La capacidad humana de imaginar es infinitamente más veloz que la suficiencia tecnológica para lograr lo que se imagina. Esto bien aplica en el caso de la “filosofía” del transhumanismo, que es la ilusión de que el hombre puede ser modificado a través de soportes mecánicos llamados “biónica” y, a partir de allí, construir un “orgacyber” (organismo cibernético). En realidad es el sueño de la continuación de la evolución al margen de la naturaleza mediante la implementación de la técnica avanzada.
Series de televisión como “El hombre de los seis millones de dólares” o películas como “The Terminator” o “RoboCop” están basadas en esta fantasía. Como idea surgió con mucha fuerza allá por los años ochenta casi de la mano con la caída de la Unión Soviética y el interrogante era hasta dónde el avance de la tecnología contribuiría al mejoramiento del sujeto. Sin embargo, sus antecedentes pueden trasladarse a la década del veinte del siglo pasado y aún antes, a los orígenes de la modernidad.
Francis Bacon rechazó la naturaleza y defendió lo mecanicista entendiéndolo como una ciencia fundamental para el progreso. René Descartes propuso la “res extensa” como algo instrumental, y para probarlo construyó una siniestra muñeca que horrorizó a sus coetáneos, marioneta evocada posteriormente por el escritor E. T. A. Hoffmann en el relato de “El hombre de arena”.
En la época actual, autores como Michel Foucault, Maurice Merleau-Ponty, Hans Blumenberg y Judith Butler han pensado al cuerpo tanto como realidad a la vez que como discurso textual.
La mitología o la tecno-ficción de que en un futuro, tal vez cercano, seremos “cyborgs” con implantes biónicos, mitad hombres y mitad robots, ahora se visualiza como una posibilidad cercana, algo arriesgada por cierto pero posibilidad al fin.
Es cierto que los adelantos tecnológicos han ayudado a tener una vida un poco más confortable, a mejorar la salud y las expectativas de longevidad. Hay nuevos panoramas positivos que se abren ante nosotros a través de los avances de la ciencia, pero la imaginación siempre se dispara más allá de lo posible y puede traer aparejadas situaciones potencialmente peligrosas para la sociedad. ¿Peligrosas en qué sentido?
Mientras Luc Ferry habló de las supuestas bondades de esta visión, Francis Fukuyama la describió como “la idea más peligrosa del mundo”. Y es para pensarse. El riesgo de estimar a un individuo “superior”, un ser transhumano o “más allá de lo humano”, es que se considere al resto de las personas como “subhumanos”. Esto es muy grave.
El problema coyuntural a resolver ante la propuesta de un nuevo humanismo es la cuestión de qué es el hombre y cuál es su lugar dentro del cosmos, o como preguntaría André Malraux, ¿qué es “la condición humana”?
Esta nueva mitología elitista bajo ropajes contemporáneos y como “voluntad de dominio”, postula una jerarquía piramidal donde la superioridad sea de las máquinas artificiales y la persona natural pase a ser de una categoría inferior cumpliendo probablemente el papel de “lumpen”.
El transhumanismo, por otra parte, propone la desaparición de la distancia de este supuesto hombre superior con Dios para que sea “Dios mismo”. En palabras de Yuval Noah Harari, un “Homo Deus”. ¿Es acaso la encarnación divina hecha realidad por medios mecánicos? ¿El ser llegará a ser un robot iluminado que nos redima? ¿Será el culto a la técnica la nueva religión del futuro? De esta manera, este “superhombre” se estaría colocando como una diadema de la ciencia instrumental, como dominio máximo de la naturaleza a través de un nuevo mito. En otras palabras, es el perfeccionamiento y la trascendencia del sujeto mediante organismos cibernéticos y no su mejoramiento a través de la ética. El progreso no será por la educación o por el desarrollo espiritual sino por la intervención artificial.
Pero el transhumanismo, ¿no es una manera de pensar otra etapa de la historia o de construir una nueva dialéctica de las épocas? Como mito en sí no creo que plantee un intento de resucitar la historia a través de implementar nuevas posibilidades sociales y políticas sino que es decididamente finalista; habla de la culminación de la población tal cual la conocemos y esto es un “telos” apocalíptico más que un nuevo futuro creador. Es más de lo mismo. No veo en la mitología transhumanista un intento de restablecer una nueva sociedad, más bien se intuye la intención de acabar con las únicas personas reales que pueden construirla.
En definitiva, habla de una élite superior. Y esto abre nuevos retos. No hay que olvidar que el nazismo quiso construir transhumanos. Con sus crímenes indecibles y con sus experimentos de campo propuso lograr una raza superior para exterminar al distinto. Crear “centauros” o seres híbridos, es decir, “seres superiores” hechos en un laboratorio.
El transhumanismo, más allá de su factibilidad, es muy peligroso como idea en sí. Proyectos similares movilizaron a algunos totalitarismos que se lanzaron a la despiadada distopía de eliminar a pueblos enteros y a fabricar una Humanidad nueva, tecnologízada, manipulada genéticamente para poblar la tierra sometiendo a los “otros” como si fuesen esclavos.
El peligro está en que esta “filosofía” pone en tela de juicio qué es ser un humano y junto con ello se pueden cuestionar los ideales de los “derechos humanos” fundamentales, que tanta “sangre, sudor y lágrimas” le han costado a nuestra civilización conseguir.
No debemos olvidar que los fascismos están escondidos en algún rincón, latentes, en animación suspendida, pendientes de los fracasos del tardocapitalismo; en estado larvario acechan desde el corazón de las democracias mejor establecidas, y como el “huevo de la serpiente” están prestos a emerger cuando las condiciones les sean favorables.
Las crisis de representación política, la decadencia moral, la decepción en la religión y el fracaso de la razón, al mismo tiempo que generan angustia, advierten sobre la posibilidad del retorno a lo más oscuro de nuestra controvertida historia. En estas condiciones actuales una “filosofía” como el transhumanismo, más allá de que sea factible o no, puede contribuir a elaborar una ideología funesta para la familia humana. Por todo esto es urgente cuidar que esta era tecnológica no adormezca nuestra capacidad crítica, responder al interrogante de qué es el hombre para el siglo XXI y seguir construyendo valores éticos; también poder repensar nuevas filosofías políticas aplicables a esta época digital tratando de utilizar la técnica a nuestro favor porque, de otro modo, corremos el riesgo de ser utilizados por ella.
* Filósofo, ensayista y teólogo

