Gabriel Lafond de Lurcy, el de la famosa carta de San Martín

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Por Roberto L. Elissalde *

El 25 de julio de 1822, hace dos siglos, la goleta de guerra “Macedonia” se aproximaba a la rada de Puna, Perú, y a su bordo después de once días de navegación desde el Callao el general José San Martín cumplía con su deseo de entrevistarse con el general Simón Bolívar. Éste vestido de gran uniforme, acompañado de su estado mayor, lo esperaba y, al acercarse, se adelantó unos pasos y alargando la diestra dijo: “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín”.

Testigo fue su edecán Rufino Guido, pero en un momento las puertas se cerraron y estos dos hombres quedaron solos conversando. Mucho se ha hablado en favor y en contra, afirmaciones, dudas, suposiciones, pero toda esa enorme documentación se condensa en la carta que nuestro Libertador le dirigió a Bolívar el 29 de agosto de 1822, a poco de su llegada a Lima. Bien puede considerarse su testamento político y fue publicada por primera vez por Gabriel Lafond de Lurcy en su obra “Voage autur du monde”, que vio la luz veintiún años después, en 1843.

En ella San Martín le dice a Bolívar: “Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que usted me expuso, de que su delicadez no le permitiría jamás mandarme, y que, aún en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida, estaba seguro que el Congreso de Colombia no consentiría su separación de la República,  permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy muy persuadido, que la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados… es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males. En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer Congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse. He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia”.

San Martín mantuvo correspondencia con Lafond desde París. y éste le escribió en setiembre de 1839 solicitando documentos sobre la guerra de la independencia del Perú con total franqueza: “No disimularé a Ud., mi general, que busco la verdad entera, y como Ud. es el único hombre en el mundo, que pueda munirme de ellos”. San Martín se los facilitó porque el 2 de abril de 1840 Lafond le devolvió dos de ellos, “de los que he sacado copias -cartas de inapreciable valor para sus hijos, que deben guardar con veneración”. Allí le pide: “¿Puede Ud. darme datos y su opinión sobre Bolívar, Sucre, Canterac, La Serna, Espartero, Maroto, Lamar?”.

Lafond intentó que Francia reconociera las condecoraciones del Ejército Libertador, “porque escribiré la guerra de la independencia; mandaré mi libro a todas las academias, y quiero que su obra resplandezca, pues Ud. ha sido el organizador y el primer soldado de la América española”. Y agregó esta frase: “Un solo defecto (dudaré de Ud.), o más bien demasiado amor a su país le ha hecho abandonar su obra, para que fuese continuada por otro; pues Ud. veía la guerra civil, y ha preferido en la fuerza de su vida dejar al Perú terminar la lucha bajo el mando de Bolívar”.

Muchas otras cartas que se prolongan en el tiempo afirman la relación entre Lafond y su admirado San Martín, donde no sólo se tratan estos temas sino también los domésticos, lo que prueba el amable vínculo entre ambos.

Gabriel Pedro María Lafond de Lurcy.

En vida de San Martín, además del libro de Lafond de 1843, la carta fue publicada al año siguiente por Juan Bautista Alberdi en un folleto; y en 1848, Domingo Faustino Sarmiento, al referirse al Libertador y a Bolívar, al incorporarse al Instituto Histórico de Francia, hizo mención de ella. Incluso es muy probable que entre el público se hallara nuestro héroe máximo.

Gabriel Pedro María Lafond de Lurcy nació en París el 25 de marzo de 1801, hijo de Pierre y Marie-Madelaine Mayed. De muy joven sirvió en la marina mercante de su patria y en 1821 se encontraba en el Perú cuando Tomás Guido le pidió que sirviera en la incipiente Armada de ese país, cosa que hizo durante la guerra de la Independencia hasta después de la toma del Callao.

Su obra “Voyage autor du monde et naufrages célebres”, editada en dos tomos, tuvo un gran éxito editorial, por lo que mereció una segunda edición en la capital francesa en 1870. En el segundo tomo aparece un grabado de acero, dibujado por Collignon e impreso por Levy, que se titula “Enrevue des genéraux San Martin et Bolivar á Guayaquil”, que reproducimos en esta nota. Allí San martín aparece de pie frente a Bolívar, vestido con el mismo uniforme que luce en la litografía de Madou, y el falucho debajo del brazo. El Libertador, que conoció el dibujo, no hizo ninguna observación.

El capítulo X del Tomo II se publicó en folleto en 1850 con este título: “Demolition du Venturoso. Mission por Le Pérou. Positions des partis a Guayaquil. Entrevue des generaux Bolívar et San Martin. Opinion du general San Martin sur Bolivar et Sucre, per le capitaine Gabriel Lafond de Lurcy”.

Nuestro personaje había casado con Adela Thillagie de Boulay y falleció en su ciudad natal, en su casa frente a la plaza de la Bolsa, el 30 de abril de 1876. Sus restos descansan en el cementerio de Montmartre en el sepulcro familiar. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) su valioso archivo fue quemado por la ocupación alemana.

En el bicentenario de Guayaquil, la carta del Libertador que lleva el nombre de su corresponsal merece recordarse, al igual que su trayectoria como incansable viajero que llegó a lugares tan distantes como la China e India.

  • Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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