La brutal crisis del coronavirus ha llevado al presidente de EEUU a promover un plan de salvamento de un ritmo y volumen sin precedentes en la historia moderna.
Cuando llegó a la Casa Blanca, Donald Trump prometió convertirse en el mayor desregulador de la historia de Estados Unidos, por encima incluso de Ronald Reagan, y logró sacar adelante la mayor rebaja de impuestos desde la realizada por el célebre presidente republicano de los ochenta, el que juró el cargo con una frase para recordar: “El Gobierno no soluciona problemas, el Gobierno es el problema”.
A menos de un año de la reelección, Trump se acaba de ver abocado a impulsar un plan de rescate económico multimillonario, para empresas y ciudadanos, y a activar incluso la Ley de Producción de Defensa, que data de la Guerra de Corea y permite al Gobierno intervenir las industrias para garantizar la fabricación de materiales necesarios para la nación.
La colosal crisis desatada por el coronavirus ha cambiado agendas, planes y doctrinas en los gobiernos de medio mundo. Pero a Trump y los republicanos se les recuerda estos días cómo criticaron en su momento las medidas de auxilio a las empresas fabriles y a la banca bajo la administración de Barack Obama tras la debacle financiera de 2008.
En 2012, el neoyorquino acusó a su predecesor, demócrata, de estar “arruinando a la industria americana” con el rescate al sector automovilístico, que, denunciaba el magnate, lo agradecía creando empleo en China (en lugar de en Estados Unidos).

