Gestiones en París

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Anticipo de libro \”Los pasajeros del Weser\”, de Silvio Huberman.

Las familias que esperaban para descender a tierra habían enhebrado una acción entre sutil y desesperada para terminar con el agobio de sus días, buscar la paz y la felicidad en otro lugar del mundo. La idea bíblica de convertirse en agricultores en Palestina había chocado contra la decisión otomana que les impidió el acceso. Además, la “Jibat Sion” (“Amor a Sion”), que se había creado en Rusia hacia 1882, no estaba en condiciones de organizar el asentamiento de contingentes en Palestina.

Solo quedaban, como último recurso, posibles e inciertas gestiones en París ante el Barón Edmond de Rothschild y la Alliance Israélite Universelle que hacia 1882 ya habían sido consultados por el ex Presidente de la República Dominicana, General Gregorio Luperón, para organizar un contingente de emigrantes rusos que se radicaría en esa isla del Caribe. La Alliance, fundada en París en 1860, tenía por misión la difusión de la cultura europea y la defensa de los ciudadanos de religión judía esparcidos en diferentes países, pero no apoyaba la emigración sino, por el contrario, abogaba por el mejoramiento de las condiciones de vida en los países de origen.

Hasta ese momento, la prensa europea que se editaba en hebreo prácticamente no había publicado la oferta de la Ley Avellaneda, ni siquiera después de los feroces pogromos de 1881/82 cuando el Presidente Roca dictó un decreto especialmente favorable a esa inmigración.

Los jefes de familia de las comunidades judías de Besarabia y Podolia, en la Zona de Residencia, habían celebrado reuniones en Katowice (Silesia, Polonia) después que de unos a otros circulara la idea de la emigración. Tras las nuevas disposiciones restrictivas de 1887, habían decidido que una delegación encabezada por Eliezer Kaufman, arrendatario en una aldea de Krenrtchow, (próxima al pueblo de Smotrich, a cinco millas de Kametez-Podolsk) e integrada por Pinjas Glasberg y José Ludme (de la aldea Starautha) viajara a Paris para gestionar la salida de Rusia rumbo a Palestina. Cada familia aportó 25 rublos para los gastos y viáticos de esos comisionados.

Los delegados de Besarabia, Lejiel Bergoiz y José Rapaport, decidieron diferenciarse, armar otro grupo.

El intento de los enviados a París fracasó y después de un par de meses de gestiones y esperas, dos delegados regresaron a Rusia, pero Kaufman decidió quedarse y durante seis meses insistió ante la Alliance Israélite adonde se presentó respaldado por el Gran Rabino de París, Zadoc-Kahn después de interesarlo en el propósito emigratorio a través del señor Lubetzky, un amigo común.

Ese mismo año, finalmente, la Alliance organizó el viaje de ocho familias con destino a la Argentina, un plan piloto de colonización. Se radicaron en Monigotes, Santa Fe, zona próxima a la que después sería Moises Ville, donde la construcción del Ferrocarril demandaba alguna mano de obra.

Poco se sabe acerca del emplazamiento original de Monigotes. (Cabe señalar que la actual Monigotes es un segundo emplazamiento; a la primitiva se la conoce como “Monigotes la vieja”, sin mayores precisiones). Se cree, empero, que su abandono se debe a hechos luctuosos: la primera referencia que fue el doble asesinato de los hermanos Tuchman por motivo de robo, a fines de enero de 1892. Otros hechos similares denunciados por el diario La Unión de la localidad de Esperanza, determinaron que los pocos inmigrantes abandonaran el lugar y se trasladaran en dirección a la Estación Palacios y a Moisés Ville.

Adolfo Leibovitz narra su primera experiencia, junto a su familia:

“Me encontré con todo un pueblito en formación, planeado en tres calles, con una treintena de casas construidas de adobe, en su mayor parte terminadas, bastante confortables y hasta algunos corrales con ganado; en fin, tenía a mi vista el nacimiento de la tan anhelada “Colonia Monigotes”.

En París, las gestiones estaban absolutamente estancadas cuando Kaufman dio con el ciudadano ruso Gersón Baratz a través de quien conoció al cónsul argentino. El contacto se derivó a la Oficina de Información (Bureau Officiel d’informations de la République Argentine) dirigida por Pedro S. Lamas, editor de la Revue SudAmericaine, autor además del folleto Notice sus les conditions et formalités de l’emigration pour la République Argentine quien supervisaba para Europa la oferta inmigratoria argentina.

Luego, los funcionarios pusieron en contacto al comisionado de Kamenetz Podolsk con el señor J.B. Frank, de la Agencia de Emigración y Colonización para la República Argentina, un representante comerciales de propietarios, empresas de inmigración y colonización, contaba con la autorización para vender tierras, organizar el viaje de los emigrantes y las condiciones de trabajo en la nueva patria adoptiva.

Después de varias jornadas de negociaciones llegó el acuerdo, la compra de tierras del Centro Agrícola Nueva Plata, propiedad de la empresa Colonizadora Nacional del agrimensor Rafael Hernández, hermano de José, autor de Martín Fierro.

Se estableció el precio de 120 francos por hectárea, cada comprador abonaría 400 francos en concepto de seña “a deducir de la suma principal de 3.000 francos, importe de la concesión de un lote de terreno de 25 hectáreas”. El 50% sería amortizado en 22 cuotas anuales con un interés del 2% a través del Banco Hipotecario. Para el saldo regiría el interés que los bancos cobraban habitualmente en Buenos Aires.

Hernández se comprometía a la entrega de una vivienda provisoria, los útiles de labranza y provisiones que los inmigrantes abonarían con el producido de la primera cosecha. Frank, por su parte, recibiría 5.300 francos de comisión por la gestión total del negocio y el gobierno argentino eximiría del pago de impuestos durante tres años a condición de que laboraran la mitad de la tierra adjudicada a cada uno, como mínimo.

Al cerrarse el trato, Frank remitió la seña a Hernández en dos remesas, una de 7.500 francos y otra, el 19 de julio, de 4.500 francos. La Alliance Israélite Universelle avisó la novedad por carta a los señores Oscar Levy y Henri Picar, residentes en Buenos Aires, y les pidió la máxima colaboración posible para cuando llegaran los inmigrantes. Frank hizo lo propio, en correspondencia dirigida al Director de Inmigración. La tercera recomendación fue entregada al hijo de Pedro Lamas, próximo a embarcar con destino a Buenos Aires.

No todos los viajeros contaban con los 400 francos comprometidos para la seña de sus parcelas. La Alliance Israélite Universelle se hizo cargo del pago de 200 francos por cada uno de los casi 40 viajeros que no tenían el dinero necesario.

La armadora del Weser, por su parte, autorizó el embarque de ganado bovino en pie, por razones religiosas, la faena a bordo según el ritual judío y una cocina exclusiva para los emigrantes.

El gobierno argentino abonó el costo de los pasajes el 4 de setiembre de 1889. Al cambio de tres pesos por franco, la cuenta rondó los cuarenta mil pesos. Los pasajeros del Weser tuvieron la suerte de que el año de su viaje el Presupuesto Nacional contempló la excepcional partida de $8.750.000 para inmigración, contra $540.000 del año anterior y $730.000 de 1890. Sin embargo, Argentina afrontaba un proceso inflacionario sin precedentes que debilitaba al gobierno de Juárez Celman.

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