El filósofo contra el mundo

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Recuerdo que a finales de los años sesenta se emitió una serie de televisión de ciencia ficción conocida en español como “Los invasores”. Trataba del drama de un hombre solo, el arquitecto David Vincent (Roy Thinnes), quien había sido testigo del aterrizaje de un plato volador y, a partir de allí, tomó consciencia de que seres provenientes de un planeta en extinción habían urdido un plan para apoderarse de la Tierra.

Lo que Vincent había visto debía denunciarlo, pero nadie pareció hacerle caso. Es más, todos creían que se había vuelto loco. Al no encontrar una masa crítica dispuesta a acompañarle, decide entonces llevar a cabo la solitaria misión de intentar despertar a los dormidos, exponiéndose a la burla y al encierro.

Supongamos lo siguiente: si esto sucediera en la vida real lo más probable es que el drama ocurriese en sentido inverso. Quiero decir que muchos creerían en la llegada de alienígenas y un héroe solitario procuraría convencerlos de que están todos dentro de una inmensa alucinación. ¿Cuál es la verdad y cuál es el error?

Michel Foucault señaló que el problema del loco es que está solo y, en cambio, los “normales” son mayoría. La misma tragedia que padece el místico. No importa cuán disparatada sea una creencia, si la aceptan todos “es la verdad” por convención; la colectividad entonces construye la “materialidad de la sustancia”, pero no siempre la garantiza.

Esto quedó en evidencia en 1938 en un programa de radio conducido por Orson Welles, quien leyó al aire una adaptación de la novela de H. G. Wells “La guerra de los mundos”. Muchos oyentes creyeron que efectivamente estaba ocurriendo una invasión extraterrestre y salieron a las calles aterrorizados creando un caos sin sustrato.

Algo similar ocurrió en Ecuador en 1949, cuando el periódico “El Comercio” publicó días antes una serie de artículos falsos sobre extraños avistamientos en el cielo. Luego, una emisora radial, en complicidad, anunció a viva voz la presencia de un artefacto volador sobre la cuidad de Quito y, a causa de esto, hubo una gran agitación popular. Lo que demuestra que las masas en principio rara vez se detienen a razonar, más bien se inclinan a creer en lo mítico más que en lo lógico.

Los citados ejemplos son sintomáticos ante la relatividad de las aseveraciones que atraviesan nuestra época, por eso los acontecimientos pierden consistencia y los mitos se mezclan con lo real. Pero no como una resacralización del cosmos que restituye valores sublimes, sino como un vaciamiento de sentido que desemboca en la “inhabitación” del sujeto actual. Por esto surgen un sinfín de situaciones atravesadas por ideas infundadas como teorías apocalípticas o conspirativas que pueden alimentar aún más la desorientación y la “paranoia global”.

El sentido existencial del mito que dominó el entorno antiguo y Medieval cedió su lugar a los ideales ilustrados de libertad. No obstante, desde el ocaso de la modernidad nos enfrentamos no a un retorno del pensamiento arcaico sino a una “Nueva Irracionalidad Mundial”, que trae aparejados vientos de decadencia contribuyendo al malestar general. La masa acrítica, sumado a la débil capacidad colectiva para pensar con corrección, ha levantado un “Prometeo” imaginario muy difícil de desarticular. Pero, ¿cómo despertar? Esa, posiblemente, sea la solitaria y difícil misión del intelectual.

¿Podemos decir con toda sinceridad que la sociedad contemporánea en franca descomposición está dispuesta a escuchar a los intelectuales? Y si no encuentra quiénes lo oigan, ¿tiene sentido su existencia?

Jean-Paul Sartre, en una entrevista que dio a Claude Lanzmann, razonó que el intelectual tiene acervo en la búsqueda de la verdad. Es aquel que se pregunta por el destino de lo universal con relación a lo particular levantando puentes entre un presente incierto y un futuro posible. Pero también debe haber un contexto que acompañe, ya que no es la filosofía aquello que cambia la realidad sino que es la política. Claro que en la época de Sartre y Raymond Aron había líderes, eran contemporáneos a un Charles de Gaulle, a un André Malraux, a un Winston Churchill, a un Konrad Adenauer, a un Mohandas Gandhi, es decir, había política y había también contenido político.

Lamentablemente nosotros padecemos esa falta. Hoy todo es muy payasesco. La verdad como virtud parece haber muerto y la realidad está siendo modificada, no por ideas sino por la irrupción de un virus, es decir, por la coacción de la naturaleza.

A propósito de la pandemia, hace un año recuerdo que asomaron tímidamente posibles discusiones que prometían poner en marcha la historia, como la necesidad de una nueva izquierda, otro tipo de políticas liberales o los avances de las sociedades de control; sin embargo, ahora los debates parecen dirigirse hacia otras dimensiones mucho más pobres. Los oídos de la mayor parte de la población están aletargados ya que responden y obedecen al miedo, a la fe ciega, a lo inmediato, a la indiferencia o al confort más que a la lógica y al bien común. ¿No nos encontramos acaso en la agonía del pensamiento crítico?  

Nuestra condición no es casual. La caída moral y la precariedad reflexiva ya se intuían desde mucho antes, pero en nuestro siglo han alcanzado un grado más que preocupante. Pareciera como si José Ortega y Gasset, en “La rebelión de las masas”, le estuviera hablando al hombre de hoy. Expone que el “hombre masa” es el que se somete, es el que teme, es el que lo cree todo sin la menor crítica, aquel que es apático ante las circunstancias y al que todo le da igual.

El mismo juicio encontramos en “El Gólem”, de Gustav Meyrink. Esta novela publicada en 1915 supo tener tintes proféticos. Basada en una leyenda cabalista, trata de un ser artificial creado por artes oscuras que, como el personaje incontrolable de Mary Shelley, luego se vuelve contra su creador. Según la citada versión, este espantoso ser “sin alma” tal vez sea la metáfora de una sociedad compuesta de seres autómatas e inertes, similares al mito caribeño de los “zombies”, ya que parecen entidades vacías, sin voluntad ni pensamiento propio.

Las multitudes en general están inmersas con desdén en una trampa hedonista; por tal, difícilmente puedan —o quieran— observar la verdadera dimensión de su realidad. Las consecuencias catastróficas que esto puede traer son enormes. Retornar a la irracionalidad como “patología social” sin los valores sagrados de antaño es muy peligroso. Debemos recuperar como conjunto rápidamente la cordura. Pero poco es lo que se puede argumentar ya que se descalifica al que piensa distinto y se sacrifica al héroe solitario en el altar de la impasividad si osa intentar reflexionar con claridad.

Entonces este sujeto marginal al que casi nadie escucha tiene dos caminos, o bien callarse como hacen los místicos que ocultan la verdad para no ser contados entre los mártires; o, por el contrario, arrojarse al juicio injusto de la mayoría: a la cicuta de Sócrates, a la cruz de Cristo, a la hoguera de Giordano Bruno o al exilio de Baruj Spinoza.

El filósofo no tiene por qué estar contra el mundo, más bien debe pensarlo, para lo cual primero debe encontrar consenso. Viéndolo así tenemos una coyuntura única delante de nosotros. Creo que es hora de que cada uno asuma el rol del despierto, aquel cuya actitud cuestiona su época y discute lo que es importante, que decide en qué creer y en cómo actuar: es la oportunidad de ser —parafraseando a José Ingenieros—, o idealistas o mediocres.

* Filósofo, ensayista y teólogo

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