André Malraux, ¿un héroe de nuestro tiempo?

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Aventurero, saqueador de tumbas, novelista, piloto de guerra, ensayista, héroe, ministro… Pero sus mayores sus dotes eran de fabulador y no de cronista pegado a la verdad.

La mayor creación de André Malraux (1901-1976) fue él mismo. Aventurero, saqueador de tumbas, novelista, piloto de guerra, ensayista, héroe, ministro… no sólo se atrevió con todo sino que siempre se las ingeniaba para salir airoso de algunos de los conflictos más descarnados del siglo XX. O al menos esto es lo que nos quería hacer creer en sus escritos. Pero acaso fueron mayores sus dotes de fabulador que de cronista pegado a la verdad.

El arranque de su vocación de correr aventuras hasta convertirse en un héroe nacional se manifestó bien pronto en el inquieto André, y se le notaba en los tics faciales y el tartamudeo que le iban a acompañar toda la vida. Ahora bien, lo que menos le importaba desde un principio era el cómo. Dejó los estudios a los 17 años para meterse de lleno en el negocio de la venta de libros antiguos y, claro, cualquier otro trapicheo que le permitiera moverse como pez en el agua por el mundillo artístico parisino que en los años 20 se hallaba en plena ebullición. Sin duda aprendió más durante estos años formativos a salta de mata que hubiera aprendido en la Sorbona.

A los 22 años ya era noticia. Tras organizar una expedición “arqueológica” por la selva en Camboya, fue pillado por las autoridades coloniales francesas cuando transportaba unas estatuas que había arrancado de mala manera de un templo budista. La intervención de ciertas amistades parisinas le salvaron de la condena que seguramente mereció.

Ni que decir tiene que poco o nada tenía que ver con la verdad la versión de lo ocurrido del propio Malraux.

Su singular habilidad de encontrarse en el epicentro de algunos de los acontecimientos históricos más trascendentales del siglo, sólo fue superado por Hemingway. Donde había follón, ahí estaba Malraux. Pero a menudo nada más estaba de paso; se quedaba tan sólo el tiempo suficiente que le permitiera luego convertirlo por escrito en una aventura harto arriesgada y de innegable importancia en el discurrir de una guerra, revolución o lo que fuera.

Una de las mejores biografías de Malraux es la de Olivier Todd (Tusquets, 2002), que una y otra vez desmiente la versión contada por el héroe hecho por sí mismo. Incluso demuestra que no sólo era un consumado estafador sino un mentiroso patológico. Lo que seguramente sorprendió a no pocos lectores de Antimémories (Éditions Gallimard, 1972), las deslumbrantes memorias del exministro de Charles de Gaulle publicadas cuando estaba encumbrado en la cresta de la ola de su fama.

Lo más curioso de Malraux es cómo algunas de sus mentiras más gordas acabaron siendo aceptadas como la pura verdad. Eso sí, todos los que lo trataron coinciden en que era un hombre encantador, y aunque sabían que mentía como un bellaco, daban por buenas las hazañas que contaba. Tras su breve paso por España es plena guerra civil, no sólo escribió L’espoir (La esperanza), sino que, sin contar con experiencia militar previo, se otorgó a sí mismo el rango de teniente coronel. Y no en vano: con el tiempo sería reconocido como tal.

Todd prueba que nunca tuvo lugar en 1965 la alucinante conversación con Mao que reproduce Malraux en sus Antimemorias. Es cierto que el entonces ministro de Cultura de De Gaulle fue presentado a Mao, pero el breve encuentro no dio para más que un intercambio de cumplidos que Malraux convertiría en una larga charla que versaba sobre temas de gran enjundia como la guerra, las religiones o la revolución. Ahora bien, cuando Richard Nixon preparaba su histórica vista a Pekín en 1972, invitó a Malraux a la Casa Blanca para que le informara sobre lo que se cocía en China.

Como dijo en una ocasión con cierta benevolencia su improbable pero fiel amigo de muchos años Raymond Aron, Malraux era un tercio genio, un tercio falso y un tercio incomprensible. Ahora, al cabo de 50 años, sería tal vez un héroe de las redes sociales que Trump invitaría a pasar el fin de semana en Mar-a-Lago, en calidad de héroe de estos tiempos tan falaces.

* Nota publicada originalmente en lavanguardia.com

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