Los abnegados practicantes de la epidemia de 1871

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El autor rescata en esta nota las historias de vida -y muerte- de tres estudiantes de Medicina que debieron hacer frente a la catástrofe sanitaria del siglo XIX.

El médico e historiador José Luis Molinari, en su capítulo sobre la medicina en la Historia Argentina Contemporánea de la Academia Nacional de la Historia, da cuenta de los profesionales que actuaron durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Cita a tres practicantes, dos de ellos de sexto año, de los cuales dos fallecieron a causa del mal.

Uno de ellos fue Ignacio Pirovano, que en el censo de 1869 figura como farmacéutico y que estaba en los últimos años de la carrera; después destacado médico y cirujano, cuya trayectoria es ampliamente conocida por lo que omitimos referirnos a ella, fue quien sobrevivió 24 años para fallecer a los 50, en julio de 1895.

Como en otros casos el nombre de Manuel Albarino no figura en ningún diccionario biográfico de los varios que se han publicado a través de los años, por lo que aportamos estos datos inéditos de su biografía. Nació el 22 de agosto de 1847 en San Miguel del Tucumán y fue bautizado por con el agua del socorro “por necesidad” con los nombres de Manuel Saturnino Darío. En la iglesia matriz de esa ciudad, el 2 de febrero de 1850, el presbítero Cornelio Santillán completó la ceremonia ungiendo con óleo y crisma al niño, hijo de Saturnino Albariño, militar, y de Pilar Rentería.

Su padre era un oficial que actuó en la guerra contra el imperio del Brasil y acompañó a Juan Lavalle en la revolución de 1828. En 1834 fue dado de baja y emigró a Montevideo. Hizo la campaña con Lavalle y acompañó sus restos hasta Bolivia. Las biografías dan cuenta de que regresó a Buenos Aires después de Caseros, en 1852, pero gracias a la partida de bautismo de su hijo sabemos que estuvo radicado en Tucumán. Reincorporado al Ejército, estuvo en el fuerte de Azul y en la guerra del Paraguay, de la que regresó en 1867 para ser destinado a la comandancia del depósito de pólvora llamado de Cueli, en Palermo. Falleció en Buenos Aires el 18 de junio de 1871.

Sabemos que nuestro personaje murió en ocasión de la epidemia ayudando a los médicos y asistiendo a los enfermos pero lamentablemente no encontramos la fecha de su muerte. No obstante, la ley 728 del 16 de setiembre de 1871 del gobierno de la provincia de Buenos Aires le concedió a su madre una pensión de 1.500 pesos anuales.

El otro fue Párides Pietranera, que figura en el censo de 1869 como practicante, censado con un grupo de médicos y estudiantes en el Hospital General de Hombres. Había nacido en Entre Ríos y se educó en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. En 1864 fue uno de los firmantes de la denuncia al ministro Eduardo Costa por el desorden que existía en esa casa de estudios.

Tenía experiencia en el tema de las epidemias porque en 1867, cuando la de fiebre amarilla, a falta de médicos proliferaban en Navarro los curanderos, que hasta firmaban certificados de defunción. El médico Tomás Perón, abuelo del futuro presidente, fue uno de los que puso en evidencia la anomalía a las autoridades municipales y el juez de paz se dirigió con el pedido de profesionales al ministro de gobierno bonaerense, Nicolás Avellaneda, solicitándole el envío de médicos. En respuesta al pedido fue enviado el practicante Pietranera para indicar las medidas higiénicas a adoptar y asistir a los pobres a cambio de que se le ofreciera alojamiento y comida.

Cursaba el sexto año de la carrera cuando la epidemia de fiebre amarilla y fue destinado a la parroquia de San Pedro González Telmo junto a los doctores Eduardo Wilde y Juan Ángel Golfarini. Internado en el Hospital de Hombres falleció el 4 de abril de 1871 víctima del mal. Poco antes, un enfermero, Pascual Huelva, aprovechando el estado del enfermo, le robó el dinero y algunos efectos de valor. Las luces y las sombras.

Profundamente acongojado, Wilde escribió esta emotiva carta: “Acaba de morir mi amigo, mi hermano Pietranera, practicante de sexto año de medicina, el noble, generoso y abnegado joven que ha caído después de haber salvado la vida de tantos”.

“Esta desgracia me ha abatido profundamente: no tengo ánimo para nada y me hallo quebrado completamente de cuerpo y de espíritu.

“El huracán de la muerte que pasa por esta ciudad, no ha querido respetar ni la vida de los que más falta hacían; y la suerte estúpida y ciega, acaba de dejar una familia numerosa sin uno de sus poderosos apoyos y una multitud de enfermos sin su médico.

“Pietranera me ha pedido en sus últimos momentos que reclame para su querida madre la pensión que el gobierno ha ofrecido. Y se lo prometí en mi interior, aunque haciendo esfuerzos por contener las lágrimas. Le pedí que no pensara en eso: ahora reclamo Ud. ese servicio –yo no estoy para nada– tengo el corazón hecho pedazos; lo quería a ese muchacho como es imposible querer a hombre alguno sobre la tierra.

“Muchas veces en broma le decía que había de escribir un artículo necrológico cuando él muriera -hoy ha llegado el caso y no puedo escribir nada. Hágame Ud. el favor de escribirlo por mí. Diga Ud. a este pueblo desgraciado lo que era el pobre Pietranera. Cuente en su diario lo bueno, lo generoso, lo abnegado, lo tierno, lo cariñoso, lo amante de su familia que era ese desdichado.

“¿No es por Dios una lástima que muera en la flor de su edad, faltando un año para ser médico, un joven tan lleno de esperanzas y tan querido por todos? La resistencia humana tiene su límite, se puede soportar un trabajo moral, una tensión de valor durante un mes, dos o tres; pero no hay valor que resista a semejantes pruebas; el valor se nos está acabando ya a todos en este pueblo, se están muriendo nuestros hermanos, nuestros más queridos amigos, yo ante semejantes desgracias me siento quebrado, enfermo.

“Dispénseme que por hoy a los menos no visite a los enfermos que me ha recomendado, pero hágame el servicio de escribir algo sobre mi querido amigo.”

Esta misiva de Wilde parece escrita en estos tiempos de pandemia que nos tocan vivir. Al día siguiente Wilde recibió la respuesta de la Comisión Popular firmada por el vicepresidente Manuel G. Argerich y el secretario Matías Behety: “La Comisión ha sabido con profundo pesar que el practicante mayor Pietranera, que acompañaba a Ud. en la asistencia de los pobres atacados de la epidemia ha caído postrado por la muerte, en el desempeño de su noble y santo ministerio”.

“Las altas calidades morales que adornaban a ese joven, su consagración al estudio de las ciencias, su amor por los desheredados y por los afligidos, su dedicación constante al cumplimiento de los deberes que se había impuesto y su ardiente y efusiva caridad ejercida a costa de su propia vida, coloca su nombre entre los bienhechores de la humanidad”.

“El cuerpo médico de Buenos Aires, que si por desgracia cuenta con tránsfugas y con cobardes, tiene también hombres de corazón generoso y abnegado, sabrá tributar sin duda a la memoria del practicante Pietranera el justo homenaje que merecen sus virtudes. Entretanto, la Comisión Popular, interpretando los sentimientos del pueblo que la nombró, ha creído su deber asociarse al dolor que ha causado en las almas sensibles la temprana muerte de ese joven, que honró con su carácter y sus talentos a la generación de su tiempo, y ha hecho consignar en el acta de su última sesión para él y votado al mismo tiempo la suma de 20.000 pesos para su señora madre, como una compensación de los afanes y de los desvelos de su hijo a favor de los pobres atacados”.

“La Comisión espera que Ud. se sirva transmitir a aquella digna señora, agobiada por el pesar de los mayores dolores, los sentimientos manifestados en esta nota. Se remiten a Ud. los 20.000 pesos votados”.

La misma ley que otorgó la pensión a Albarino otorgó a la madre de Pietranera una mensualidad de 3.000 pesos en reconocimiento a la labor de su hijo.

Sirvan estas líneas para honrar a aquellos practicantes de hace un siglo y medio y a los que hoy dan el mismo ejemplo con riesgo de su vida.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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