¿Sínodo manipulado?

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La polémica en torno al Sínodo de los Obispos no se aplaca. Basta ver las redes sociales y leer sitios web o blogs (algunos bien acreditados, otros mucho menos) para comprobar que tomará todavía tiempo para que las aguas se calmen. Los ánimos se han caldeado más afuera que dentro de la asamblea episcopal. Se han multiplicado los adjetivos para la reunión: “Sínodo de la vergüenza”, “Sínodo traidor”. Y existe quien comienza a agitar -con supina ligereza- la bandera del “cisma inminente”. Todo producto de una determinada interpretación periodística de los acontecimientos que no sólo los ha distorcionado, sino que esconde segundas intenciones. Por eso la pregunta clave es: ¿Estamos ante un Sínodo “manipulado”? Aquí algunas respuestas.

El detonador de la controversia ha sido la publicación de la “Relatio post disceptacionem”, la relación después de las disertaciones, el documento que resumió los casi 300 discursos pronunciados en el aula de la asamblea episcopal en los primeros cinco días de trabajo. Es verdad, ese texto tiene varios pasajes ambigüos e incluso inaceptables desde el punto de vista de la doctrina de la Iglesia. Especialmente cuando se refiere al trato que deben los católicos tener hacia las personas homosexuales.

Se trata de tres párrafos muy concretos. Los párrafos de la discordia. Como dijo George Pell, tres cuartas partes de los padres sinodales no están de acuerdo con la Relatio. Por eso decidieron cambiarla a través del trabajo de los “circulos menores”, los grupos lingüísticos que concluyeron ayer jueves sus sesiones. Pero el cardenal australiano nunca sostuvo que ese texto debía tirarse a la basura. Así piensa la mayoría de los obispos del Sínodo. Inclusos los laicos oyentes. Testimonios sobran. Nosotros ofrecimos el del cardenal mexicano José Francisco Robles Ortega. Con él coinciden otros purpurados como Ricardo Ezzati, Lluís Sistach y Raymundo Damasceno.

A grandes rasgos todos están de acuerdo en que se trata de un “buen documento de trabajo”, una “fotografía fiel” de los discursos escuchados en la primera semana del Sínodo. Incluso el presidente de la conferencia episcopal de Estados Unidos, Joseph Kurtz, quien lo definió de “estupendo”. Al mismo tiempo, la mayoría aclaró que el escrito tiene limitaciones y debe ser modificado. Por eso no resulta extraño que los “círculos menores” hayan propuesto cientos de enmiendas. Sólo algunos padres sinodales, como el sudafricano de Durban Wilfrid Fox Napier, lo calificaron de “insalvable” y apostaron a cambiarlo en los grupos lingüísticos.

Un capítulo aparte merecerían los párrafos de la discordia, es decir esas frases ambigüas y contradictorias sobre los homosexuales. Esas serán cambiadas, como lo solicitó la mayoría de participantes en los “círculos menores”. A ciencia cierta, nadie sabe de dónde surgió ese discurso excesivamente “gay friendly”. Aunque el el relator general del Sínodo, el cardenal húngaro Peter Erdö, sugirió durante una conferencia de prensa que el responsable de esos pasajes fue Bruno Forte, secretario especial de la asamblea.

El lunes 13, apenas terminada la lectura de la “Relatio post disceptationem” en el aula, varios obispos expresaron preocupación. Incluso alguno de ellos preguntó: “¿Por qué el documento se centra tanto sobre las situaciones difíciles e irregulares en materia familiar?”. La respuesta que le dieron fue simple: “Porque ustedes mismos se centraron en eso”. Muchos no se habían dado cuenta de que la mayoría de las intervenciones se habían ocupado de las dificultades, los problemas, las contradicciones. Eso simplemente estaba reflejado en el texto. Y no está mal, porque ese era el foco principal del Sínodo, ya indicado en el título: “Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización”.

A final de cuentas el objetivo principal de la reunión era plantear un panorama crudo, hasta descarnado, de la realidad que viven las familias. No se debe olvidar que la discusión continuará y está previsto otro Sínodo, que se va a ocupar mayormente del ideal cristiano. Así lo marca el lema del encuentro episcopal de octubre de 2015: “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”.

Aún así, esas preocupaciones por un “desbalanceo” en la Relatio serán también subsanadas. Los “círculos menores” insistieron, también, en incluir en el documento final del Sínodo una referencia mucho más específica, clara y marcada del ideal de familia que propone la Iglesia. Así se hará, anticipando los tiempos pero se hará.

El cardenal austríaco Christophe Schonborn aseguró que, por primera vez en muchos años, pudo percibir que la discusión entre los obispos era un real “Sino-do”. Un “caminar juntos”. Y tiene razón. Ya lo constatamos en este espacio: el que está por terminar es el Sínodo más abierto, debatido y comentado de los últimos años. El más franco y libre, al menos de los últimos cinco. En eso tuvo mucho que ver el cambio de metodología introducido por el Papa Francisco y su voluntad inquebrantable de abrir una discusión real. No un debate falseado, sin “disputatio”.

Por eso pidió que todos los padres hablasen con franqueza, sin miedo, sin temor a ser etiquetados o catalogados. En algunos sectores este cambio de sistema y esta apertura al diálogo honesto fueron malinterpretados. Lo que se planteó como una oportunidad para el debate, se quiso hacer pasar como una “manipulación” de la estructura para “favorecer” una idea preconceciba, supuestamente urdida por el mismo Papa para “llevar a la ruina” a la Iglesia.

Estas argumentaciones estaban en el aire desde antes del Sínodo. Los colegas periodistas que la sostenían, lo hacían desde un juicio previo. Por eso, en la primera conferencia de prensa de la asamblea episcopal, surgieron “afirmaciones-preguntas” como: “Da la impresión de que este Sínodo esté ya pre-cocido, ¿no cree?”. Ahí no había una sincera búsqueda de la verdad, más bien un intento por expandir una visión contaminada de la realidad.

Lo mismo le ha pasado a colegas como (el también amigo) Marco Tosatti y Sandro Magister. Apenas tres días después de iniciados los debates, Magister publicó que la mayoría de los padres sinodales estaba en contra de la tesis del cardenal Walter Kasper sobre la comunión de los divorciados y vueltos a casar. El tiempo y los documentos inconfutables demostraron que no decía la verdad.

Las conclusiones de los “círculos menores” publicadas ayer jueves demuestran que sólo dos grupos lingüísticos de un total de 10 dijeron un “no” seco a las propuestas del cardenal alemán. Otros dos grupos dijeron un “sí” claro, mientras el resto se mostró dubitativo. Pero la mayor parte pidió profundizar en esa opción, sin cerrarle completamente la puerta.

Con informaciones como esa se llegó a propalar la idea de que nos encontrábamos ante un “Sínodo manipulado”. Para soportar esta tesis sin fundamento objetivo se repitió, casi hasta el cansancio, que los obispos habrían sido sometidos a una especie de censura previa de parte de la secretaría general del Sínodo. Esto porque los organizadores decidieron cambiar la metodología históricamente utilizada y establecieron la política de no hacer públicos todos los textos de los discursos pronunciados por los participantes ante el pleno. “Los fieles tienen el derecho a conocer lo que dicen sus pastores”, clamó el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Gerhard Müller.

Pero sostener que los padres sinodales han sido censurados simplemente no responde a la verdad. Desde el inicio de las labores el secretario del Sínodo, Lorenzo Baldisseri, envió una comunicación a todos los padres en la cual dejó en claro que todos tenían la libertad plena de hablar con los periodistas en cualquier momento. Todos pudieron hacerlo, incluso aquellos que se quejaron por la supuesta manipulación informativa como el cardenal estadounidense Raymond Leo Burke o el arzobispo sudafricano Napier. Ellos pudieron manifestar su disenso abiertamente y con tonos duros, incluso en la misma sala de prensa del Vaticano.

Entonces, ¿por qué la decisión de no difundir los discursos? El motivo es metodológico. Personalmente no lo compartí y no lo comparto. Es más, ya en la oficina de prensa vaticana dejé constancia de mi contrariedad ante el cardenal Baldisseri, junto con otros colegas periodistas. No obstante, puedo comprender las razones de la determinación.

Como ya comentamos, el Papa quiso impulsar un sistema de trabajo más libre y dinámico, caracterizado por una discusión franca y sincera. Para lograrlo era necesario dar la suficiente tranquilidad a los padres sinodales para que discutiesen sin miedo a ser catalogados, etiquetados o señalados tan sólo por algunas palabras sacadas de contexto. Para facilitar ese debate se optó por no dar a conocer los discursos completos.

No por ello se bloqueó el flujo de información. Cada día la sala de prensa del Vaticano ofreció un “briefing”, un reporte del contenido de la sesión de trabajo con las ideas principales. Además se publicaron completos los discursos introductivos de los presidentes delegados de cada día, así como los testimonios de los oyentes laicos, matrimonios católicos que contaron sus experiencias ante los obispos.

El cardenal Burke llegó a afirmar, públicamente: “No se cómo haya sido concebido el briefing pero me parece que algo no funcione bien si la información es manipulada en modo de dar relevancia a una tesis en lugar de reportar fielmente las varias posiciones expuestas. Esto me preocupa mucho porque un número consistente de obispos no acepta las ideas de apertura, pero pocos lo saben”. También el cardenal Müller puso en duda la veracidad de la información ofrecida por el portavoz Federico Lombardi y la sala de prensa del Vaticano.

Pero, insisto: los hechos demuestran que las afirmaciones de ambos no respondían a la realidad. Los textos emanadados de los “círculos menores” confirman que Burke tenía una percepción errada de las cosas. Incluso Müller desmintió palabras que le fueron atribuidas según las cuales, para él, la Relatio era “indigna, vergonzosa y completamente errada”. Tuvo que pedir a Lombardi transmitiese a los periodistas su desmentida, “porque ese no es su lenguaje”. Además el prefecto de la Doctrina de la Fe se sorprendió cuando leyó un artículo del New York Times que se abría con la aclaración que la Relatio era un “documento de trabajo no definitivo”.

Así las cosas, resulta evidente que no existe tal “Sínodo manipulado”. Esto lo demuestran los hechos. Nos guste o no. Otra cosa es aceptar todo lo que el Sínodo dice. Ningún fiel está obligado a hacerlo. Teólogos y especialistas podrán avanzar dudas, temores, objeciones. Pero todos deberíamos estar de acuerdo en que la base para el debate (y el disenso) es la verdad, también de lo que ha pasado realmente en la asamblea episcopal.

* Periodista argentino radicado en la Ciudad del Vaticano. Corresponsal allí de la agencia Notimex. Autor del Blog: http://archivo.e-consulta.com/blogs/sacroyprofano/

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