Considerada una de las obras decisivas de la literatura argentina, la novela \”Rayuela\” revalida la vigencia del escritor en una edición lanzada por el 50 aniversario de su publicación.
De la redacción
Basada en una experimentación que interpeló el rol del lector y ofició como una representación cultural de los contrates de una década vertiginosa, los ‘60, la novela “Rayuela”, de Julio Cortázar, siguió el mismo camino de las vanguardias artísticas surgidas con pretensión subversiva y luego asimiladas por el canon.
La novela irrumpió en escena para demostrar todo lo que podía acontecer de novedoso si se abandonaba la solemnidad, la corrección e incluso la lógica. Fue una ruptura con las formas clásicas de la narración que se agigantó con la propuesta de sacudir al lenguaje con nuevas expresiones, tal vez como una ilusión de ilustrar la imposibilidad de nominar la totalidad del mundo.
“Personalmente, creo no haber escrito nada mejor que ‘El Perseguidor’. Sin embargo, en ‘Rayuela’ he roto tal cantidad de diques, de puertas, me he hecho pedazos a mí mismo de tantas y de tan variadas maneras, que por lo que a mi persona se refiere ya no me importaría morirme ahora mismo”, escribió Cortázar a su amigo Jean Bernabé en una misiva que integra el segundo volumen de “Cartas”, publicado por Alfaguara al igual que esta edición conmemorativa.
El escritor dice que “dentro de unos meses pensaré que todavía me quedan otros libros por escribir, pero hoy, en que todavía estoy bajo la atmósfera de ‘Rayuela’ tengo la impresión de haber ido hasta el límite de mí mismo, y de que sería incapaz de ir más allá”.
Ya desde la primera página, titulada Tablero de dirección, Cortázar explicita su idea de romper el orden establecido y propone dos maneras alternativas de leer las 600 páginas que siguen: “de corrido”, en cuyo caso el libro terminaría en el capítulo 56, o según un itinerario no lineal en el que ubica como primero al capítulo 73.
Poco después de la aparición del libro, el escritor sostuvo que “se me ocurrió, y sé muy bien que era una cosa muy difícil, un texto donde el lector en lugar de leer consecutivamente una novela tuviera opciones, lo cual lo situaría ya casi en pie de igualdad con el autor, porque él también había tomado diferentes opciones al escribir el libro”.
La obra en que la Maga y Oliveira juegan al amor mientras deambulan de París a Buenos Aires y sobre todo, en que los lectores juegan a construir su propia novela dialogando con el surrealismo, lo fragmentario y lo poético, fascinó a tantos como sublevó a otros, aunque el tiempo disolvió el afán combativo de la mayoría para cerrar filas en torno a una novela que está considerada entre las mejores del siglo XX.
Antes de entregar el manuscrito de “Rayuela”, Cortázar tenía un bien ganado prestigio como cuentista a partir de obras como “Bestiario” (1951), “Final del juego” (1956) y “Las armas secretas” (1959) y había publicado ya otra novela, “Los premios” (1960).
Aún no se había instalado la idea del “boom latinoamericano”, cuyo disparador se produjo años más tarde con “La ciudad y los perros”, de Mario Vargas Llosa, y con “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, pero de alguna manera el escritor argentino ya se había adelantado con su novela rupturista y experimental.
Ya sea por su ambición literaria, su renovación de los pactos narrativos o su afán poético, “Rayuela” fue intensamente leída a través del tiempo con una curiosidad, asombro e interés que se condensa en esta edición conmemorativa que incluye un apéndice, en el que Cortázar narra la historia del experimento que buscó el más allá de todas las fronteras.
El lanzamiento de “Rayuela” viene acompañado de otras celebraciones relacionadas con el autor, ya que el 26 de agosto de 2014 se celebra el centenario de su nacimiento y unos meses antes, el 12 de febrero, 30 años de su muerte.
Mucho para recordar.

