La entrañable amistad de San Martín y Pueyrredón

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A santo del Día del amigo, el autor refiere detalles de la relación entre el padre de la Patria y el Director Suprema, clave para la campaña libertadora.

Si bien el “Día del Amigo” se conmemora por otra circunstancia, vale recordar en esta fecha una amistad fecunda entre dos prohombres de la Patria. Me refiero a José de San Martín y Juan Martín de Pueyrredon, que se conocieron en Buenos Aires en mayo de 1812 cuando el último llegó del norte, enfermo después de haber entregado el mando del Ejército al general Manuel Belgrano, para ocupar desde el día 22 de ese mes el cargo de triunviro. San Martín, en la Plaza del Retiro, se ocupaba de organizar a sus granaderos, y las vinculaciones con la mejor sociedad porteña, especialmente por su próximo casamiento con Remedios de Escalada, fueron la razón de ese conocimiento social.

La desafortunada orden del gobierno de hacer bajar a Belgrano con el Ejército, que desobedeció para dar en Tucumán batalla al Ejército español, al conocerse en la Ciudad la victoria del Campo de las Carreras del 24 de setiembre, en vez de consolidar el poder de Pueyrredon aceleró su caída.

El 8 de octubre las tropas encabezadas por San Martín con sus granaderos ocuparon la Plaza de Mayo junto con Carlos María de Alvear; Manuel Pinto, del Regimiento de Artillería; y Francisco Ortiz de Ocampo, quienes propusieron la nómina de los futuros triunviros.

Esa noche se produjeron algunos atentados en la casa de su hermano, José Cipriano Pueyrredon, cuando rompieron los cristales de las ventanas y pegaron carteles con leyendas insultantes, y en la casa de Magdalena Pueyrredon de Ituarte, cuando, pensando que Juan Martín estaba refugiado, unos matones ingresaron por la fuerza y con sus espadas desnudas atravesaron los colchones de las camas por si se hubiese escondido debajo.

Pueyrredon fue confinado junto a su hermano José Cipriano a la estancia de los frailes Betlemitas en Arrecifes y luego trasladado a San Luis; a sus cuñados Anselmo Sáenz Valiente y Juan Bautista Ituarte les aplicaron una multa de 50.000 y 10.000 pesos, respectivamente, y sufrieron el destierro sus amigos Manuel de Arroyo, Simón Cossio, José Darregueyra y algún otro. Estas penas, que no se aplicaron a los otros triunviros, muestran la animosidad contra don Juan Martín.

De haber aprobado algunas de estas canalladas fue acusado San Martín, noticia que llegó a oídos de Pueyrredon, pero aquel -apenas se enteró- le escribió: “Nada hay tan sensible para todo hombre como el ser acusado de hechos que no ha cometido. Así es que habiendo sabido extrajudicialmente me creía Ud. el promotor del incidente de su hermano y busca de Ud. en la noche del 8 ha llegado al colmo mi sentimiento. Firme en mi principio ni aun la misma muerte me haría negar este hecho si así lo hubiese cometido. Bien al contrario es bien notorio que a mi llegada a la Plaza se había ejecutado y lo desaprobé. Mi honor y delicadeza exigen que tanto a Ud. como al resto del pueblo que estén en esta creencia les de una satisfacción. Yo cumplo con hacerla”.

J.M. de Pueyrredon por P. Pueyrredon

La respuesta está fechada el 26 de noviembre ya en camino a San Luis: “Confieso que he leído con placer la satisfacción que ella contiene, solo porque es de Ud.; porque también era Ud. el solo de quien había tenido que extrañar…Yo sería igual a todos los hombres si conservase resentimientos vulgares, por un suceso tan común y tan repetido por desgracia, en nuestra revolución”. Agrega Pueyrredon algunas reflexiones que podríamos suscribir muchos argentinos de los que hemos vivido en este siglo, para no hacer más historia, y notamos episodios recurrentes desde el comienzo de la Patria: “Observo la marcha incierta de una nave que corre sin brújula, veo la desesperación del pasaje porque no llega tan pronto como deseara al puerto que cada uno se figura, en diversa dirección; lo disculpo, porque no conoce otra razón que su deseo; compadezco al piloto, porque sin los instrumentos para su derrota será más inseguro cualquier rumbo que tome; me intereso en la salvación de la nave, porque ella conduce mi vida y mi fortuna; y solo culpo de este choque de intereses y pasiones a la fatalidad de mi destino… lo que si puedo afirmar a Ud. es que será un prodigio la salvación de la nave, sin la brújula indispensable, como lo será también la de nuestra patria, sin una constitución que enseñe los caminos quede deben llevar los que mandan y los que obedecen; pues de lo contrario daremos sin remedio en el escollo de la anarquía o en otros no menos ruinosos”.

Cuando San Martín fue nombrado gobernador intendente de Cuyo, en su viaje a esa ciudad, llegó a la Aguada de Pueyrredon, en San Luis, donde se encontraba. Según la tradición familiar transmitida por su sobrino Manuel Alejandro, después de los saludos de cortesía, se encerraron ambos en una habitación y la entrevista se prolongó desde las 10 de la mañana hasta bien entrada la oración. A la salida esperaba a San Martín su ordenanza y la escolta, se despidieron con un abrazo y el anfitrión le sostuvo con cortesía el estribo, gran signo de grandeza.

El encuentro en Córdoba en la casa de los Arredondo, en la esquina de 25 de Mayo e Ituzaingó, propiedad del suegro de Juan Andrés de Pueyrredon, a mediados de julio de 1816, puso en marcha la campaña libertadora. Hace pocos días le comentaba a Gloria M. Pueyrredon que si los artífices de la independencia fueron Belgrano y San Martín, a Juan Martín, el Director Supremo, le corresponde el mérito de asegurar los medios necesarios para consolidarla de acuerdo al plan sanmartiniano. Él mismo le escribió a Godoy Cruz: “Me he visto con el dignísimo Director, que tan acertadamente han elegido Uds. Ya sabe Ud. que no soy aventurado en mis cálculos, pero desde ahora les anuncio que la unión será inalterable, pues estoy seguro de que todo lo va a transar. En dos días con sus noches, hemos transado todo. Ya no nos queda más que empezar a obrar. Al efecto pasado mañana partimos cada uno a su destino con los mejores deseos de trabajar en la gran causa”.

La correspondencia entre ellos refleja además una confianza absoluta. Así a veces firma: “Adiós, mi querido amigo, de su hermano” o la tan conocida: “Va el mundo. Va el demonio. Va la carne. Y  no se yo como me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo, a bien que en quebrando, cancelo cuentas con todos y me voy yo también para que Ud. me dé algo de charqui que le mando y no me vuelva a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado de un tirante de la fortaleza”, carta en la que inserta un fuerte “¡Carajo!”

Cuando viajaba San Martín después de la batalla de Chacabuco, le aseguró al director supremo que no deseaba reconocimiento alguno y éste le respondió: “Sin embargo que usted me dice que no quiere bullas ni fandangos, es preciso que se conforme a recibir de este pueblo agradecido las demostraciones de amistad y ternura con que está preparando”.

Pueyrredon renunció al Directorio en enero de 1820 ya que las luchas intestinas hicieron imposible su continuidad. Necesitaba el auxilio del Ejército de San Martín pero la causa de América era superior. Algunos, como Miguel Cané, han acusado a Pueyrredon de ingrato con el Libertador pero no hay un solo documento que pruebe sin duda este desencuentro, que de haber existido se pudo superar.

Coincidieron en Europa: de diciembre de 1845 a marzo del año siguiente Pueyrredon y su mujer Mariquita, y probablemente Prilidiano, viajaron a Italia. El 16 de diciembre estaban en Florencia, de donde continuaron a Nápoles. Allí en busca de un invierno más aliviado se encontraba San Martín con su familia y una carta de éste a Gervasio A. de Posadas (h), fechada en Roma el 6 de febrero de 1846, prueba que jamás hubo una ruptura de esa relación.

Dice la misiva: “Mi viaje a este fue feliz aunque largo, pues tardé 33 horas para andar 44 leguas; yo le aconsejaré, igualmente que al amigo Pueyrredon, de venir por Voltevino, tanto por la comodidad de las señoras como por disfrutar del interesantísimo camino de Nápoles a éste, viniendo por Terracina. Me encuentro alojado en el Hotel de la Minerva, bastante bien y a precio moderado en proporción de los demás hoteles de Roma”.

En ese hotel, continuaba, “me he encontrado con un joven La Redanier, que hace poco ha venido de Buenos Aires” y estaba encargado de su administración. “Este joven me dice conocer a Ud. y al General Pueyrredon, ha tenido una pensión o Colegio de Educación en Buenos Aires, donde ha permanecido muchos años. Mercedes y las niñas han estado enfermas de la gripe, cuya enfermedad ha sido general en París. Tanto ésta como Mariano me encargan para Ud., su señora Dña. Clementa y Dña. Mariquita y Pueyrredon, sus recuerdos amistosos”.

Vayan estas líneas en más que apretada síntesis de la amistad de estos grandes hombres, cuyos rostros en la ancianidad ilustran esta nota.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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