Elecciones 2016 en EEUU ¿Clinton vs. Bush?

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En menos de un año, Barack Obama comenzará a caminar hacia el despoder. Demócratas y republicanos se preparan para sucederlo, y un enfrentamiento entre Hillary y Jeb, dos miembros de dos clásicas familias políticas, comienza a tener cada vez más chances.

En seis meses el presidente Barack Obama entrará en su último año de gobierno. Esta vez le toca a él desempeñar el papel de “pato cojo” (“lame duck”), como se denomina al síndrome de despoder del último año de gobierno de un presidente que ya no puede ser reelecto. Un año que George W. Bush no lo pasó bien y que Obama lo pasará peor, y no solo por los errores que cometió en su gestión. 

El avispero político ya está revuelto, sobre todo del lado republicano. Diarios como The New York Times, The Washington Post y el progresista The Daily Beast (uno de los preferidos de Obama) le vienen dedicando espacio al tema. Uno de los potenciales candidatos a la investidura republicana para las presidenciales de 2016 es Jeb Bush (61), hermano menor de George W. y ex gobernador de Florida. Y al que no se le pueden negar los esfuerzos que hace para diferenciarse de su hermano mayor.

Considerado el “intelectual” de una familia poco apegada a los libros –según cuenta el NYT del 30 de mayo de este año-, en sus épocas de gobernador llevaba frecuentemente en avión a especialistas en ciencias sociales de la Ivy League (que reúne a las universidades americanas más prestigiosas) para que dieran seminarios de un día, para él y toda su gente. También encontraba tiempo para sesiones de “brainstorming” que denominaba “semanas de reflexión”.

Lector voraz, Jeb tiene permanentemente una lista de 25 libros en su “Kindle” y escribe regularmente a sus autores preferidos. Convencido de que es un intelectual hecho y derecho, no viaja sin sus revistas de política y envía a cualquier hora preguntas a los “think tanks”. Por ejemplo, explica Michael Barbaro, autor del retrato de Jeb, “cuáles son las cinco mejores maneras de obtener una tasa de crecimiento económico del 4 por ciento”.

Jeb Bush todavía no ha dado ningún sí acerca de su candidatura porque “teme la falta de entusiasmo que su apellido suscita en el electorado, asociado indefectiblemente a su hermano mayor, un tejano obstinado que priorizaba el instinto por sobre la reflexión y que, además, un día reconoció que no le interesaba leer”, describe el Times.

El tiempo que les tomó a los dos hermanos finalizar sus carreras en Yale da una idea del abismo que los separa. George W. (67) estuvo cuatro años en Yale y su nota fue un “gentleman’s C’s (Sus F, la nota más baja, fueron transformadas en C porque era “de muy buena familia”). Jeb realizó su curso en dos años y medio y cuando recibió el diploma pertenecía a un club, “Phi beta kappa”, que reunia a los mejores estudiantes de la universidad.

De todas maneras el menor de los Bush se ha ido posicionando como el anti-George W.: se lo ve como a un intelectual en busca de nuevas ideas, que pregunta la opinión de los demás y que, lo que más le gusta, son los debates, sobre todo si entran en detalles burocráticos. Su amigo Karl Rove lo llama el “pensador más importante del campo republicano”. Sus aliados aseguran que este tipo de reputación podría ser clave a los ojos de un electorado decepcionado con su hermano mayor.

Pero si el amor por los libros y el pragmatismo de Jeb aparecen como virtudes para los republicanos moderados, no le serán para nada útiles a la hora del “debate” con la rama conservadora del partido. Los problemas que lo preocupan y de los que se cuelga con entusiasmo, como los que conciernen al mejoramiento de la eficacia de los poderes públicos en materia de educación, inmigración o justicia penal, no son los mismos que entusiasman al “Tea Party” o a los libertarios (que rechazan la existencia del Estado), dos corrientes republicanas abiertamente hostiles a la existencia de los poderes públicos.

Jeb se presenta como un reformador que no se amilana ante estas críticas. Varias veces les ha reprochado a los líderes de su partido por llevar adelante una estrategia condenada al fracaso y de dar mensajes retrógrados. Aquellos que han discutido de política con él lo presentan como un conservador más atraído por su voluntad de tecnócrata que busca las soluciones que mejor se adaptan a las circunstancias, que por la ideología.

Gobernador del estado de Florida de 1999 a 2007, su oficina, a veces, parecía una miniuniversidad. Cuando un nuevo empleado se incorporaba, encontraba sobre su escritorio un ejemplar de “A Message to García”, de Elbert Hubbard, un ensayo de 1899 sobre un soldado americano que se va a Cuba para incorporarse al grupo de un líder rebelde. “Vivíamos una cultura creativa de curiosidad intelectual”, recuerda Brian Yablonski, antiguo colaborador del “Bush bueno”, del que aun es amigo.

Sin embargo, sus detractores lo acusaban de ser una marioneta de “think tanks” como el Hoover Institute, el Cato Institute o el Manhattan Institute, de los que copiaba literalmente sus enunciados. “No creo que ninguna idea sea suya, no tiene ideas propias”, lo caracterizó Robert E. Crew Jr., vicedecano de la universidad del Estado de Florida, que en 2009 le consagró un libro titulado: “Jeb Bush, un conservadurismo agresivo en Florida”. Eso no quita, opinan los críticos, que los libros se los leyera de cabo a rabo y pusiera nerviosos a sus consejeros cuando les preguntaba acerca de algún tema surgido de un voluminoso libro.

En el último mes los medios comenzaron a especular con un enfrentamiento electoral entre Jeb y Hillary Clinton. Nick Gillespie, republicano de la derecha libertaria, escribió en The Daily Beast que está harto del eterno retorno de las grandes familias en la vida política estadounidense. “Por una vez -escribe Gillespie- estoy de acuerdo con Jesse Jackson (reverendo negro, militante y ex candidato a la investidura demócrata). ‘¿No podríamos escapar de los Bush, al menos en esta elección?’”

“Ha habido un Bush o un Clinton en la Casa Blanca y en el gobierno durante 32 años ininterrumpidos” –le recordó Gillespie a Maureen Dowd, la ultrairónica columnista del Times. Dowd advirtió en una nota titulada “Prepárense: serán Hillary y Jeb”. Es lo que ha sido y será siempre, aunque el lote, hasta ahora, viene sin ningún Kennedy. Tal vez sea la única razón para esperar, agrega Gillespie.

Cuesta comprender, explica Gillespie, por qué las élites adoran ver enfrentarse en una competencia “retro”, con dos de las familias menos interesantes del país. “Esto significaría que expertos ‘zombificados’ como David Gergen (comentador político y antiguo consejero presidencial), cuya competencia es inversamente proporcional al número de gobiernos para los que ha trabajado, podrían retrasar un poco la edad de su jubilación. En cuanto a cronistas como Dowd, que conoció su apogeo, en términos de humor y originalidad, durante la era Clinton, igual que el matrimonio de marras, podrá reciclar sus viejos artículos sin vergüenza”.

“Pero nosotros, independientes, un número que cada vez aumenta más, no tenemos por qué seguir soportando esta política agotada. Estamos hartos de ver las mismas caras, viejas y repetidas. Evidentemente para estos americanos que se dicen independientes, no hay forma de escapar a la compulsión de repetición, que afecta a los medios, a sus herederos y a aquellos que mueven los hilos en los partidos. Como escribía Faulkner en “Requiem para una monja”: “El pasado no muere jamás. Ni siquiera ha pasado”.

“No, el cambio, si vuelve, estará a cargo de políticos que no se encuadran en su propio partido, o incluso de personalidades que no pertenecen a ninguno de los dos partidos. No comparto demasiado las convicciones del senador independiente Bernie Sanders (quien se define como socialdemócrata), pero él por lo menos habla de una candidatura presidencial por buenas razones. ‘No me despierto todas las mañanas como lo hacen algunos aquí, en Washington, diciendo: debo ser presidente de EEUU’”, declaró recientemente al semanario de izquierda The Nation. “En realidad, cuando me despierto, tengo más bien el sentimiento de que nuestro país enfrenta problemas tales como nunca conoció después de la Gran Depresión y estoy consternado por la ausencia de proyectos políticos serios para arreglar esta crisis”.

Otro caso del damero político, el senador Rand Paul (libertario, hijo del ex candidato a la presidencia Ron Paul) se opone al dogma del déficit presupuestario, las escuchas gubernamentales de gente inocente y la voluntad de los dos partidos de expulsar inmigrantes. Rand Paul está decidido a pelear la candidatura republicana para 2016 y su lanzamiento, hasta ahora, ha sido auspicioso.

“Personalidades como Bernie Sanders o Rand Paul encarnan el porvenir porque miran en la nueva dirección y vienen a juntarse con los que hemos renunciado a la pertenencia a partidos que nos impiden avanzar en tanto país”, concluye Gillespie.

Una mirada más piadosa es la de Gail Collins, de The New York Times, cuando se refiere a la posible candidatura de Hillary. “Si intenta candidatearse de nuevo para las presidenciales – dice Collins,- será probablemente la candidata mejor preparada de la historia de EEUU. Es una mujer que vivió la Casa Blanca, que ocupó una banca en el Senado y que conoce prácticamente a todos los jefes de Estado del planeta. Pero los norteamericanos, ¿la querrán tanto como presidenta, como la quisieron cuando cayó vencida por Obama en las primarias demócratas de 2008?

Collins sostiene que se ha preguntado muchas veces cuál es la mirada que tiene Hillary sobre su propia vida. De primera dama polémica a primera esposa humillada y después, a primera dama apreciada. De candidata a senadora en las elecciones legislativas de 2000 a favorita para el Estado de Nueva York. De candidata fracasada a la presidencial de 2008 a vedette de la escena internacional. Su máxima, pareciera ser, la de hacer lo mejor que puede con las cartas que tiene en la mano. En sus propias palabras: “Elijo mis cartas, juego lo mejor que puedo y después paso a la mano siguiente”. Una consumada jugadora de poker.

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