Historias de La Gaceta: El agua en Buenos Aires

El líquido elemento se sacaba, a comienzos del siglo XIX, de las toscas en el Río de la Plata. Los aljibes de los potentados y los abusos.

En la edición de La Gaceta Mercantil del jueves 2 de noviembre de 1826 se anunciaba que se vendía “una carreta de agua enllantada y acondicionada, con cuatro yuntas de bueyes y bien todo completo. El que se interese en ella ocurra a la calle de La Paz (Reconquista) frente al almacén de Vázquez, a tratar con su dueño el maestro sastre Juan Román”.

Cuenta Lucio V. Mansilla en sus “Memorias” que sin duda si algo daba importancia a una de las moradas familiares de la calle Potosí (Alsina), heredada por su tía María Dominga Ortiz de Rozas, casada con don Tristán Baldez, era su aljibe. Pocas viviendas lo mostraban con orgullo en su patio y algunos vecinos eran conocidos por su desfachatez de pedir muchos baldes de agua fresca, evitando de ese modo abonarle al aguatero la que traía desde el río. Algunos propietarios de aljibes le ponían candado para evitar así los abusos de algunos vecinos y no pasar por groseros o tacaños, y quizás para no oír el ruido de la cadena pasando por la roldana a la hora de la siesta.

Los aguateros cargaban el agua cerca de las piedras de la costa, donde las lavanderas cumplían con su oficio, por lo que el líquido elemento llegaba más turbio. No fueron pocos los bandos y disposiciones emitidas por el Cabildo para evitar esa anomalía, pero los aguateros preferían la compañía de las lavanderas y charlar con ellas mientras cargaban el líquido elemento, que alejarse de las toscas.

Según Mansilla, “la luz lo mismo que el agua dulce, eran artículos literalmente de lujo”. El carro del agua, una pipa con manga de cuero, una campana que anunciaba su presencia y unas canecas a los lados, era tirado por un caballo fortachón o por una yunta de bueyes, como lo ilustró por aquellos años Emeric Essex Vidal, grabado que se reproduce en esta nota. Esto lo tuvieron muy en cuenta los acaudalados vecinos Manuel del Arco y Domingo de Basavilbaso, cuyas residencias eran de las pocas que tenían aljibe, como que la Fortaleza no contaba con un depósito de tan imprescindible elemento. Recién con Santiago de Liniers de virrey, el 20 de octubre de 1808, se ordenó la construcción de un aljibe.

De los vendedores ambulantes escribió Mansilla: “El aguatero, o aguador, era esperado con tanta paciencia como el panadero con sus árganas, el lechero con sus tarros, el pescador con sus ristras, y el moreno o la morena con sus canastos y tableros gritando. Duraznos y pelones, pasteles y empanadas calientes, haciéndoles coro los vendedores morenos casi siempre, de chicha algarroba, de tripas y mondongo, y otro grito popular: 'Llora niño, que no llora no mama. ¡Alfajore dulce, leche! ¡Llora niño! ¡Mazamorra! ¡leche gorda!'. Con ironía apuntó inmediatamente que la leche gorda duró hasta que el criollo fue desplazado por el vasco y comenzó la leche aguada.

Recuerda Mansilla años después aquellas marchas en las tierras de los ranqueles en las que “el agua suele ser escasa en la pampa y nada desalienta ni desmoraliza más que la sed". El mismo, cuenta, había resistido "setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos". Y completaba: "Nuestros paisanos, los acostumbrados a cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa”. 

* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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