El malestar en la pandemia

Algunas discusiones filosóficas en la actualidad giran alrededor de si la pandemia acabará con la estructura capitalista. O acerca de cuál sistema de gobierno ha respondido mejor a la crisis. O de la grave situación en la que se encuentra hoy el paradigma de la modernidad. Entiendo que todo esto se reduce a sopesar los ideales de la libertad individual y de la vida privada versus la implementación de la vigilancia estatal y de los mecanismos de control social.

Si entendemos por “modernidad” a la libertad de pensamiento, al abordaje lógico y racional de lo que es la realidad y al sentido común para dilucidarla, yo creo que entró en una fase de agonía. Lo moderno nació a causa de la ruptura con la fe Medieval y con el cuestionamiento de la hegemonía de Dios. El humano, cual Prometeo, osó robarle la llama del saber a lo divino y ahora el sujeto se constituiría en un “ser libre” para pensar por sí mismo.

En la presente pandemia la cuestión se presenta preocupantemente distinta. Lo que hoy domina es un razonamiento totalitario, oscuro, que no permite el pensar diferente, que descalifica a aquello que no se ajusta a su lógica y, sobre todo, donde prima el reino de la irrazón. Pareciera que los dioses nuevamente recuperaron la llama de la verdad. Y cuando los dioses ostentan la luz, esta siempre se muestra a través del mito, siendo en el fondo una forma de totalitarismo. Y todo “lo total” se impone por el terror a lo desconocido.

El pánico, ante una enfermedad de baja mortalidad, ha creado un caos de terror en los estados y en los medios de comunicación que ha contagiado a la sociedad entera. Emmanuel Kant, si hoy viviera, quizá diría, con pesar, que el mundo está perdiendo su “mayoría de edad” y está regresando a una extraña infancia. Un pánico que increíblemente está llevando, contra toda lógica, a la deconstrucción sistemática de nuestra civilización, de nuestros logros fundamentales, al cuestionamiento de las democracias y hacia una extraña ética; y, sobre todo, a permitir que dominen nuestros cuerpos encerrándonos dentro de una ideología del miedo.

Las libertades individuales se han cercenado bajo la aprobación de casi toda la sociedad. En tan solo tres meses el mundo, en su globalidad, tuvo que cambiar hábitos, valores y modos de pensar. Retornó al terror del misterio de la muerte, que siempre es acompañado por el relato del mito. ¿Por qué? Por fe. Por una enfermedad de la que sabemos muy poco o nada. Que nos la quieren definir como algo difuso, desconocido, misterioso. Pero no porque no haya información, la hay y en abundancia, pero justamente por eso sucumbe a la contradicción y coloca sobre ella un velo impenetrable. Esotérico. El coronavirus está revestido de una abundante mitología mistérica de la que será muy costoso liberarse y construir un consenso de veracidad.

Los representantes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) parecen funcionar como “bomberos pirómanos” al cambiar siempre el relato. Los sistemas ideológicos gubernamentales que reciben loores son los que cercenan nuestros derechos básicos y nuestras libertades. Mientras las industrias farmacéuticas y las empresas de tecnologías digitales, que son verdaderos oligopolios, se enriquecen como pocas veces se vio, la Humanidad se debate en el oscurantismo, alentado por los mismos organismos de poder que reciben cuantiosos beneficios.

Lo cierto es que estamos siguiendo como protocolo el modelo dictatorial de China y no nos detuvimos a pensar en las necesidades del mundo libre. Nos encontramos bajo el dominio del control sanitario y de la verdad de los médicos y de los biólogos, que serán muy útiles en sus campos, nadie lo pone en duda, sin embargo, nos han dejado bajo la hegemonía de un pensamiento único y nos han privado de reflexionar el mundo desde otras perspectivas. Este “pensamiento único” solo considera lo físico-orgánico: no obstante, el hombre es un ser holístico, es un ente social, económico, político, psicológico y espiritual.

Friedrich Nietzsche dijo: “No existen los hechos, solo hay interpretaciones”. Disiento en parte. Creo que los hechos existen, las cosas pasan, el virus tiene un sustrato real, un acontecimiento, pero también hay un relato que interpreta a este hecho histórico. Y en ese “relato” es precisamente donde tenemos que poner el foco: en el pensar correcto y en no permitir que otros piensen por nosotros. ¿Cómo fue que Descartes le arrebató la llama de la verdad a la dictadura de los Dioses medievales? ¡Examinando las cosas por sí mismo! Una sociedad que no piensa de manera independiente, y a cambio, es pensada por el poder y la coacción del pánico, del “terror tremendo” a lo natural como si fuera algo demoníaco, es una comunidad esclava. Vigilada. Controlada.

¿Cómo mantener una autonomía de criterio cuando hay un bombardeo de datos destinados a nublar la realidad? Descartes siempre decía que ante todo debemos acudir a las matemáticas. Miremos los números. Si hay más de siete mil millones de habitantes en el mundo y hasta el momento solo hay cinco millones y medio de infectados, de los cuales hay un porcentaje significativamente menor de fallecidos, no creo que se justifique por ello encerrar al planeta. La reacción ante la causa es desmedida. Y no parece inocente. Claro que alguien podría objetar que hay ese número bajo de infectados precisamente porque el mundo está en cuarentena. Sin embargo, según la OMS, en 2018 hubo seiscientos cincuenta mil muertos por gripe común y nadie se preocupó. En 2019, según las estadísticas oficiales, más de ocho millones de personas murieron por enfermedades causadas por el tabaco. Nadie paró el mundo por ello. Y el tabaco se vende en los kioscos. ¿Qué ocurre con las demás enfermedades? ¿Nadie muere ya por infartos, ACV, cáncer, dengue, tuberculosis? ¿Solo mueren los que mueren por Covid-19? Cuando lo miramos desde esta perspectiva pareciera que algo no anda bien.

Creo que es hora de poner paños fríos a la híperinformación que desinforma, que es momento de escuchar a la consciencia y de cuidar la reflexión crítica. De poner un freno, como hizo Descartes, y de pensar de aquí en más de manera incondicionada. Dudando de todo. Cuestionándolo todo. Solo “la duda” pudo romper con los mil años de pensamiento medieval y fundar así los valores de la modernidad.

Sin embargo, el pensamiento mítico siempre está al acecho, en lo subterráneo de la cultura, esperando emerger en cualquier momento y por cualquier circunstancia crítica. El todopoderoso sistema económico mundial lo sabe y lo utiliza a su favor. ¿Es posible, en el mundo presente, dominado por la fe ciega en la religión comunicacional atreverse a dudar de todo, especialmente de la palabra infalible del Dios digital? ¿Es viable ser un hereje ante esta realidad simulada del coronavirus y no ser quemado en la hoguera de la descalificación por los inquisidores del pensamiento único?

Si miramos las cifras objetivamente y solo ejercemos un poco de sentido común, quizá podremos ver simplemente que estamos en medio de un relato construido por el terror mediático, y contagiados de una paranoia colectiva. Tal vez allí, cuando recobremos la lucidez que da el poseer la antorcha divina, nos llevaremos la sorpresa de que—como decía Jean Baudrillard— “la realidad ha sido asesinada”, y que no siempre las cosas son tal cual nos las han contado.

* Teólogo, filósofo y ensayista

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