner (h) decidió mostrar su capacidad de movilización, no quiso “irse” de la plaza, como hizo la Tendencia Revolucionaria en 1974, sino “entrar” para que se viera que no son los derrotados en el distrito bonaerense. A su manera, buscó tener su propio “festejo” y advertir que, como dijo Alberto F., ellos tampoco se sienten perdedores.

Las disputas internas en el peronismo antes se dirimían con balas. Ahora con cajas recaudatorias. Es una evolución, pero parece un muy módica cambio que parece difícil que la mayoría de su base social considere vaya a valorar. Los dos o tres puntos que logró recuperar el Frente de Todos en la provincia son importantes para comenzar un regreso al caudal de 2019, pero lo que se avecina es la lucha entre la CGT, los movimientos sociales y los intendentes peronistas contra el tardocamporismo. El resultado parece cantado: resta ver si los jóvenes de hoy aprendieron de la experiencia de sus abuelos o no entendieron nada. Y cuál será el papel de Fernández, que hasta aquí no ha mostrado dotes de liderazgo.  

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