Alexander Dugin, entre la “cuarta teoría política” y el ocultismo

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Se dice que el filósofo contemporáneo Alexander Dugin, conocido por predicar una “cuarta teoría política”, es una especie de “brujo” del actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, aunque esto, claro está, es muy difícil de comprobar.

Los contactos entre el poder y la taumaturgia se han dado desde tiempos primitivos. En su momento parece que Grigori Rasputín ejerció una fuerte influencia sobre la casa imperial. Tal vez no haya sido casualidad que el zar Nicolás Romanov II, quien tenía la intención de avanzar sobre los territorios de Europa occidental, hubiese enviado sin éxito una expedición al Monte Ararat para buscar los restos del Arca de Noé. Quizás pensó en utilizar las supuestas reliquias como factor de cohesión para fortalecer el cristianismo oriental y así disputar la hegemonía sobre el universo católico.

La “voluntad de dominio”, justificada a menudo con aditivos esotéricos, se pudo observar incluso en algunos jóvenes e intelectuales de aquella Europa de preguerra que consumían ávidamente libros de ocultismo y de teosofía, que abogaban por el nacionalismo radical, el antisemitismo y el conservadurismo en franca crítica a los ideales propuestos durante la Revolución Francesa laica; por lo general terminaban fundando fugaces logias secretas o convirtiéndose al islam.

Esto mismo podemos verlo en muchos de los seguidores de la línea tradicionalista o “Filosofía perenne”, entre quienes se encuentran René Guénon (con oscuros acercamientos con la masonería), Julius Évola (quien fue simpatizante del fascismo italiano y con contactos con el alto mando del Tercer Reich) y Alí Shariatí (señalado como el principal intelectual de la revolución iraní de 1979); de este modo, en los sótanos de aquel sistema fueron creciendo ideologías de extrema derecha con fuertes vínculos pseudorreligiosos.

La escuela de “Filosofía perenne” cree ciegamente que detrás de todas las religiones hay una sabiduría universal proveniente de civilizaciones anteriores (Hiperbórea, Lemuria y Atlántida), de la que evolucionó finalmente una casta superior: la raza aria; por tanto, su sabiduría dice ser trasmitida por “maestros ascendidos” a unos pocos iniciados desde una ciudad subterránea llamada Agartha, razón por la cual la tradición se coloca como la única poseedora de la verdad universal.

Se deriva de esto que un factor central que los une es un férreo enemigo: los valores de la modernidad, el pensamiento crítico, el sistema republicano, la democracia y los ideales de la libertad. Es cierto que hay muchos errores que se le pueden endilgar a la Ilustración, sin embargo, a menudo estos esoteristas que abogan por una tiranía olvidan que las teocracias tuvieron su oportunidad en el mundo antiguo y medieval y, a todas luces, la experiencia muestra que han fracasado.

Aun así, a principios del siglo pasado la semilla totalitaria estaba siendo plantada y los primeros capullos veían tímidamente la luz, solo faltaba el jardinero apropiado (el Mesías de Acuario) que llegara en tiempo y forma para dar vida a lo que fue el horror del nacional socialismo, un proyecto político-espiritualista que proponía establecer un régimen milenario piramidal para promover la evolución del único ser que según ellos tenía derecho a existir, el ario.

Hoy, los simpatizantes de estos movimientos todavía están ahí, latentes “bajo la tierra” esperando el momento propicio para brotar, sosteniendo el discurso de que el liberalismo ilustrado, ateo y democrático es la encarnación del mal, razón por la cual proclaman extirpar esta metástasis a través de una estructura política superadora que conduzca a los pueblos hacia su salvación última.

Es aquí donde la tenebrosa tesis de Dugin encaja: dice que hay tres líneas que han fracasado: el marxismo, el fascismo y el liberalismo, pero fue este último quien salió triunfante después de la caída del Muro de Berlín. Afirma que se necesita pues un “cuarto camino”, vale decir, una nueva teoría política que reúna a un “populismo integral” anclado en las tradiciones ancestrales sagradas con un tipo de socialismo fascista dando vida a un bloque de dominación similar al imaginado por George Orwell en su novela “1984”: Eurasia.

Como se puede observar, todo el ataque de Dugin se centra en el liberalismo clásico, defendiendo que aún hay un tipo de sujeto egoísta que lo mantiene. A ese sujeto pensante hay que desvirtuar en función del “Dasein” acuñado por George Hegel y por Martín Heidegger como el “ser ahí”, entendido ahora, no como individuo sino como “pueblo” arrojado a una existencia colectiva. No obstante, comete un claro error: el liberalismo ilustrado hoy no existe -al igual que el “cogito” cartesiano-, pues lo confunde con el “neoliberalismo” económico, con el tecnocapitalismo y con la presente globalización.

Por otra parte, olvida mencionar una concepción política que en la actualidad está más presente que nunca: la teocracia; razón por la cual, llegado el caso habría que construir, no una “cuarta” sino una “quinta teoría”. Como sea, a veces dudo que esa omisión sea inocente, más bien perece una manera de proponer solapadamente a un estado absoluto dirigido por un caudillo apoteótico como único futuro para la Humanidad.

Es obvio que su planteo tiene sentido solo en el contexto ruso y en la nostalgia de recuperar los territorios perdidos de la exUnión Soviética, ya que Dugin es un intelectual orgánico a su gobierno y parece que escribe solo para él, pero sin duda sus propuestas son improcedentes e inaplicables para el resto del mundo libre.

Creo que el peligro no radica solamente en esta alocada especulación de ultraderecha donde abundan las referencias a lo sobrenatural sino que sea tenida en cuenta como una posibilidad aún dentro de círculos académicos y gubernamentales (por ejemplo, en nuestro país sectores afines al peronismo se han mostrado interesados por profundizar en ella).

La consigna está presente y parece que nos deja en una disyuntiva: o construimos una nueva Ilustración con los pedazos que nos quedan o corremos el riesgo de caer en manos de ideologías dictatoriales con tintes místicos.

Hay que estar atentos a aquellas posibilidades oscuras que se gestan entre bambalinas ante el vacío que ha dejado la muerte de la Historia; asimismo, revisar las ideas de la modernidad, que a pesar de sus dificultades y de sus merecidas críticas, el legado cartesiano de la “duda metódica” y la riqueza de pensar por uno mismo siguen siendo una protección contra las amenazas totalitarias.

Por delante queda entonces la tarea de edificar una filosofía apropiada que recobre la razón sobre la irracionalidad imperante, respetando de igual manera las libertades conseguidas con el propósito de armonizar al Hombre a través de la genuina relación entre el individuo y la sociedad, y entre esa sociedad y el cuidado del planeta.

* Filósofo, ensayista y teólogo

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