Una historia de vampiros en Tucumán

Fecha:

Compartir

En los años \’50, un hombre que padecía una grave disfunción psiquiátrica asesinó a 15 mujeres y bebió su sangre porque sus delirios le dictaban que era un vampiro.

En un artículo de 1919, luego recogido en libros, el célebre médico Sigmund Freud define lo siniestro como “algo familiar que se torna súbitamente extraño”. La figura doble de un conocido que, al mismo tiempo, es “forastero” suele inquietarnos –en la vida y en la literatura- porque manifiesta “un otro yo” distinto al que estamos acostumbrados, explica el vienés. El llamado “padre del psicoanálisis” y, más tarde, el francés Jacques Lacan estudiaron lo siniestro en casos de disfunciones mentales como el desdoblamiento o la partición mental de un individuo y lo relacionaron con la esquizofrenia, una enfermedad que, si no es tratada, representa serios límites para entender la realidad.

Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Florencio Roque Fernández, un ciudadano tucumano que asesinó a unas 15 mujeres durante la década del ‘50 y pasó a la historia criminal argentina como “El vampiro” o “El vampiro de la ventana”: perdió noción de la realidad.

Fernández había nacido en 1935 en un ambiente de pobreza extrema, en la periferia de Monteros, el pueblo donde cometió todos sus homicidios. A raíz de una serie de disturbios y conductas raras durante su niñez, un médico psiquiatra lo trató y le diagnosticó un tipo específico de esquizofrenia que, de haber sido medicada, no le hubiera acarreado problemas demasiado graves.

Sin embargo, la familia de Fernández tenía un origen muy humilde y vivía en la miseria, por lo cual no lo acompañó en el tratamiento y lo abandonó a su suerte: desde adolescente debió mendigar, rapiñar algún mendrugo en comercios o revolver los residuos domiciliarios para alimentarse. Un caso típico de marginación social: era “el loco del pueblo”.

Con apenas 17 años, no sólo se convirtió en un ser solitario, sino que comenzó a sufrir alucinaciones. Según le contó a los peritos legistas mucho más tarde, llegó a creer que era un vampiro (había sido un éxito en la Argentina la película de Tod Browning, con Bela Lugosi en el papel del Príncipe de las Tinieblas). La misma enfermedad le producía una irresistible atracción hacia la sangre humana. Ese cóctel explosivo de delirios, desatención social e indigencia lo condujo a cometer algunos de los delitos más crueles que se conozcan en la provincia de Tucumán.

Un día de marzo de 1953, antes de cumplir veinte años, Florencio Fernández comenzó a vigilar a una mujer y, no bien se aseguró de que estaba sola en su vivienda, decidió atacarla. Aprovechó que en Monteros, como en otros tantos pueblos de provincia, las ventanas quedaban abiertas durante las noches calurosas de verano e ingresó: llegó hasta el dormitorio, la golpeó con un garrote y, una vez que estaba inconsciente, la mordió en el cuello. Así, al estilo estereotipado de los “resucitados” de Hollywood, sació su necesidad de sangre y escapó. La dueña de casa murió desangrada.

Esa costumbre campera de dejar puertas y ventanas abiertas provocó, un mes después, una segunda víctima. Algo que sorprendió a la policía fue encontrar en la escena del crimen un martillo y un palo de escoba partido, pese a que la mujer había muerto por la partición de su tráquea a destelladas.

De la noche a la mañana, un pueblito tranquilo y seguro como Monteros se convirtió en un infierno chico y la leyenda de “El vampiro” fue propagada por la prensa en la provincia y enseguida en toda la Argentina. Algunas vecinas, presas del pánico, llegaron a declarar a la policía que el asesino era un maniático sexual que pretendía violar a mujeres castas. Otras, que ingresaba volando por las ventanas, por lo cual un diario bautizó al atacante como “El Vampiro de la ventana”.
No obstante, a medida que se acumulaban en el juzgado criminal de Monteros las causas judiciales, los médicos forenses se topaban con mujeres desangradas a las que les habían mordido profundamente sus gargantas. Era un trabajo rudimentario, a “tarascón limpio”, escribieron. En cambio, no había signos de violencia sexual ni de violación. Tampoco era necesario planear para entrar en aquellas casas bajas.

El tema se transformó en un rompecabezas para los investigadores porque el homicida tenía una capacidad asombrosa para borrar sus huellas en la noche. Un detective especuló, incluso, con que el asesino era un hombre de clase alta, instruido y terriblemente inteligente que los había burlado en más de una ocasión. Acaso para justificar su impericia.

De esta forma, los casos se sucedieron uno tras otro, a veces con una regularidad de dos meses y otra con saltos de un año. Entre 1953 y 1960, al menos quince mujeres, de todas las edades y condiciones sociales, fueron degolladas a mordiscones por “El vampiro de la ventana”.

Por supuesto, la mitología pueblerina impulsó a algunos cronistas a poetizar la tragedia y redactaron que el hombre bebía el plasma de las mujeres hasta dejarlas resecas… O que “el aparecido” lograba llegar al éxtasis sexual con sus libaciones. Claro que ninguna de estas afirmaciones, fabricadas al calor de una redacción, pudo ser probada por los peritos. Ni siquiera cuando fue reportado el caso de una mujer a la que le habían diseccionado la arteria carótida, como hacía el Conde Drácula con sus víctimas, según la mitología del irlandés Bram Stoker.

Lo único cierto es que, a fines de 1959, al denunciarse el caso número 15 de “El Vampiro”, brigadas conjuntas de la Policía Federal y de la tucumana hicieron un mapeo de los lugares donde habían sido halladas las mujeres muertas y quedaron estupefactos: la mayoría de las viviendas intrusadas estaba a un distancia similar de una cava abandonada en la periferia de Monteros. Un de los “Sherlock Holmes” dedujo –o adivinó- que se enfrentaban a un asesino sedentario y focalizaron la búsqueda en los alrededores de la gruta.

El 14 de febrero de 1960, tres meses después de su último homicidio, Florencio Roque Fernández, entonces de 25 años, intentó su décimo sexto golpe, pero se descubrió envuelto por un operativo de pinzas policial. Mientras pretendía volver a su cueva, un detective lo divisó, lo siguió sigilosamente y, al advertir el lugar de escondite, avisó a sus compañeros.

“El Vampiro” fue detenido en un foso lindante a la cava, donde solía pasar las horas diurnas porque, además, sufría de fotofobia. Los agentes encontraron signos de indigencia y hacinamiento que lo llevaba a defecar en el mismo lugar donde dormía. Fernández no opuso ninguna resistencia, salvo a la luz del sol. Parecía más bien aliviado de haber sido capturado.

Apenas fue sentado en un tribunal, el juez penal de turno ordenó que se le practicaran pericias físicas y psicológicas. Ahí manifestó un alto grado de esquizofrenia y relató sus alucinaciones monstruosas. Lógicamente, no hubo juicio: fue declarado inimputable y llevado de inmediato a un hospital psiquiátrico de San Miguel de Tucumán. Murió de causas naturales ocho años después, según se estima, porque tampoco hay registros de su defunción.

El afamado “Vampiro de la ventana” fue, en verdad, un episodio de psicosis no resuelto a tiempo. También un problema de marginalidad social ignominiosa… Lo bueno del proceso es que, en aquella época, no había films como “Crepúsculo” o series como “Vampire diaries”: Hollywood no alcanzó a banalizar la tragedia de Florencio Fernández.

Compartir

Últimas noticias

Suscribite a Gaceta

Relacionadas
Ver Más

El peruano Gustavo Rodríguez ganó el prestigioso premio Alfaguara

Se adjudicó un premio de 175.000 dólares y su obra, "Cien Cuyes", estará en las librerías en marzo.

Fray Cayetano, el prócer que nació en San Pedro

La vida de este prócer atraviesa la gobernación de Buenos Aires, el Virreinato desde 1776 con las posteriores invasiones británicas, a las que dedicó sus versos, la Revolución de Mayo -a la que adhirió y lo nombró director de la Biblioteca Pública y los sucesivos gobiernos como diputado en la Asamblea del Año XIII y el Congreso de Tucumán.

Patrimonio. Una joya de la historia y la arquitectura comenzó a ser restaurada

Se trata del Pabellón del Centenario, construido para los festejos por los 100 años de la Revolución de Mayo

Prilidiano Pueyrredon, aquel notable retratista

Entre setiembre de 1854 y noviembre de 1870 el eximio artista se dedicó a poner sobre la tela a gran parte de la sociedad de esa época.