De teflón

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El 2020 empezó para Donald Trump bajo los malos auspicios de un juicio político por haber intentado extorsionar al gobierno de Ucrania al que, a cambio de un crédito de 400 millones de dólares para comprar misiles antitanques, le pidió que investigara a su rival político, el demócrata Joe Biden.

La tonelada de pruebas presentada por la acusación a cargo de los diputados demócratas con mayoría en la Cámara de Representantes no alcanzó para que, con la excepción de uno solo, los senadores republicanos votaran contra la resolución que debía eyectarlo de la Casa Blanca, salvándolo de seguir el mismo camino de su antecesor e ídolo político e ideológico, Richard Nixon.

No habían acabado los ecos del “impeachment” cuando el coronavirus llegaba a las costas norteamericanas, pero para Trump (como para su amigo el brasileño Jair Bolsonaro) el virus no era más que una “gripecita “que para abril desaparecería y que de 14 casos en dos semanas no iba a quedar ninguno.

Cuatro meses después han muerto mas de 110.000 estadounidenses, más de 2 millones se enfermaron y la economía ha entrado en la recesión más profunda desde la Gran Depresión de la década del 30 del siglo pasado, dejando sin trabajo a cuatro decenas de millones de personas.

Y cuando la tormenta empezaba a anegar los cuidados jardines del palacio presidencial, se transformó en diluvio bíblico tras el asesinato el 25 de mayo a manos de un policía del ciudadano negro George Floyd, lo que desató la mayor ola de protestas civiles desde los finales de la década del sesenta, poniendo de manifiesto la profunda grieta racial que cruza a este país desde su fundación, agravada por la insistencia del jefe de la Casa Blanca de militarizar un conflicto social.

Corrupción, falta de liderazgo, mentiras, autoritarismo, insensibilidad social, racismo. Uno solo de estos adjetivos seria suficiente para aniquilar a cualquier presidente a poco menos de cinco meses de las elecciones, y mucho más si todos pueden adjudicarse a una misma gestión. Pero no a Trump.

Si bien las encuestas señalan que si las elecciones se celebraran hoy Trump las perdería, el magnate neoyorquino sigue gozando de un nivel de probación que oscila en torno al 40 por ciento, lo que desvela a los estrategas demócratas que por un lado ven la enfervorizada hinchada “trumpista” y por el otro cuentan con un candidato que no despierta mucha esperanza, sobre todo entre los jóvenes, pero que al menos cuenta con la notable ventaja de no ser Trump.

Como al ganador de las elecciones lo decide el Colegio Electoral de nada vale tener tres millones de votos más, como los tuvo Hillary Clinton en 2016, si no se gana en los estados clave. En el caso de Trump fueron Pensilvania, Wisconsin y Michigan, que no votaban por un republicano desde los 80 y, en total, la victoria se la dieron 107.000 votos en esos tres lugares, lo que equivale a menos del 0.09 % de los votos totales.

En este sentido, quien movilice mas votantes en los lugares clave probablemente sea el ganador y en este punto Trump cuenta con tres ventajas: una montaña de dinero, una titánica y quirúrgica operación de propaganda digital y en redes sociales, y el fanatismo de sus seguidores, que sienten que el hombre en la Casa Blanca podrá ser corrupto, mentiroso y racista, pero es “SU” corrupto, mentiroso y racista. *

Así las cosas, lo que se verá en noviembre en los Estados Unidos no será solo una de las tantas elecciones que cada cuatro años se repiten en este país desde hace más de dos siglos sino un choque social y cultural como no se ha visto nunca hasta ahora.

El asesinato de  George Floyd, y el que se produjo este fin de semana de otro ciudadano negro baleado por la espalda en Atlanta, han producido por un lado una ola de antirracismo sin antecedentes pero que ha generado la reacción de los sectores que todavía añoran a la derrotada Confederación, que se alzó en armas contra la Unión en la guerra civil disputada entre 1861 y 1865 para defender el derecho de los estados sureños a poseer esclavos.

Ciento cincuenta y cinco años después del final de la Guerra Civil, una escultura de Jefferson Davis, presidente de la Confederación, fue derribada la semana pasada en la ciudad de Virginia, la capital de los secesionistas. En Alabama, una estatua de Robert E. Lee, el general más honrado de la Confederación, fue derribada frente a una escuela secundaria de Montgomery que lleva su nombre.

En todo el sur, desde Virginia, donde el gobernador demócrata abrazó la eliminación de símbolos que muchos blancos alguna vez consideraron sagrados, hasta Alabama, donde los legisladores republicanos recientemente volvieron ilegal la reubicación o eliminación de cualquier monumento conmemorativo confederado, miles de personas han volteado estatuas y otros símbolos del bando esclavista.

El pecado original de esta nación, la esclavitud, un factor clave en la acumulación capitalista necesaria para ser una potencia industrial en el siglo pasado, ha estallado una vez más centrándose en los símbolos de la guerra más sangrienta que se haya librado en suelo estadounidense.

La muerte de Floyd desencadenó una convulsión social cuyas olas llegarán sin duda al día de las elecciones del 3 de noviembre y que, de mantenerse con los niveles de rabia social expresados hasta ahora, puede arrasar con Trump, su gobierno y el propio Partido Republicano.

Pero la gran incógnita es si los millones de pobres y excluidos, negros, latinos y otras minorías, que habitualmente no votan masivamente, saldrán esta vez a expresar su rechazo a Trump y a todo lo que representa.

Las elecciones son en un día hábil, a muchos solo les dan permiso para votar en la hora de almuerzo y en los estados gobernados por republicanos se ha hecho lo imposible para hacer cada vez más difícil el sufragio, cerrando lugares de votación, poniendo requisitos de identificación personal y otros mecanismos para desalentar a que la gente cumpla con ese derecho cívico, que no es obligación.

Por lo pronto, y como dato de que los aires parecen estar cambiando, los símbolos de la Confederación van cayendo uno a uno e incluso hasta el Ejército está tratando de cambiar los nombres de las bases militares bautizadas con los de los generales que se alzaron contra la Unión.

En un tuit escrito con una semántica propia de Corea del Norte, Trump dijo esta semana que “se ha sugerido que cambiemos el nombre de hasta 10 de nuestras bases militares legendarias, como Fort Bragg en Carolina del Norte, Fort Hood en Texas, Fort Benning en Georgia, etc. Estas bases monumentales y muy poderosas se han convertido en parte de una Gran Herencia americana, y una historia de victoria, y libertad. Los Estados Unidos de América entrenaron y desplegaron nuestros HÉROES en estos terrenos sagrados, y ganaron dos guerras mundiales. Por lo tanto, mi Administración ni siquiera considerará el cambio de nombre de estas Magníficas y Legendarias instalaciones militares”. Mayúsculas en el original.

Pero al tiempo que Trump declamaba su amor por los generales esclavistas, jugando como siempre para su tribuna, la organización de carreras de autos Nascar (un símbolo de los blancos sureños) anunció que en sus competencias no se aceptará que flamee la bandera de la Confederación, algo usual hasta ahora.

Y cuando Nascar se pone a la izquierda Trump, definitivamente algo está cambiando.

* Presidente de EEUU Franklin Delano Roosevelt sobre el dictador nicaragüense Anastacio “Tacho” Somoza: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. 

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