¿Una izquierda que le firma el pasaporte a la derecha?

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La introducción en Francia de un pasaporte sanitario covid para ingresar a ciertos espacios públicos ha generado rechazo en la derecha radical. Pero parte de la izquierda se ha sumado a las protestas y así ha firmado otro pasaporte: el de la difusión de ideas conspiranoicas.

La introducción en Francia de un pasaporte sanitario covid para ingresar a ciertos espacios públicos ha enfrentado una amplia oposición, pero la izquierda no se está haciendo ningún favor al unirse a las protestas.

En julio, el gobierno francés introdujo la norma por la cual la población debe demostrar que está vacunada contra el virus o que ha obtenido un resultado negativo en un testeo reciente para acceder a lugares públicos con capacidad mayor a 50 personas, así como restaurantes, cafés y trenes de larga distancia.

Al salir a la calle a protestar contra esta medida, la izquierda cometió errores fundamentales, tanto desde el punto de vista ético como político, y así ha contribuido a una confusión política que da cobijo a los partidarios de las teorías conspirativas y la extrema derecha.

La decisión de sumar un prerrequisito para acceder a ciertos lugares o servicios públicos es de algún modo arbitraria, además de ser a la larga ineficiente, dada la situación actual. Su introducción podría haber estado más justificada si quienes recibieron la vacuna hubieran quedado inmunizados de forma permanente contra el covid-19 y no pudieran transmitirlo, lo cual no es así. Tampoco parecen razonables algunas de sus implicancias prácticas. Por ejemplo, ¿por qué se necesita el pasaporte en espacios al aire libre, como los patios de los cafés, si se cumplen los protocolos de distanciamiento social? La legislación contiene también medidas cuestionables: un resultado negativo es válido por 72 horas (en lugar de las 24 horas aceptadas en Alemania, por ejemplo). Una persona podría estar incubando el virus, y este podría ser indetectable en el momento del testeo y no manifestarse hasta el tercer día después de la infección, lo que extiende el riesgo de enfermedad y transmisión.

También hay razones para lamentar a la vez el autoritarismo y el amateurismo del gobierno francés. El pasaporte sanitario se hizo obligatorio sin ninguna consulta o explicación sobre los beneficios potenciales, en una controvertida iniciativa por parte del presidente Emmanuel Macron, quien viene tomando decisiones unilaterales sobre la política sanitaria en Francia en los últimos 18 meses, algunas de ellas descartadas a la luz de las recomendaciones médicas. El fallido debate en la Asamblea Nacional que condujo a la adopción de la ley del pasaporte sanitario no debería engañar a nadie.

Un artilugio de poca utilidad

El pasaporte sanitario se diseñó para compensar las severas ineficiencias del Estado de Bienestar francés manifestadas desde el comienzo de la pandemia (y en verdad, ya desde antes): una falta de inversión en la salud pública (personal e instalaciones/equipamiento sanitarios); un impulso errático de vacunación que deja en el camino a grupos vulnerables (clases trabajadoras, minorías étnicas y jóvenes); y una comunicación incoherente y a veces confusa sobre cuestiones sanitarias desde la primavera boreal de 2020 (sobre la utilización de tapabocas y otras medidas que el público podía tomar para combatir el avance del covid-19).

El cesarismo supuestamente democrático de la Quinta República francesa es de hecho intrínsecamente antidemocrático y hostil hacia las libertades públicas. A juzgar por lo que dicen los manifestantes al condenar la «dictadura sanitaria» o al «tirano Macron», uno creería que Francia acaba de experimentar un golpe de Estado. Sin embargo, según la conocida expresión del ex-presidente François Mitterrand, el golpe se convirtió en un elemento permanente cuando se aprobó en 1958 la Constitución actual.

Crear histeria sobre un tema complejo no ayudará a desarrollar una perspectiva progresista respecto de la situación sanitaria. El rechazo personal y el desprecio hacia Macron no pueden servir como mapa político para una izquierda francesa que es débil y que tiene que esforzarse como nunca para ser escuchada. Resultan poco claros los efectos potencialmente positivos de este pasaporte sanitario y la norma se impuso sin debate público, lo que lleva a concluir que, en el mejor de los casos, se trata de un artilugio de poca utilidad. La izquierda podría haber comprendido la situación y haberse enfocado en lo que realmente importa: mantener la presión sobre el gobierno para asegurar un despliegue más efectivo de la campaña de vacunación. Después de todo, los científicos están de acuerdo en que la única manera de derrotar a la pandemia es vacunar a una proporción sustancial de la población global.

A diferencia de los partidarios de la izquierda en otros países, como Bernie Sanders en Estados Unidos, la izquierda francesa es dolorosamente tibia en lo que se refiere a este tema. En la primavera boreal pasada, Jean-Luc Mélenchon, líder del movimiento de izquierda La Francia Insumisa (LFI, por sus siglas en francés) en la Asamblea Nacional, respaldó apresuradamente al profesor Didier Raoult,que impulsó de manera tajante el uso de la hidroxicloroquinacomo, una droga contra la malaria, como cura para el covid-19, e incluso sostuvo que él mismo tomaría el medicamento si contrajese la enfermedad. El uso de hidroxicloroquina fue desacreditado con rapidez por la comunidad médica internacional.

Figuras de la izquierda francesa como Mélenchon y varios funcionarios de La Francia Insumisa han expresado su feroz oposición a la vacunación compulsiva para quienes trabajan en el sector sanitario y están demasiado dispuestos a empatizar con quienes han decidido no vacunarse. Sin embargo, esta cautela (en teoría entendible) deja de lado un punto crucial, que es que vacunarse es la forma más rápida y efectiva de dejar la pandemia atrás. Más aún, esta dilación puede verse como un apoyo al agrupamiento amorfo de quienes se oponen al pasaporte sanitario, que con frecuencia son antivacunas.

La escalada de la retórica

Esta oposición al pasaporte sanitario ha dado origen a muchas protestas confusas de la izquierda. Entre las intervenciones de alto perfil en las últimas semanas se incluyeron artículos que reunieron a figuras de la izquierda y la extrema derecha. Por ejemplo, en el diario Libération del 6 de agosto pasado, Sébastien Jumel (Partido Comunista Francés, PCF) y François Ruffin (LFI) se unieron a François-Xavier Bellamy, un parlamentario del Partido Republicano de centroderecha que está involucrado en una organización que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo, La Manif Pour Tous (La Manifestación para Todos, como respuesta al »matrimonio para todos»).

También ha habido planteos apocalípticos demagógicos por parte de intelectuales de izquierda (por ejemplo, un artículo de Jean-Francois Bayart en la revista Mediapart el 20 de julio); declaraciones alarmantes y confusas con un sesgo hacia las teorías conspirativas (como un artículo de Barbara Stiegler en el sitio Reporterre el 31 de julio); un desplazamiento hacia rabiosas posturas antivacunas y anticiencia de la extrema derecha (por ejemplo, Laurent Mucchielli, un académico que ha mudado su columna de Mediapart a France Soir, una publicación que se ha convertido en un medio que apoya las opiniones de teóricos conspirativos); y, en general, una escalada de la retórica que se extiende ad nauseam sobre el supuesto establecimiento de una «dictadura» o un «apartheid sanitario».

¿En qué clase de lío sin sentido se ha metido la izquierda francesa cuando los líderes de la Asociación por una Tasa a las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC), la Fundación Copérnico, LFI y el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) se unen para apoyar las manifestaciones y escriben en Libération el 22 de julio acerca de una «sociedad de control total»?

Es aún más peligrosa la creencia en algunos círculos de izquierda de que las manifestaciones contra el pasaporte sanitario son señal de un movimiento social importante en favor de las libertades públicas. En verdad, Mélenchon ha descripto estas manifestaciones como revoluciones ciudadanas que se han registrado en todo el mundo. Este concepto erróneo no se basa en ningún dato o investigación de campo específicos y es sin embargo comunmente expuesto en las redes sociales y en ciertos medios de comunicación de izquierda. En realidad, un breve examen de los informes de campo y de entrevistas de opinión pública, así como de videos de protestas contra el pasaporte sanitario, parece contradecir esta hipótesis.

¿Un ataque a la libertad?

Las imágenes de marchas muestran que los manifestantes con frecuencia dicen poco contra el pasaporte sanitario en sí y mucho contra la vacuna. El rechazo pleno del pasaporte proviene en realidad más de los intelectuales de izquierda que del manifestante promedio. Sería posible que las movilizaciones contra el pasaporte fueran un tema secundario pensado para llevar al público a adoptar una posición más radicalizada de rechazo hacia la vacuna.

Una investigación publicada en agosto por el grupo internacional de estudio de mercado IFOP brindó un perfil sociológico de quienes se manifiestan contra el pasaporte sanitario. Alrededor de un tercio del público francés apoya al movimiento (a modo de comparación, en los comienzos de las protestas por la justicia económica 68% de la población respaldaba al movimiento popular de los «chalecos amarillos»).

Desde una perspectiva política, la mayoría de los opositores al pasaporte sanitario son afines al LFI o del partido de extrema derecha Agrupamiento Nacional (RN, por sus siglas en francés, el nuevo nombre del Frente Nacional) y simpatizan con el movimiento de los «chalecos amarillos». Un núcleo duro de opositores desaprueba tanto el pasaporte sanitario como la vacunación. Se percibe el pasaporte como un ataque a las libertades o como un paso hacia el establecimiento de una dictadura. La mayoría de quienes se oponen al pasaporte sanitario también se muestran escépticos respecto de la vacuna.

Un estudio publicado en agosto por la Fundación Jean-Jaurès sobre la desconfianza hacia la vacuna en el sur de Francia mostró que los antivacunas tienden a inclinarse fuertemente por la medicina natural y alternativa y provienen de varios grupos sociológica y políticamente heterogéneos, e incluyen a ejecutivos y graduados universitarios, personas con estilos de vida New Age y alternativos, «neorrurales» (gente que se mudó de la ciudad al campo), jubilados y miembros del sector más bajo de la clase media.

También hay un fuerte grupo antielite que reclama defender al «pueblo» y es el pilar de las protestas. Los escépticos de la vacuna son receptivos a las teorías conspirativas de la extrema derecha, muy activa en las marchas. Por lo tanto, en las protestas abundan los símbolos antisemitas: carteles con la pregunta «¿Quién?» –que sugieren que la vacunación es parte de un complot judío– y las estrellas de David amarillas que portan los antivacunas son muestras de un creciente negacionismo. Mientras tanto, la izquierda en general subestima o muestra desinterés por estas expresiones de antisemitismo.

Los partidarios de la izquierda cometen un gran error si piensan que defienden las libertades públicas protestando contra el pasaporte sanitario junto a estos grupos. Los manifestantes que apoyan una agenda antivacunas están en polos opuestos de esta pelea, en tanto impulsan una idea egoísta y libertaria de la libertad: el concepto de «libertad negativa» introducido por Isaiah Berlin, es decir, hacer lo que ellos consideran apropiado, sin consideración por la salud pública ni el bien común.

Quienes simpatizan con el republicanismo de izquierda en Francia deberían haber leído a sus clásicos. En El contrato social, de 1762, Jean-Jacques Rousseau mostró que la transición del estado de naturaleza a una sociedad civil sustituye una conducta basada en el instinto y la buena voluntad personal por la conducta moral y cívica centrada en el bien común. En este proceso, los ciudadanos se elevan en el plano moral e intelectual. En la herencia intelectual de la izquierda francesa hay otras formas de conciliar el desarrollo de las individualidades con la defensa de los intereses comunes.

La vacunación y la salud pública representan valores sociales y una herencia común. Es extraño ver a parte de la izquierda desintegrarse frente a este tema y perder completamente el rumbo. La rama de la salud de la Confederación General del Trabajo (CGT) convocó a sus trabajadores a «hacer huelga por tiempo indeterminado» en respuesta a la vacunación compulsiva para el personal de cuidado, y de esta manera una rama de la confederación sindical más grande de Francia ha logrado de hecho fortalecer a la extrema derecha.

Al quedar atrapados en este pensamiento sin sentido junto a la extrema derecha, los manifestantes radicales de izquierda han perdido de vista lo que realmente importa. En lugar de criticar a Macron (por más despreciables que sean sus políticas) o involucrarse en interminables discusiones sobre «la sociedad controladora neoliberal» y «las grandes empresas farmacéuticas» (cuyas irregularidades son previas al surgimiento del covid-19), debería hacerse todo lo posible para presentar soluciones para los grupos más afectados por la pandemia: quienes han perdido a seres queridos, los pobres, los trabajadores precarizados y las minorías étnicas.

En lugar de impulsar un concepto adulterado y de derecha sobre la libertad, la izquierda debería presionar por medidas que ayuden a poner fin al sufrimiento causado por la pandemia: para que la mayoría de la población sea vacunada, para respaldar medidas de higiene que combaten la expansión del virus, para levantar las patentes de las vacunas y, en general, para implementar mejoras en la salud pública. Debería también reconectarse con sus valores, porque la vacunación no es un tema de libertad personal, sino de solidaridad nacional e internacional.

* Profesor de política francesa y europea en el University College de Londres. Este artículo es producto de la alianza entre Nueva Sociedad y  DemocraciaAbierta. Traducción de María Alejandra Cucchi.

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