Un irlandés mensajero, Juan O’Brien

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Al cumplirse casi dos siglos de la independencia de la república del Perú el autor rescata del olvido a un personaje importante de esa proeza que condujo San Martín.

La república del Perú celebra hoy, 28 de julio, el 199º aniversario de la declaración de su independencia. La iconografía nos muestra al general José de San Martín anunciando ese trascendental momento al pueblo reunido en la Plaza Mayor de Lima. Le cupo a Manuel Pérez de Tudela, un ilustre arequipeño, redactar el acta de la reunión realizada pocos días antes en el Cabildo local, que fue rubricada por 339 personas de indudable prestigio social.

En la ciudad de los Reyes se guardaron los protocolos y ese 28 de julio, junto a una gran comitiva, salió San Martín del Palacio de Lima ubicado en el mismo solar en que se encuentra la sede del Poder Ejecutivo, acompañado por los miembros de la Real Audiencia, las dignidades eclesiásticas y los de las órdenes religiosas, las de la histórica Universidad de San Marcos (la primera fundada en América), los cabildantes y los oficiales. Llegado San Martín a la tarima armada en la plaza, que ocupaba una inmensa cantidad de pueblo, flanqueado por el conde de San Isidro y el marqués de Montemira, que llevaba la bandera diseñada por el Libertador, se la entregó y éste dijo: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. ¡Viva la Patria! era necesariortad! ¡Viva la independencia!

iende. Viva la Patria! se la entregupaban una inmensa cantidad de pueblo, ¡Viva la libertad! ¡Viva la independencia!”.

Tal novedad era necesario comunicarla a Santiago de Chile para participar a su amigo Bernardo O´Higgins con detalles de la novedad a las capitales de las provincias de Cuyo, que se habían entregado hasta el sacrificio en la empresa y al gobierno de Buenos Aires. San Martín para eso pensó en un hombre de máxima confianza y discreción, el recién ascendido teniente coronel Juan Thomond O´Brien. Acababa de cumplir 35 años, era natural de Dublin y como otros tantos, tentado por la fortuna que daba el comercio, había llegado en 1812 al Río de la Plata. Sin embargo, trocó las telas y productos de manufactura británica por la espada y con algo de romanticismo heroico se enroló en el Ejército a fines febrero del año siguiente. En calidad de alférez revistó en el Regimiento de Granaderos que acababa de recibir su triunfal bautismo de fuego en San Lorenzo. A su frente estaba San Martín con el mismo ímpetu aunque todavía algo dolorido por las contusiones recibidas en aquella acción. O’Brien fue destinado a Montevideo, donde en un encuentro con las tropas sitiadoras fue herido levemente. Así siguió su carrera hasta que en abril de 1815 pidió la baja.

Seguramente impactado por la figura de San Martín, embaló sus cosas personales y marchó a Mendoza, donde el gobernador intendente organizaba el Ejército de los Andes. Así, en enero de 1816 lo incorporó a esas filas con el grado de teniente. Tuvo como misión vigilar con 25 hombres el paso de El Portillo, pero el contingente en pocos meses quedó reducido a la mitad de sus hombres por las condiciones inhóspitas del lugar.

Es difícil afirmar episodios o pensamientos de los hombres sin documentación. Pero hubo algo entre San Martín y O’Brien que seguramente desde un primer momento fue una corriente de simpatía, de franqueza y seguramente de honor que los habría de reunir para siempre en el futuro cercano. Así rodeado de oficiales descollantes, a este irlandés lo nombró su ayudante. Estuvo en Chacabuco, en la derrota de Cancha Rayada y finalmente en el triunfo de Maipú. Ese 5 de abril de 1818 recibió la orden de perseguir al general Osorio, a quien si bien no pudo alcanzar con los 18 granaderos que lo acompañaron en la misión, hizo quince prisioneros, cuatro de ellos oficiales, e incautó todo el equipaje del vencido con la correspondencia.

Cuando San Martín abrió esa petaca de cuero se encontró con los mensajes comprometedores de muchos supuestos partidarios suyos que, después de Cancha Rayada, habían hecho profesión de su adhesión a la causa realista tratando de congraciarse con los ocasionales vencedores.

Una semana después, el 12 de abril, el Libertador le ordenó a O’Brien montar. Salieron de Santiago y a los pocos kilómetros, a las sombras de unos árboles, desmontaron. San Martín leyó carta por carta, esquela por esquela, detenidamente, y cada renglón era una traición rubricada con la firma del personaje. Terminada la lectura ordenó a O’Brien, que sabía de que se trataba, encendiera una fogata, donde con toda tranquilidad quemó una a una esas misivas.

Éste sorprendido le preguntó por qué no las utilizaba contra los enemigos de la causa de América. A lo que San Martín le respondió: “¿Y es usted, mi leal O’Brien, quien espera que yo enlute a medio Chile para que el otro me execre como el mayor de los tiranos? ¡El miedo, O’Brien! El miedo y la bolsa han dictado esas cartas. Desaparecido él, todos esos hombres volverán a ser buenos patriotas”.

El irlandés lo acompañó como ayudante en la campaña al Perú, con él como única compañía entró en la Lima imperial el 9 de julio de 1821 en horas de la noche. Con la noticia de la Independencia y los trofeos de la toma del Callao y la Campaña de la Sierra, el incondicional ayudante, el honorable caballero que era O’Brien, fue quien envió San Martín.

No hay duda de que ese gesto fue un premio, como la Orden del Sol con la que fue condecorado, la más alta de ese país que hoy celebra su independencia y de la cual este oficial que no ocupa por grandes triunfos una página importante en su historia fue sin embargo el portador de aquel hecho desde Lima, cruzando los Andes por Mendoza hasta el Plata.

Mucho más podría hablarse de O’Brien en los años siguientes hasta su muerte en Lisboa, en 1861. Por ejemplo, del posterior traslado de sus restos, en 1935, a nuestro país por iniciativa de la comunidad irlandesa y el conflictivo envío hace pocos años a Mendoza, sin conocimiento de sus legítimos descendientes en Santiago de Chile ni de la embajada de su país, como lo denunciara The Southern Cross y su director Guillermo Mac Loughlin.

 Esas vidas olvidadas que se encuentran en viejos papeles merecen el recuerdo y sacar del olvido en nuestro camino al año próximo, cuando se cumplan los dos siglos de la Independencia del Perú.

* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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