El homenaje al clero patriota en el centenario de la Independencia

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La Iglesia católica se sintió desplazada del reconocimiento público por la masonería cuando trece sacerdotes habían participado de la firma del acta de la Independencia.

El año 1916 comenzó con ánimos preparatorios del centenario de la declaración de la Independencia. Un actor institucional e histórico que deseaba, ahora, adscribirse fuertemente al homenaje, fue la Iglesia Católica, muchos de cuyos miembros (sacerdotes pertenecientes al clero secular o las órdenes religiosas) habían prestado su adhesión y concurso activo a la Revolución. Trece de ellos, sin ir más lejos, participaron en el Congreso de Tucumán.

El conocido medallista Constante Rossi se dirigió al arzobispo de Buenos Aires para exponer su propuesta de homenaje al clero de la Independencia a través de una placa artística de bronce, ideada por monseñor Agustín Piaggio, quien en marzo de 1915 había sido designado vicario general de la Armada, cargo que desempeñaba interinamente. Además, había acompañado en carácter de capellán el viaje inaugural de la fragata “Presidente Sarmiento”.

Rossi, por su parte, era propietario, junto a su hermano Alberto, de uno de los establecimientos porteños más importantes del ramo, instalado en 1894 y que disponía de un salón de exposiciones y ventas en la calle Florida 152.

El orfebre daba principio a su carta con un recordatorio del frustrado monumento al clero patriota, que debió levantarse en Buenos Aires o en Tucumán en 1910. Pocos fueron, pues, los homenajes monumentales para aquellos sacerdotes y así lo hacía notar:

“Las generaciones futuras, si hubieran de juzgar de la acción del clero en las luchas de nuestra independencia, por los homenajes oficiales que se le han rendido, o por lo que de él se dice en los textos de historia patria, deberían estimarlo en muy poco, contra toda verdad y justicia”.

Se trataba entonces de asignar a los curas y frailes de la Revolución un merecido sitio de reconocimiento oficial, a la par de los letrados y de los guerreros de nuestra Independencia. El texto que firmó Rossi delata el pensamiento, la redacción y el programa conmemorativo ya concebido por el propio Piaggio.

En efecto, en 1912, al editarse en gran tirada por la casa Luis Gili de Barcelona, a instancias de la Asociación Católica de Buenos Aires, su obra (escrita en 1910) “Influencia del clero en la Independencia argentina 1810-1820”, Piaggio había comenzado a descorrer lo que se juzgaba como un  “velo de silencio” que pesaba sobre aquellos protagonistas. Exceptuando dos o tres casos muy notorios, los analistas católicos veían en la ausencia de homenajes al clero patriota una “conspiración de silencio”, como textualmente se dijo en la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, al comentar la aparición de la obra: “Hasta los grabados populares, hasta los bajorrelieves oficiales que representan el Congreso de 1816 contribuyen a esta obra de olvido”, se afirmaba.

La alusión se dirigía, tanto a los onerosos relieves de bronce ejecutados por Lola Mora para adorno del atrio creado en 1903/1904 en el solar de la Casa de la Independencia, en San Miguel de Tucumán, como a las viñetas que publicaban las revistas ilustradas como “Caras y Caretas”. Naturalmente, se atribuía a la acción conspiradora de la masonería esta campaña de omisiones, con el supuesto objeto de apropiar, para sus afiliados, todo el mérito patriótico que se negaba al componente clerical. El mencionado comentario bibliográfico aparecido en aquella revista aludía a “la leyenda hábilmente difundida por la masonería, el ser ella la principal autora de la Independencia”. Aunque, de esta afirmación categórica, y a tono con los métodos usuales de la apologética (que algún escritor jesuita llamó, con sarcasmo, “batallas siempre victoriosas contra enemigos invisibles”) no se ofrecían mayores pruebas.

Había pues en la evocación de los sacerdotes de la Independencia por parte de las autoridades eclesiásticas de 1916, de la dirigencia laica católica y de monseñor Piaggio, en particular, una precisa intención de rehabilitación y apropiación de su memoria como parte de la gesta fundante de la Patria. Era una operación identitaria.

Para salvar aquella omisión en los reconocimientos oficiales, y mientras Piaggio difundía su ensayo, Rossi llegaba para proponer la realización de una placa, cuyo primer ejemplar modelo había sido fundido a modo de muestra.

En cualquier caso, Rossi era un avezado empresario del ramo y deseaba asegurarse el alto auspicio del Arzobispado como un medio de influencia en el resto de las diócesis y parroquias, que, en definitiva, eran las destinatarias de la placa… ¡que costaba unos doscientos pesos!

La respuesta del arzobispo fue rápida y auspiciosa.

“Acabamos de recibir su atenta carta del 10 del corriente. en la que nos da cuenta del proyecto de honrar, en la fecha del Centenario, al clero que concurrió en la fundación de nuestra nacionalidad, por medio de una placa a colocarse en las parroquias de esta Capital.

Gustosos aprobamos y bendecimos tan feliz iniciativa, ya porque se trata de conciudadanos nuestros, ya porque han sido sacerdotes de la misma Religión que profesamos.

Ellos, que dedicaron no sólo su vida, sino también sus bienes materiales, el brillo de la inteligencia y todo su poder influyente, con un desinterés sin igual por la causa de nuestra independencia, merecen que sus nombres salgan del olvido y vean la luz para ejemplo de las futuras generaciones”.

Rossi cursó notas de similar tenor a todos los obispos del país. Así, por ejemplo, el obispo de Salta brindó su apoyo el 18 de febrero de 1916. De igual modo reaccionó el obispo de Córdoba, Zenón Bustos y Ferreira, uno de los precursores de la historia eclesiástica argentina. Un poco más tarde, oficializó su adhesión el obispo de La Plata, Juan Nepomuceno Terrero, quien recalcaba la intención memorial y ejemplarizadora de aquella placa, en línea con la idea del “monumento vivo”:

“Es un deber de gratitud que todos debemos cumplir y que servirá de ejemplo a los que después de nosotros, al contemplar esta placa justiciera, sepan que no hemos olvidado a los sacerdotes que con la palabra y con su influencia prestigiosa nos dieron patria y libertad”.

La pieza consistía en una placa de bronce de 82 centímetros por 52, adornada en su cabecera con un Escudo Nacional, flanqueado entre nubes por dos genios alados o ángeles que portan en sus manos una palma gloriosa, el de la izquierda, y una cruz el de la derecha. Completando las alegorías, a ambos lados sobresalen hojas de roble y por debajo, a modo de filacteria, una guirnalda de laureles. En su campo central se anotaron, en tres columnas encabezadas por tres emblemas heráldicos, los nombres de los sacerdotes que habían participado en asambleas celebradas en aquellas tres fechas históricas. Allí figuran los trece del Congreso de Tucumán. La inscripción, repetitiva para todas las placas que se fabricaron iguales, dice:

“Los feligreses de esta parroquia a la memoria de los sacerdotes que nos dieron Libertad y Patria”

En suma, la placa vino a reemplazar con un costo sensiblemente menor al monumento escultórico que nunca llegó a erigirse en homenaje al clero de la Independencia, y que ya en 1910 se echaba de menos en los sectores católicos.

Todavía pueden verse algunas de aquellas piezas de bronce en diversos templos, mayormente de la Capital y de la provincia de Buenos Aires, aunque, con el tiempo y tras sucesivas reformas en las fachadas, algunas placas fueron desplazadas de los lugares originales, que eran bien visibles, a sitios subalternos y poco iluminados.

Una vez más, pero ahora por obra de las propias autoridades eclesiásticas, el clero patriota pasaba a segundo plano…

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