La rebelión de las panaderas

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Las nuevas retenciones al campo dispararon en el autor el recuerdo de un incidente que se remonta a finales del siglo XVIII en un paraje cercano a Buenos Aires.

Los recientes episodios ocurridos por las nuevas medidas económicas en la gente vinculada al sector agropecuario me hicieron recordar esta historia. En 1796 el virreinato del Río de la Plata era gobernado por don Pedro Melo de Portugal y Villena, y todo hacía presagiar en Buenos Aires un año tranquilo. El 9 de marzo el Cabildo se reunió en una de sus habituales sesiones “para tratar lo conveniente a esta República y sus habitantes”. Entre otros temas se leyó un expediente enviado por el Virrey “del vecindario de Las Conchas en orden al surtimiento del pan” a esa localidad, hoy conocida con el nombre del Tigre, que fue pasado para que informara el síndico del Cabildo.

Las tierras que rodeaban la ciudad eran llamadas “de pan llevar” por las siembras de trigo, con talas y espinillos que trataban de contener el ganado que arruinaba las sementeras. Más allá, las estancias pobladas en vacunos y yeguarizos, cuando no también mulas y ovejas. Las cosechas eran ricas, el trigo de buena calidad era enviado a los molinos y la harina de esa molienda a la industria del pan. El oficio de panaderos era vendido por un término de años en subasta pública, por lo que cuando aparecía alguna competencia clandestina, como señala Juan Lucero, ardía Troya.

El funcionario se tomó su tiempo para leer el expediente, que recién en la sesión del 15 de abril fue tratado en el Cabildo, que analizaba “solicitudes recíprocamente opuestas de los vecinos y mujeres del puerto de Las Conchas dedicadas con sus amasijos a proveer de pan a aquel pueblo, en orden así deban ser éstas amparadas en la prohibición exclusiva de este abasto, sin que los panaderos de la Costa puedan introducir pan en aquel lugar, o por el contrario sea más conveniente al beneficio común que estos suministren también dicho abasto”.  Como era de esperar en la burocracia rioplatense, decidieron enviar un diputado al lugar a interiorizarse del problema, a cuyos efectos oficiaron al alcalde local.

La realidad detalladamente estudiada por Mirta Larrandart y el mencionado Lucero es que las fábricas de pan no podían surtir un extenso territorio que comenzaba en San Isidro y pasaba las Conchas, internándose en las islas del Delta. Por eso los emprendimientos familiares suplían la falta del vital elemento, pero los panaderos digamos “oficiales” se enfrentaron con estas señoras, como estamos viendo.

El 20 de abril los cabildantes en acuerdo eligieron enviar como su representante al regidor Saturnino José Álvarez. En la sesión del 4 de mayo recibieron un nuevo pliego del Virrey, estando de acuerdo con el nombramiento de su diputado, a la vez que se le franquearan los auxilios necesarios para llevar un escribano y además un carruaje para trasladarse y todo lo necesario a pagar de los fondos capitulares. A fin de mayo la cuenta presentada por el enviado era de 76 pesos y dos reales, había desempañado la tarea de escribano don Gregorio Merlo y el 21 de junio se ordenó que los vecinos del puerto de Las Conchas abonaran los gastos “por haberse invertido en su beneficio”.

Finalmente, en julio aquellas mujeres “rebeldes”, obtuvieron que el Cabildo resolviera “prohibir el que entre pan fuera del puerto de Las Conchas para su abasto” y también el acuerdo del Virrey.

Este conflicto tuvo una importancia no menor ya que reunió a instancias de aquellas mujeres a todos los vecinos de la zona en una asamblea con los enviados del Cabildo para lograr una solución. La política de fabricación y distribución del pan no quedó monopolizada por el panadero de San Isidro y finalmente muestra una primera empresa familiar en manos de mujeres, algo impensado hace 223 años.

También, por analogía, esta rebelión me hizo recordar a aquella del 2008 en la que los hombres del campo argentino y muchas mujeres salieron a protestar cuando un ministro de Economía -entonces oficialista hoy devenido en senador opositor- inventó la resolución la 125 como solución para continuar gravando al campo con mayores retenciones, lo que finalmente en el Senado no pudo obtener por la férrea oposición de los productores. Algo que hoy este representante de los porteños en la Cámara alta parece haber olvidado totalmente. Dicen que la historia se repite…, claro que, como en el teatro griego, los mismos protagonistas van cambiando las caretas.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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