La inspiradora historia del Tedeum del 25 de mayo

La tradición del Tedeum en la Catedral metropolitana ha comenzado a desdibujarse. Cómo y por qué se realizaba. Y la celebración virtual por el coronavirus.

Para recordar cada aniversario de la Revolución de Mayo se celebra en la Catedral Metropolitana un solemne Tedeum, oficio que preside el arzobispo de la ciudad acompañado de sus obispos auxiliares, y al que asisten el Presidente de la República y sus ministros y funcionarios, como el cuerpo diplomático encabezado por el decano, que es el Nuncio Apostólico. También concurre el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y su gabinete, ya que la celebración religiosa es dentro del distrito, y los representantes de todas las confesiones religiosas.

Esta ha sido una tradición interrumpida en pocas oportunidades en la pasada década y en la actual cuando los anteriores presidentes decidieron celebrarlo en Mendoza, Salta, Santiago del Estero, Luján, Bariloche, Tucumán y Resistencia. En esta oportunidad se realizará el oficio en la Iglesia Catedral presidido por el cardenal arzobispo, mientras que desde la residencia presidencial de Olivos lo hará el jefe de Estado en un gesto que honra el respeto a las tradiciones.

Y decimos tradiciones porque el 28 de mayo de 1810, en el acuerdo del Cabildo Eclesiástico, los canónigos Melchor Fernández, Andrés Florencio Ramírez y Diego Estanislao Belgrano, junto al secretario Antonio Sáenz, decidieron que siendo el 30 de mayo el día de San Fernando, y por lo tanto celebrarse el día del Soberano por ser el onomástico de Fernando VII, se celebrara un Tedeum en la Iglesia Catedral, y creían conveniente unir esta celebración a la del establecimiento del nuevo gobierno. Los canónigos acordaron pagar todos los gastos de música y cantores con sus propios dineros y decidieron adornar el altar mayor con lo mejor que se encontrara en la sacristía del templo, a la vez que costear la cera (velas) para descubrir el Santísimo en el Tabernáculo alto del altar mayor al momento de entonarse el Tedeum, todo con el mayor esplendor posible. Todo ocurrió en una iglesia cuyo pórtico no estaba terminado y era como se muestra en la ilustración que acompaña esta nota.

El miércoles 30 se realizó la ceremonia a la que asistieron los miembros de la Junta, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, igual que todos los tribunales y corporaciones. La presidió el obispo Benito de Lué y Riega y pronunció el sermón el canónigo Diego Estanislao Zavaleta, al que tituló “Exhortación cristiana”. En uno de sus párrafos llamó a los presentes “a que no se fecunden y crezcan en nuestros corazones esas malditas y perniciosas simientes de división para vivir tranquilos…”. Lección que deberíamos aprender, y que tanto nos ha costado. Finalizado el Tedeum las autoridades pasaron al Fuerte, donde hubo besamanos según las crónicas de la época. Así ese oficio religioso que se ha repetido por años, continúa su tradición y aunque las autoridades no hayan concurrido se ha celebrado siempre en la fecha patria.

El besamanos de aquella época ya no existe. En su tiempo, el Presidente de la República recibía en la mañana, en el Salón Blanco, el saludo del vicepresidente, el de los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, del titular de la Corte Suprema de Justicia, de sus ministros, de los jefes de los Estados Mayores de las FFAA y de los generales, almirantes y brigadieres con destino en Buenos Aires. Y también del Cuerpo Diplomático acreditado en nuestro país. Posteriormente, con los presidentes de las Cámaras, de la Corte y sus ministros avanzaba desde la explanada de la Casa de Gobierno por la avenida Rivadavia hasta la Catedral y luego del oficio religioso visitaba el Cabildo y presenciaba una corta parada militar, mientras la Plaza de Mayo rebosaba de público.

En los últimos años se fue perdiendo esa tradición. La Plaza se cerraba para el ingreso de los ciudadanos que deseaban participar de esa ceremonia alegando razones de seguridad y convirtiendo la gran fiesta en una celebración “íntima”; ya el primer mandatario no visita el Cabildo y se han perdido muchas tradiciones como cuando, en algunas oportunidades, hasta un jefe de Estado extranjero nos acompañaba y, ni qué decir, en las Fiestas del Centenario en 1910, cuando la infanta Isabel de Borbón se llevó todas las muestras de simpatía.

Después de tantos años es de desear que aquellas palabras de Zavaleta pidiendo por la unidad y desterrar las divisiones se hagan realidad.

* Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación. Autor de “Diario de Buenos Aires 1810”

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