Dos siglos y medio de una parroquia porteña

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El autor bucea en esta nota en la rica historia de los primeros templos católicos en la ciudad del siglo XVIII, su emplazamiento y sus tesoros.

Avanzadas apenas unas pocas décadas el 1700, un vecino llamado don Manuel Gómez, cuyo nombre hoy está olvidado y nada nos dice, poseía una casa quinta de descanso en las afueras de la ciudad, solar que estaba ubicado por lo que son las actuales calles Bartolomé Mitre y Paraná. No es de extrañar ya que el barrio donde hoy se encuentra es el de San Nicolás, no era conocido y mucho menos el que algunos le dan a esa zona por el edificio del Congreso, ya que era puro campo y la iglesia que le dio el nombre al barrio faltaban unos cuantos años para que se levantara. Pero además de la quinta de Gómez, que era una de las tantas en los suburbios de Buenos Aires, ya existía por entonces la de don Manuel de Riblos o Riglos, que para alejarse del centro de la ciudad la llamó del Retiro, apenas a 1.200 metros de la Plaza de Mayo!!!. Y otra que habría de ser concurrida fue la de doña Juana de Vera y Múxica, mujer que había sido de don Joaquín del Pino y conocida como la de “la virreina viuda”, a la que por 1804 ella se trasladaba desde su céntrica casa en la avenida Belgrano y Perú hasta la esquina de las actuales avenidas Quintana y Roberto M. Ortiz, donde se levanta la confitería La Biela, en el barrio de la Recoleta.

En su casa quinta, Gómez había construido un pequeño oratorio para el culto religioso de la familia, el personal de la casa y los vecinos de la zona, práctica por lo demás muy común en caso de no tener un templo cerca. Cuando don Manuel fue avanzando en su edad y en sus achaques, uno de ellos fue la imposibilidad de trasladarse, por lo que le solicitó al obispo porteño, monseñor Cayetano Marcellano y Agramont, el permiso para que se celebrara la misa en días de precepto. El 28 de setiembre de 1752, el sevillano prelado otorgó el permiso.

A comienzos de 1762, junto a su esposa María Francisca Fernández, se dirigieron al deán y al Cabildo Eclesiástico, por estar vacante el obispado por la muerte de monseñor Bazurco y Herrera, manifestando que habiendo recibido el don de bienes de fortuna, pero no descendencia después de más de dos décadas de matrimonio, deseaban “levantar un templo de ladrillos cocidos, con techo de tejas, con sacristía y vivienda para un sacerdote”. A la vez pedían se erigiese una parroquia y poner en ese templo bajo la imagen de Nuestra Señora de la Piedad del Monte Calvario que poseía la familia. Le otorgaron el permiso el 5 de junio de ese año y para cuando la obra estaba terminada el munificente matrimonio había fallecido.

Para el 3 de noviembre de 1769, la ciudad de Buenos Aires contaba con una sola parroquia, la de la Catedral, pero la ciudad había comenzado a extenderse por lo que el obispo Manuel Antonio de la Torre erige tres parroquias en las afueras, la de la Inmaculada Concepción, la de Nuestra Señora de Monserrat y la de Nuestra Señora de la Piedad, cuyo templo fue consagrado el 12 de diciembre de ese año.

En esa jurisdicción tuvo su sede una cofradía fundada por el clero porteño en 1770 bajo el amparo de San Baltazar y las Ánimas, destinada al culto religioso de negros, mestizos e indios. Los primeros se hicieron cargo de la misma y su numerosa existencia hizo de las celebraciones motivo muy especial, ya que incorporaron a las ceremonias fiestas propias de la cultura africana. En tiempos de Juan Manuel de Rosas, como bien lo reflejan algunas notas de La Gaceta Mercantil, adquirieron particular relieve, hasta que en 1856 se suprimieron.

En tiempos de Rosas era costumbre llevar su retrato a las iglesias, que era ubicado en el lugar destinado a los funcionarios, como en éste caso, desvirtuándose esa aseveración de que se lo colocaba en los altares.

En ese templo descansan los restos de la beata María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida como “Mamá Antula”, y de monseñor Mariano Medrano y Cabrera, que desde 1804 y por 22 años estuvo a cargo de ese curato y fue el primer obispo porteño y además del Buenos Aires independiente, de 1834 a 1851.

La riqueza patrimonial que atesora la parroquia, además de la primera cruz de hierro en el patio, en ornamentos, objetos del culto divino, cálices, patenas, copones, turíbulos, candelabros, frontales, etc, fueron el motivo por el cual el actual párroco, Pbro. Raúl Laurencena, espíritu sensible a la actividad cultural, acompañado por el profesor Bolívar Baliñas, conocedor del valor de esos objetos, hayan organizado una exposición que fue muy breve, lamentablemente.

Sin duda, una excelente forma de dar comienzo a los festejos de los 250 años de la parroquia, que continuarán con una conferencia el lunes próximo en el templo ubicado en Paraná y Bartolomé Mitre a las 22 a cargo del mencionado profesor Baliñas, que evocará a Santa Rosa de Lima, patrona de América declarada por el Congreso de Tucumán en 1816.

* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación

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