Un Presidente y un tango

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A cuento de un reciente discurso del mandatario uruguayo Luis Lacalle Pou, el autor da cuenta de la historia de una frase contenida allí, parte de la letra de un “gotán” oriental.

Leo en una página periodística que el presidente del Uruguay, Luis Lacalle Pou, interrogado acerca del alto porcentaje de aprobación al desempeño gubernamental ante el flagelo pandémico que mostraban los resultados de una encuesta, contestó –restando importancia a algo en principio halagador para él–, con una salida por demás campechana: “La fama es puro cuento”.

De entrada asocié el hecho a aquello de “lo que se hereda no se roba”, pues el mandatario del vecino país es nada menos que biznieto de don Luis Alberto de Herrera, personajón si los hubo e ilustre caudillo del Partido Blanco, del que fue jefe por medio siglo, el que, siendo un hombre de vasta cultura y, a la vez, notable historiador, era famoso porque en sus discursos proselitistas prodigaba toda clase de ocurrencias camperas, de las que era un pozo vivo: “Parece que en este gallinero se ha metido otro zorro más: ¿cuántos vamos a ser?”, o el apelativo frecuente de “comadreja colorada”, para motejar a alguien del partido contrario.

Pero don Luis Alberto pertenecía a una época en que esa tintura campera era habitual en el pueblo oriental y, tal vez, su forma de expresarse no fuese sino un intento por asumir la llaneza y el ingenio que la tradición atribuye a los pueblos, a todos los pueblos. En cambio, lo que trae su biznieto es de otro cariz; para empezar, su tiempo y el de sus seguidores ya no es el de lo agauchado y ni siquiera el del tango, y esta última precisión es importante porque no muchos deben haber reconocido de dónde venía esa respuesta dicha al paso y con un si es no es canchero: corresponde a un gran tango, a un gran tango uruguayo, viejo ya de unos noventa años, obra sí conocida y muy apreciada por la élite tanguera pero no especialmente difundida, sobre todo en el último tiempo.

Se llama “Mi vieja viola” (aunque comúnmente, a secas, se le dice “Vieja viola”) y su autor es alguien aproximadamente ignoto: Humberto Correas. La obra no entró en el coto gardeliano y seguramente eso actuó en su menoscabo, pero hay una versión de Alfredo Zitarrosa, de los años ochenta, y presumo que de ahí le ha llegado al mandatario. Posee una hermosa y rememorante música, y una letra muy rante, extraña y, en algún punto, de estructuración imperfecta, pero de enorme potencia poética: por lo pronto, la conoce Lacalle; el cronista que se le apersonó no reparó en el detalle y esto no deja de ser ilustrativo acerca de las mudanzas que trae el tiempo.

Esa letra –se supone, sin certeza, que tanto la música como lo cantable son del citado Correas– ha constituido siempre un festival para los estudiosos del lunfardo y pienso que debiera ser otro tanto para quienes aman rastrear los vericuetos de la poesía:

Vieja viola, garufera y vibradora

de mis horas de parranda y copetín,

de las tantas serenatas a la lora

que hoy es dueña de mi cuore y patrona del bulín…

“Lora”, en su primera acepción lunfa, es simplemente mujer y en eso coinciden Gobello y Athos Espíndola, pese a una recurrente interpretación circulante, pero en ningún lado consignada, en el sentido de que, de modo más específico, designa a la mujer rubia. Sigue con una exaltación de esa guitarra mediante términos que, a la vez, dan testimonio de la decadencia propia:

¡cómo estás de abandonada y silenciosa,

después que fuiste mi sueño de cantor!

Quien te ha oído sonar papa y melodiosa,

no dice que sos la diosa de mi pobre corazón..

El estribillo contiene la frase usada por el presidente Lacalle y algunas cuantas cosas más:

Es que la gola se va

y la fama es puro cuento

y andando mal y sin vento

todo, todo se acabó…

Hoy sólo queda el recuerdo

de pasadas alegrías,

pero estás vos, viola mía,

hasta que me vaya yo.

En ese repliegue final, en ese “hasta que me vaya…”, entiendo que está la sustancia profunda de lo expositivo de la letra y, a la vez, el signo claro de una concepción poética, seguramente anterior y posterior a todos los tangos: esa guitarra ya no es la guitarra enmudecida de la que se está hablando, es eso, pero, asimismo, es un horizonte nuevo e infinitamente más amplio. Es hasta la lira de Orfeo: es la certidumbre de la paz tras esta guerra, la promesa de que no habrá soledad verdadera en tanto la canción pueda ser invocada.

Cuántas noches bajo el brazo de la zurda

por cubrirte del sereno te llevé     

y por más que me encontrase bien en curda,

conservándome en la línea, de otros curdas te cuidé.

Si los años de la vida me componen

 y la suerte me rempuja a encarrilar,

yo te juro que te cambio los bordones,

 me rechiflo del escabio y te vuelvo a hacer sonar.

Veamos, porque esta última parte ha sido, de antiguo, pasto de críticas enconadas: empero, a mí se me hace maravillosamente tierno ese llevar a la guitarra “bajo el brazo de la zurda” como a un animalito asustado; y en lo que sigue tenemos una transposición que juzgo genial: “si los años de la vida me componen” (sí, ya sé: “si mi vida se compone en los años que le quedan”, o “si componen los años la vida que me queda”). Después, ciertamente, viene el desajuste, la mayúscula piedra del escándalo: “y la suerte me rempuja a encarrilar”, que sería si me “vuelve” o me “retorna”, pero, sin duda, admitamos, “rempuja” es vocablo más intenso, más “macho”, aunque de evidente incongruencia; para salvar esta dificultad algún cantor ha modulado “me repuja encarrilado” o “encarrilao”.

Quedan, de yapa, “los bordones” (las bordonas) y ese “rechiflo” en el inusual y muy legítimo sentido de “abandono”, como en “rechiflado en mí tristeza”, que no es “reloco” por el espiante de la mina, sino abandonado por ésta, sumido en desolación.

Señor presidente: me es grato haber podido exhibir algún mínimo conocimiento a propósito del tango de su compatriota, que usted trajo a cuento. Desearía que ello me hiciera ganar su buena voluntad y su disculpa si me permito recordarle el verso que sigue al de su réplica o acotación: “andando mal y sin vento”, con este pedido que le añado: si en los tiempos que vienen alguien se lo glosa, quién sabe con qué palabras, al que sea: dele usted tiempo para que continúe el recitado.    

* Académico de número de las academias Nacional de Periodismo y de la de Artes y Ciencias de la Comunicación

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