“Transcendence”: ¿Cuáles son los límites de la tecnología?

Al salir de una conferencia, el científico Will Caster sufre un atentado mortal que lo llevará a experimentar con su propio cuerpo para poder cumplir uno de los sueños más grandes de la humanidad: lograr la inmortalidad.

“-¿Usted quiere crear su propio dios?” “-Claro, ¿no es lo que hacemos constantemente?” responde el científico Will Caster (Johnny Depp) experto mundial en inteligencia artificial en una conferencia durante los primeros compases de “Transcendence”, película del director Wally Pfister, quien debuta en este rol después de un paso sumamente exitoso como encargado de fotografía en varias de las películas del reconocido cineasta Christopher Nolan.

Al salir de la conferencia antes mencionada, Caster sufre un atentado que, según los médicos, derivará inevitablemente en la muerte, lo que lleva al científico junto a su esposa Evelyn (Rebecca Hall) a la conclusión de que la única forma de evitar lo inevitable es transferir su conciencia a una computadora y de ahí a Internet.

A partir de allí la película plantea varios interrogantes sumamente interesantes, como por ejemplo: ¿Cuáles son los límites de la tecnología? ¿Puede lograrse una suerte de inmortalidad a través de la misma? Y de ser así, ¿Estaríamos los seres humanos capacitados para administrar correctamente dicha capacidad?

Como vemos, la obra de Pfister plantea varias cuestiones atractivas desde el punto de vista narrativo aunque, lamentablemente, no logra desplegarlas con la profundidad que requieren temas tan controvertidos como los mencionados.

En lugar de ello, el cineasta se obsesiona por agregar nuevas líneas dentro del argumento, como es el caso de un grupo extremista que se opone al avance tecnológico liderado por el personaje que encarna la actriz Kate Mara (conocida por su personaje en la serie estadounidense “House of Cards”) que, al fin y al cabo, poco agrega al desarrollo de la trama.

Desde el punto de vista dramático, el film tampoco logra exponer de buena forma respuestas a interrogantes que hubiesen sido claves para darle profundidad al relato: ¿Qué siente Will al experimentar la vida como una inteligencia artificial? ¿Qué siente su esposa al verlo en esa condición? Y otro aun más importante, luego de ser transferido a la máquina ¿conservó Will su identidad, o perder su condición humana lo cambio por completo?

Evidentemente, el director, junto con el debutante guionista Jack Paglen, estaban más preocupados por seguir agregando subtramas dentro de la historia o por solucionar cuestiones referidas a los efectos visuales, que por resolver acabadamente cuestiones fundamentales que se plantean en el film.

Son demasiados interrogantes y muy pocas las respuestas, en un film que nos regala unos maravillosos efectos especiales, pero que a fin de cuentas se torna pretencioso y excesivamente derivativo. En definitiva, una película con algunas buenas ideas, pero sin mucha imaginación a la hora de llevarlas a cabo.

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