Las posiciones de Ernesto Sabato tienen dos extremos incompatibles: Un apoyo virtual a la última dictadura militar y la presidencia de la comisión que investigó los crímenes de lesa humanidad durante la restauración democrática.
Las posiciones de Ernesto Sabato tienen dos extremos incompatibles: Un apoyo virtual a la última dictadura militar y la presidencia de la comisión que investigó los crímenes de lesa humanidad durante la restauración democrática.
No fue casualidad que el 19 de mayo de 1976, dos meses después del golpe genocida, el dictador Videla almorzara con lo más granado de la intelectualidad argentina en la Casa Rosada: Sábato, Borges, el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio Ratti, y el cura católico y narrador Leonardo Castellani. Una curiosidad de ese encuentro fue que el único que le preguntó al dictador por la situación de Haroldo Conti, quien había desaparecidos dos semanas antes, fue el sacerdote.
Al término de la reunión, Sábato declaró al diario “La Opinión” que “hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos. En ningún momento la conversación descendió a la polémica literaria o ideológica”, aunque se pronunció contra la prisión del escritor Antonio Di Benedetto.
Años más tarde, el infierno de su pesimismo, como lo definió él mismo, lo llevó a adjurar de esas ideas y a encabezar la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas.

