La locura de la historia y sus cataclismos

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Al finalizar la Edad Media el mundo comenzó un proceso de desacralización. Los sucesos dejaron de ser articulados por el mito, es decir, por Dios, y fueron los hombres los que tomaron las astas de los tiempos.

Inspirados en el “materialismo alquímico”, las estaciones adquirían una extraña sustancia, motivo por el cual podrían ser ahora transmutadas por los actos humanos. De hecho, moldear la masa de los ciclos, darles forma, fue una de las principales características del Iluminismo.

Voltaire en su novela “Cándido o el optimismo”, de 1759, hace una crítica a las ingenuas ideas de Gottfried W. Leibniz sobre su tesis de que vivimos en el “mejor de los mundos posibles”. La moraleja es que el sujeto no debe resignarse a lo que Dios le ha impuesto sino que debe tomar sus propias decisiones, mejorarlas, hasta perfeccionarlas para su beneficio, debe llegar a ser un ser pensante para que a partir de ese pensar conforme la esencia del mundo.  

Antes se creía que los hechos estaban trazados a través de un plan divino, como la creación, la caída, la venida de Cristo y la espera pasiva del Reino de Dios. A partir de que los hombres, cual “Prometeos”, robaran la antorcha de la razón los acontecimientos se verían ahora como productos humanos, aquellos que marcarían un orden, un camino progresivo hacia la libertad natural, civil y espiritual. La “gloriosa” Revolución Inglesa de 1688, seguida por la Francesa de 1789, funcionaron como faros del paso del tiempo. Sin embargo, la teología de la salvación como pulsión hacia adelante nunca fue superada.

Aunque parezca contradictorio, pensadores como Immanuel Kant o Georg W. F. Hegel tenían en cuenta las profecías de Joaquín de Fiore, un abad calabrés que vivió cerca del siglo XII que postulaba que próximamente llegaría una Edad del Espíritu donde todos los hombres fraternizarían y habría paz mundial. De Fiore dividía la historia universal dentro de una estructura trinitaria. Según él, primero ocurrió la Edad del Padre, que se contaba desde la creación de Adán hasta el nacimiento de Cristo. Y luego vino la Edad del Hijo, desde la venida del Mesías, hasta la aparición de una época utópica donde se recibirían los benditos beneficios de la redención.

Hegel entendió que esto se llevaría a cabo a través de la presencia de un gobernante fuerte como lo fue Federico Guillermo III. Con él interpretó que la historia llegó a su síntesis absoluta. El mismo Novalis expresó que con tan “buen gobernante” comenzaba la Edad del Espíritu anunciada por De Fiore. No obstante, pronto el filósofo de Jena quedó decepcionado. Al mejor estilo de la posterior novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, se lamentó en una ocasión: “Ya tengo cincuenta años, treinta de los cuales los he pasado en esta interminable y agitada época de temor y esperanza, aguardando que de una vez llegaran a su fin ese temor y esa esperanza. Ahora veo que todo sigue igual y, en las horas más oscuras, es inevitable que irá peor”.

Karl Marx y parte de su generación entendieron que la historia debía ser resucitada, no como libertad creadora sino como “cataclismos” a través de la dictadura del proletariado que, mediante una revolución violenta, tomara el poder del capital. Con la renovación marxista mezclada con los avatares de un liberalismo contaminado por el capitalismo, los acontecimientos fueron vistos como crisis sociales. Las dos grandes guerras, la revolución bolchevique de 1917, el ascenso del nazismo, el genocidio judío y armenio, las destrucciones de Hiroshima y Nagasaki, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín y el 11-S, por mencionar algunos hitos devastadores, emitieron el mensaje de que la historia es demolición de lo anterior y totalización de lo nuevo para volver a construir otro relato sobre sus restos.

La versión de Edvard Munch “El grito”, de 1893, ejemplifica muy acertadamente el espíritu catastrófico de una época perpleja. En cambio, otra obra que me interesa destacar es “Angelus Novus”, del artista Paul Klee. El filósofo Walter Benjamin, quien más tarde adquirirá la pintura, la utilizó como metáfora en una de sus obras más influyentes, especialmente sobre los pensadores de la Escuela de Fráncfort: “Tesis sobre la filosofía de la historia”.

Benjamin, quien perteneció a la generación del anticapitalismo romántico junto con Georg Lukács, Ernst Bloch y Siegfrid Kracauer, trató de unir materialismo dialéctico con misticismo judío, pudiéndose vislumbrar en el lenguaje que emplea. Nutrido por la amistad del erudito en Cábala Gershom Scholem y de elementos mesiánicos, construye una interesante mirada. Comienza con la visión del ángel de la historia, aquel que observa el paso de los sucesos. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado viendo un cataclismo que amontona ruinas sobre ruinas, sin embargo se debate entre las fuerzas huracanadas que surgen del progreso y el retroceso.

No es de extrañar que Benjamin haya visto a la historia como devastación, tan solo pensar en su violenta muerte lo certifica. Esto evidencia que los tiempos están construidos sobre catástrofes, empero, cuando hablamos que la misma ha muerto, no nos referimos a que los estragos hayan terminado. Lo que ha muerto es la mirada ilustrada sobre ella, que ya no puede leer sucesos con un sentido que dé un rumbo al mundo para bien o para mal.

En la actualidad los incidentes se parecen más a la teoría del caos de Edward Lorenz que como progreso o como dialéctica. Para la mentalidad moderna los sucesos naturales no hacen a la historia, más bien las leyes divinas deben trasladarse a un contrato social. A pesar de esto hoy los actos humanos están desarticulados, no tienen norte y no obedecen a ningún propósito. La naturaleza es depredada y los reclamos para su cuidado carecen de entidad.

Recuperar las eras no significa volver a producir algún aniquilamiento por mano del hombre, esa es la locura en la que está envuelta la mente retrógrada de algunos caudillos; recuperar el tiempo es recuperar el sentido del mundo para que los distintos actores tengan una razón ética y puedan llevar al sujeto que los vive hacia algún lugar que sea mejor.

Los pecados del mundo no tienen salvación, estamos atravesados por el orgullo y por la histeria de payasos que se dicen líderes del mundo. Y esto parece ser mucho más peligroso ahora que antes.

Hoy el ángel que mira los restos mortuorios de la historia, es más bien parecido al Arcano XV del Tarot, “El diablo”, aquel ser simiesco con ridículas alas de murciélago que blande una pequeña pero filosa espada, que arrastra a sus enemigos a sus propias pasiones; pero este demonio no solamente es malo, es aún peor que eso, este diablo ha perdido además la cordura, y de él es que dependen nuestros destinos.

* Filósofo, ensayista y teólogo

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