La seguridad y el histórico convento de San Carlos

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Sede del determinante combate de San Lorenzo, en el que San Martín detuvo a los españoles en la costa del río Paraná, el relato de un inglés reaviva el interés por ese patrimonio.

William Mac Cann fue un inglés que llegó a Buenos Aires, como otros tantos compatriotas suyos, atraído por los beneficios del comercio en gran escala. Corría el año 1842, años difíciles porque los representantes de Francia e Inglaterra habían empezado a tomar injerencia en la política del Río de la Plata, oponiéndose a que el Ejército de Manuel Oribe se apoderara de Montevideo.

Nuestro visitante tuvo que resignarse al fracaso de sus primitivos planes y permaneció en la ciudad ejerciendo comercio de acuerdo a lo que permitían las circunstancias. Hombre de cultura, intentó además comprender la realidad y estudió acabadamente el proceso político iniciado en 1810 hasta el que le tocaba vivir. Volvió a Londres y regresó nuevamente en marzo de 1847.

El 9 de junio de ese año publicó una carta en el British Packet, que el 15 reprodujo La Gaceta Mercantil, en la que decía: “En Inglaterra había visitado yo una comarca de donde partiera un gran número de inmigrantes a Buenos Aires y a la que me sentía íntimamente vinculado por distintos motivos. La alarma era grande allí por la suerte que hubieran podido correr dichos compatriotas y con insistencia me pidieron parecer sobre el asunto, Pero el conocimiento personal que yo tenía del interior de la provincia, no me bastaba para dar una opinión formal. De ahí que me creyera obligado, por mi propia satisfacción y la de mis amigos, a emprender un viaje por el país a fin de estar en condiciones de responder a tan importante cuestión”. En esa carta el inglés hace una relación de su viaje por la campaña del sur bonaerense y destaca la seguridad que en él experimentara, comparable a la de cualquier país de Europa.

Ese recorrido y otros dieron origen al libro “Viaje a caballo por las provincias argentinas”, en uno de cuyos capítulos hace mención a su visita al Convento de San Carlos, donde se libró el combate de San Lorenzo, que habremos de recordar el próximo 3 de febrero, y lo describe con especial detalle.

Apunta Mac Cann que abandonaron Rosario y “después de galopar unas tres leguas” llegaron al lugar y se apearon “a la verja exterior del edificio”, donde fueron invitados a entrar en la cocina. El cocinero y su ayudante preparaban la comida de las doce para los religiosos. Vi que salían con una fuente, sobre la que llevaban nueve o diez platos; supuse que ese sería el número de frailes de la comunidad. La cocina tiene una gran chimenea como las que se encuentran en los términos rurales de Irlanda. Sobre el fogón, cuadrado y de ladrillo, abundaban las ollas y cacerolas. No tardó en aparecer el guardián, anciano venerable de cabellos blancos, que nos preguntó quienes éramos y a donde íbamos, agregando otras cuestiones de carácter familiar. Le dijimos que viajábamos para Santa Fe y le solicitamos permiso para dormir la siesta y pasar en el convento las horas fuertes de calor. Amablemente nos trató como bienvenidos, llamando a un hermano que nos facilitara todo lo necesario. Fuimos conducidos al refectorio, donde nos sirvieron muy buena comida, acompañada de abundante vino de España”. Continúa el relato: “El refectorio era una larga sala abovedada, de ambiente penumbroso. Más o menos en mitad de la sala, había un púlpito bastante alto, empotrado en un muro. A cada lado, y en toda su longitud, se extendían los hileras de mesas con capacidad como para unas ciento cincuenta personas. En las paredes de los extremos se veían pinturas de santos, y escenas bíblicas. El buen fraile, de modales francos y agradables, nos atendió personalmente durante la comida. Cuanto terminamos, otro miembro de la comunidad, nos llevó por un largo corredor que da sobre un patio cuadrangular plantado de frutales. Los claustros con las celdas de los monjes, forman dos alas del patio. En una de esas celdas nos dieron alojamiento. Las camas tienen colchones y sábanas limpias sobre las que dormimos una agradable siesta. Después de un buen sueño, el mismo fraile vino a buscarnos y nos invitó con cigarros y mate. Luego nos hizo visitar la iglesia, edificio sencillo, de buena construcción con cúpula y linterna”.

Aquel convento, continúa Mac Cann, “se levanta junto al río Paraná y la comunidad puede proveerse de pescado en abundancia. También los gallineros están bien abastecidos de aves de corral, de suerte que no escasean las provisiones para la despensas”. Señala que le dijeron que el convento había sido fundado unos cincuenta años antes, “pero debido a las guerras y a la falta de simpatías entre muros y cercos exteriores se hallaban en estado ruinoso. Los miembros de la comunidad –a excepción de uno solo- eran españoles. Hicimos el acostumbrado donativo al convento, retribuyendo la cordial hospitalidad de los frailes, y nos marchamos bien impresionados con la obsequiosa recepción. En las vecindades se levantaban unos cuarenta o cincuenta ranchos. Antes de entrar el sol estábamos en la estancia del coronel Santa Coloma…”.

En ese mismo convento, desde el campanario, el 3 de febrero de 1813 los hermanos Robertson, dos británicos, invitados por José de San Martín habían sido testigos del combate de San Lorenzo y dejaron la narración de esa acción en sus recuerdos.

Ahora un serio problema preocupa a los vecinos y a los interesados en el patrimonio local y la historia en general. Sólo viven allí cuatro frailes, dos de ellos octogenarios, que son los que custodian el lugar, y parece que van a ser trasladados por mandato de la Orden Franciscana. De concretarse esa medida, esperemos que todo se conserve del mismo modo en que lo mantuvieron por más de dos siglos.

* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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