Un gran pediatra y un gran tango

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El prestigioso médico Florencio Escardó hizo escuela en su profesión con una serie de revolucionarias medidas. Pero también fue un hombre de letras porteño.

El nombre de Florencio Escardó estuvo ligado a mi familia desde mediados de la década del 30. En aquellos años la mayor de mis primas hermanas había sufrido un ataque de meningitis, era una niña de corta edad y los médicos daban muy pocas esperanzas. En ese momento apareció una tía abuela, mujer de gran carácter que, conociendo la gravedad del cuadro, les dijo a los padres que ella se responsabilizaba de llevarla a un médico joven, nada tradicional, pero que el triste final que esperaban podía llegar a tener una solución. Los padres accedieron con el lógico temor pero a los pocos días la niña estaba en franca recuperación. Ese médico era Escardó, que llamaba casi a escándalo con nuevas propuestas pero que fue un avanzado en aplicar técnicas modernas.

Cuando llegó al Hospital de Niños llevaba el modesto bagaje pero experimentado de un buen observador adquirido en la Maternidad Samuel Gache del Hospital Rawson, a la que había llegado recién recibido en 1929. Hizo de esa casa que lleva el nombre de Ricardo Gutiérrez una escuela para las madres, a las que internaba con el niño porque sabía que nada podía ayudar más que su presencia al lado de la cama del pequeño enfermo. Fue contra la corriente, era una teoría revolucionaria para la época, pero adquirió un notable prestigio y muchos deseaban que Escardó los atendiera.

Ese reconocimiento lo llevó al decanato de la Facultad de Medicina en 1958 y al vicerrectorado de la Universidad de Buenos Aires. A él se debe que el Colegio Nacional de Buenos Aires y la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini se convirtieran en instituciones mixtas.

Cultivó las letras con el seudónimo de “Piolín de Macramé” en artículos publicados en los principales diarios porteños. No le fue ajeno el interés por la Historia: recuerdo que José Luis Molinari decía que fue uno de los grandes decanos que se ocuparon especialmente por la cátedra de Historia de la Medicina, y puso en valor muchos valiosos libros en la biblioteca de la Facultad, que eran documentos o joyas bibliográficas. Incluso le facilitó un material que tenía en su biblioteca para el trabajo “Diego Alcorta y la Sociedad Elemental de Medicina: 1824”, publicado en la revista “Investigaciones y Ensayos” de la Academia Nacional de la Historia. Escardó incursionó en 1943 en la biografía del médico y político Eduardo Wilde, un gran sanitarista,y también con sus evocaciones del Nacional de Buenos Aires, del que había sido alumno, publicadas en 1963.

No debemos olvidar tampoco las varias ediciones de su “Geografía de Buenos Aires”, que él -nacido en Mendoza en 1904- conocía como pocos y amaba entrañablemente. Seguramente ese conocimiento y esa pasión por la ciudad capital fueron los que motivaron a Ben Molar para editar un libro titulado “14 con el tango”, para el que convocó a prestigiosos escritores como Jorge Luis Borges, “Manucho” Mujica Láinez, Ernesto Sábado y Conrado Nalé Roxlo, entre otros, con compositores de la talla de José Basso, Lucio Demare, Aníbal Troilo y Alfredo De Angelis. A Escardó le tocó en suerte el maestro Héctor Stamponi, que puso música, entre otros, a “El último café” y “Que me van a hablar de amor”, grabadod en 1963 por Julio Sosa con notable popularidad.

Escardo escribió “En qué esquina te encuentro Buenos Aires” y muchos de los que alguna vez lo escuchamos en la voz de Enrique Dumas seguramente ignoran el nombre del autor de estos versos: “¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?… / ¿En qué esquina te encuentro? / Ya no existe Corrientes y Esmeralda / No están solos, ni esperan los porteños. / Seguro estoy de hallarte donde sea / En Núñez o en Palermo, / En las casas de patios con jazmines / Y en los nuevos y altivos rascacielos, / O en la última esquina sin ochavas / De un San Telmo sin negros”.

“¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?… / En Callao y Quintana, – mundo ajeno – / Tal vez en Mataderos, en la esquina / Adonde junta leguas “el resero”, / O cerca de la estatua de Florencio, / O rumbo del Abasto por Salguero, / Donde anduvo Gardel, silbando tangos / Que aguantaron el tiempo, / Y algunos que no oí… / Porque murieron”.

“¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?… / ¿En qué esquina te encuentro? / En la esquina de Sábato y Pichuco / O en la esquina de Borges y Carriego. / Estás en todas, todas las esquinas / Del arrabal y el centro, / En las verdes Barrancas de Belgrano / Y estás en las riberas del Riachuelo, / Cuyas aguas oscuras van diciendo: / Juan de Dios Filiberto…”.

Escardó tenía ancestros en el Uruguay: a su abuelo Florencio lo había retratado Carlos Morel. Es un hombre casi olvidado salvo en el Tigre, donde el Hospital Materno Infantil lleva su nombre. En la semana del Tango va este recuerdo a un hombre de la salud que fue un renovador y autor de artículos, de libros y ensayos, tanto como de esta letra tanguera, que ha quedado para siempre en el acervo de la música popular.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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